Malos tiempos para la libertad de opinión, reunión y de ciencia en Alemania. El pasado 7 de mayo 150 estudiantes acampaban en un patio con acceso a la calle (este dato es relevante) del edificio principal de la Universidad Libre de Berlín. Al poco, el rectorado llamaba a la policía y un dispositivo de 200 unidades se presentaba en la universidad para disolver violentamente la acampada. La justificación del rectorado: «uso ilegal de instalaciones universitarias». El resultado fue de varias personas detenidas, varias personas heridas (se utilizó gas pimienta dentro de los pasillos cuando estudiantes se acercaban a solidarizarse), cierre de los edificios principales de la universidad, obligación por orden de decanatos de las facultades de que el personal investigador se fuera a su casa, prohibición de personal investigador y de administración de acceder a los edificios hasta nueva orden, y barra libre a la policía para registrar toda la universidad. Como me dijo uno de mis estudiantes iraníes en clase la semana siguiente: «no había visto esto ni en Teherán».
La justificación de «uso ilegal de instalaciones universitarias» es solamente una excusa mala para encubrir el verdadero trasfondo. La acampada, en un patio exterior con acceso a la calle, no interrumpía el normal funcionamiento de la universidad y, por otro lado, ¿es que acaso ahora las ocupaciones de facultades son un método de protesta criminal? Porque el rectorado añadió que «se había hecho sin avisar». Recuerdo mis tiempos de «Estudiantes contra Bolonia» en Salamanca. No sé el resto, pero allí no avisábamos cuando ocupábamos facultades o el rectorado.
En el fondo está que la Universidad Libre de Berlín no quería la imagen de una acampada pro-Palestina en un patio de la universidad y reaccionó mandando a la policía antes de que estuvieran montadas todas las tiendas. La prensa posteriormente retorció no solo la justificación (absurda) de la universidad, sino que además empezó a convertir una protesta pacífica en un acto de «antisemitismo», «odio a Israel» y violencia.
Por suerte, esta vez en Alemania la respuesta dada desde la plantilla de la universidad fue contundente. Se publicó el mismo día una carta criticando la actuación del rectorado y la intervención policial como un ataque a la libertad de expresión y de reunión. Cientos de personas firmaron la carta, no solo de la Universidad Libre de Berlín, sino también de muchas universidades de Alemania y de fuera del país.
El diario sensacionalista de derechas Bild, propiedad de Axel Springer, títulaba el 10 de mayo a toda página refiriéndose a esta carta y sus firmantes: Die Universitäter, un «juego» de palabras entre «universitario» y «criminal» en alemán, acompañado de «odio contra los judíos en las universidades. Profesores apoyan a las bandas estudiantiles». Además, publicaba trece fotos de personal docente e investigador, así como nombres de firmantes. Este señalamiento ha tenido consecuencias para algunas personas firmantes. Por ejemplo, una docente palestina ve peligrar su contrato en la Universidad Libre de Berlín y además ahora está en foco del gobierno de Israel, que puede impedirle el derecho humano al retorno a su país. Ante este ataque a las universidades, la ministra de Educación y Ciencia, Bettina Stark-Watzinger, en una rueda de prensa vergonzosa, no salió a defender al personal de las universidades.
Hace escasos días ha salido a la luz que más bien todo lo contrario. Stark-Watzinger ha estado sopesando en el ministerio castigar a quienes firmaron esa carta cortando la financiación a proyectos y departamentos donde trabajen las personas firmantes. Es una escalada de la agresión a las universidades alemanas y a la libertad de expresión, que de nuevo viene estos días respondida con otra carta de la comunidad académica pidiendo la dimisión de Stark-Watzinger. A día de hoy, casi mil personas se han adherido a ella e incluso el Presidente de la Conferencia de Rectores, Walter Rosenthal, se ha pronunciado diciendo que Stark-Watzinger atenta contra la «libertad de ciencia».
Sin embargo, estas amenazas de la ministra Stark-Watzinger, así como la prensa aliada de Axel Springer y otros medios, tienen un efecto. A la vez que hay cada vez más personas que se atreven a alzar la voz, también hay quienes tienen miedo a pronunciarse en cualquier aspecto que pueda tener la mínima crítica hacia Israel. Los puestos de trabajo, la carrera profesional y la financiación se usan como arma para atemorizar. Hay quien duda si salir en una foto de una concentración, o sobre si poner su nombre en una carta. Uno mismo re-escribe tres veces un post en redes sociales, duda de si hacer un retuit o dar un like, por miedo a las represalias.
No es una exageración, la rectora de la Universidad Politécnica de Berlín, Geraldine Rauch, ha estado en el foco mediático y político recientemente por dar «like» a unos tuits. Uno de ellos incluía una foto de una manifestación en Turquía, donde se hacía un símil entre Netanyahu y el nazismo. Rauch, a pesar de tener una posición de poder como rectora, ha librado una batalla sin cuartel para defender su puesto (a la vez que pedía disculpas por sus «errores graves») y, finalmente, se ha mantenido en su puesto, con el apoyo de Uffa Jensen, comisionado para el antisemitismo de la propia universidad. Sí, a Jensen también se le ha puesto en el foco como «antisemita» por defender a Rauch.
La pata académica del relato sobre Israel y Palestina, así como el concepto «antisemitismo» en Alemania no es un tema menor. La agresividad contra las universidades, sus estudiantes y personal académico no es casual. Es en muchos círculos universitarios donde se critica especialmente el concepto de «razón de Estado» la defensa de Israel por parte de Alemania, o donde se pone en cuestión el uso de la acusación de «antisemitismo» de forma arbitraria, o donde se debaten los argumentos jurídicos por los que se puede considerar lo que sucede en Gaza como un genocidio. El profesorado y el mundo académico tienen en Alemania todavía un aura de respeto mayor al de otros países (muchas veces lamentablemente traducido en clasismo), que hace que sus reflexiones sean especialmente «peligrosas» contra la cultura hegemónica. Por eso, es fundamental no abandonar el rumbo, aunque las olas golpeen de frente.







