En el teatro griego clásico, el coro representaba al pueblo. Y a la vez, el coro podía representarlo de diversas formas: mejor de lo que es; tal y como es; o peor de lo que el pueblo pueda llegar a ser. Una buena parte del arte y la filosofía han buceado por cada una de estas posibilidades. La política también.
Las dictaduras necesitan una antropología negativa, de miedos y atacantes, de culpables y subhumanos. En los ambientes falangistas era normal referirse a los españoles (las españolas estaban detrás de la celosía) como un pueblo salvaje, brutal, que necesitaba de un hombre fuerte para dirigirlos.
La realpolitik es la expresión política de eso que tanto nos reprochan cuando hacemos propuestas de futuro: las cosas son así, Israel se va a defender como sea; los EE. UU. son los que mandan y qué le vamos a hacer; en España manda quien manda y esto siempre va a ser así. Lo mismo que decían sobre las persecuciones políticas, la pena de muerte o la esclavitud.
Somos las revolucionarias quienes nombramos a una humanidad mejor de lo que es. Un deber ser hacia el que debemos caminar.
Kant fue el mejor observador de la Revolución Francesa y describió en “La Paz Perpetua” el entusiasmo como el sentimiento del pueblo que está cambiando la realidad (1). Es la fuerza que empuja al pueblo al futuro.
No está en el campo de la postmoderna “gestión de las emociones”. El entusiasmo se genera a la vez que una comunidad ética que empuja al futuro. Pertenece al común, no al indigente individuo postmoderno. No es la sonrisa impostada, ni los colores motivantes, ni cualquier otro elemento del espectáculo político. Es la fuerza de lo común cogiendo la vida con las manos.
En este punto, me refiero a dos artículos publicados últimamente por Mundo Obrero, aprovechando para destacar la calidad de lo que se publica en este medio, y la tarea de extensión que los y las comunistas deberíamos hacer con este material. Me refiero a los artículos de Efraín Campos (Mundo Obrero – Ciencia ficción, utopías y socialismo. Recuperemos el futuro) y Miguel Usabiaga (Mundo Obrero – La fantasía y la revolución).
Como nos dice Efraín Campos, nos encontramos tanto con la ciencia ficción utópica como la distópica. También estas reflejan la confianza en la humanidad o repiten en el futuro el “valle de lágrimas” que es la vida. Aquí me separo algo de lo descrito por el camarada Efraín. Es cierto que el grueso de la Ciencia Ficción gira en torno a la máquina, en una tradición que va desde Julio Verne a Mátrix, por citar una visión utópica y una distopía de última generación.
Además, existe en la Ciencia Ficción un elemento que creo debemos destacar: elige una capacidad humana, una debilidad, las relaciones sociales…y llévala hasta sus límites. Imagina cómo, partiendo de la actual humanidad, puede llegarse a un estadio superior. Dune es también el reto de unificar cualidades masculinas y femeninas separadas por la tradición, siendo el protagonista el centro de esa fusión. Existen novelas que exploran el amor con hombres y mujeres, que sueñan formas de producción que humanicen a la humanidad… Y para no perdernos en cientos de referencias, me voy a dar el gusto de citar un pequeño relato “La persistencia de la visión” (2), una maravilla que profundiza en un mundo que me es muy familiar, el de la ceguera, el tacto, el amor libre.
La construcción colectiva, humana, de una realidad que no existe aquí y ahora, la construcción del socialismo requiere del entusiasmo y la fantasía, como bien señala Miguel Usabiaga, si no aceptamos el sentido postmoderno de estos conceptos, si los entendemos desde su carga revolucionaria.
El neoliberalismo ha implantado en la sociedad una visión distópica de la realidad. El neoliberalismo se instala en el caos, ya que del caos y la destrucción es de donde viene el beneficio. Olvidemos el antiguo “orden burgués”, la paz social que aseguraba la concentración del beneficio. El capitalismo mutó hacia el destruir/construir/destruir…
Una distopía que tiene uno de sus hitos fundadores en la provocación de Margaret Tatcher: “no hay alternativa”, o su traducción punki, “no future”.
Negar el futuro es negar la capacidad humana de dirigir la vida. Es ese “absoluto” que es el mercado el que determina qué hacer. Y este es la cuestión central de la postmodernidad, la ideología que acompaña al neoliberalismo.
La Revolución Francesa, la Comuna y la obra de Marx son los que plantean la necesidad de que la humanidad se haga dueña de la propia vida. No sólo en lo individual, sino en lo común. Lo que llamamos Revolución.
El neoliberalismo niega la mayor: no hay nada que hacer, el supremo es el mercado y sus reglas (que son casi ninguna más allá de la acumulación de plusvalía y concentración de capitales). Frente al humanismo, el capital coloca en el frontispicio del neoliberalismo el mismo cartel que tenía la entrada del Infierno de Dante: “Abandonad toda esperanza”.
Como nos decía Frederic Jameson, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. El capitalismo no es un dios, porque sólo gobierna la Tierra. Pero es tan absoluto como un dios. Y hay que insistir en cada momento en ello, no vaya a ser que lo sólido se vuelva fluido. Pero ha de parecer que la humanidad no puede pensar un mundo sin guerra, una sociedad que acople sus necesidades a los recursos naturales existentes, a una sociedad igualitaria. No puede haber una humanidad que dirija sus designios. Cualquier solución racional a los problemas inmensos que sufrimos, es impensable porque el mercado determina.
Acompañando a esta ideología, existe una industria cultural, sobre todo cinematográfica, basada en la “catástrofe”. El cine catastrófico es un producto cultural que extiende esta visión siniestra. Junto con “el cine que alimenta tus miedos”, el miedo a la violencia en las calles, a que te asalten en tu casa (películas dedicadas a “la habitación del pánico”), al asesinato sin motivos aparentes. Continuas series de asesinos en serie, de asesinos que están en tu familia, en tu casa… El miedo crea consenso en torno al sistema.
La descripción de la industria cultural (en una tradición que se remonta a la Escuela de Frankfurt) es mucho más compleja que lo descrito aquí sobre la catástrofe y el pánico. También en estas páginas, encontramos artículos que profundizan en el desarrollo y mutaciones de esta industria, como lo publicado por nuestro camarada Francisco Sierra (3), que es solo una parte de su investigación.
La insistencia en las lecturas de Mundo Obrero es la nostalgia y la necesidad de construir el intelectual colectivo, que es mucho más que esto, pero que necesita un medio de expresión. Y su acertado enlace a Mientras Tanto.
Como revolucionarios, nuestra primera misión hoy es restaurar el entusiasmo, la posibilidad de cambiar las bases de la sociedad, aquello que llamábamos “construir el socialismo”. Algo que hoy es difícil ni pronunciar porque aún no hemos hecho la autocrítica del camino revolucionario del siglo XX. A esta altura, la revolución debería haber avanzado hasta hacerse irremediable. Pero son muchos fallos. Muchas vimos cómo se hundía la U.R.S.S. y el pueblo no salía a defenderla.
También la autocrítica alimenta el necesario fortalecimiento de la propuesta de futuro, de la construcción del socialismo. Que desde esta perspectiva, es humanismo.
Notas:
(1).- Cuestión que también trato en Mundo Obrero – Las mentiras y la política.
(2).- La persistencia de la vision (uniandes.edu.co)
(3).- Entre otros muchos artículos, Mundo Obrero – Soberanía digital







