Poner la vida en el centro es subvertir las reglas, revolucionar las normas, dar carta de naturaleza a lo que a veces parece imposible. Poner la vida en el centro es apuntar al corazón del sistema capitalista; no es solo conseguir mejoras en nuestra situación laboral y avanzar en derechos y en libertades —todo ello necesario e importante, sin ninguna duda— sino más, mucho más: es la revolución pendiente, la transformación que soñamos y que es el objetivo estratégico del feminismo que, desde muchas décadas atrás, reivindica el pan y las rosas, disputa al patriarcado el poder de asignar espacios y defiende que lo personal es político. Las mujeres hemos participado en todas las revoluciones a lo largo de la historia, pero, casi siempre, hemos sido obligadas a subordinar nuestros deseos y nuestros objetivos a otros que supuestamente eran más inmediatos o más necesarios; por eso, hemos seguido soñando con otra forma de ser y de estar en el mundo, contra viento y marea de modas, desencanto y posibilismo. Dice la poeta chilena María Elena Walsh que “quien no fue mujer ni trabajador/ piensa que el de ayer/ fue un tiempo mejor” y, efectivamente, la nuestra es una historia de luchas y agravios y aún no hemos conseguido la igualdad por la que tantas mujeres han comprometido su tiempo, su afán e incluso su vida a lo largo del tiempo.
Una amiga que estuvo en contacto con una asociación de mujeres de El Salvador me decía que esas mujeres, luchadoras y entregadas, terminaban sus reuniones con unas palabras que, para mí, son la afirmación del presente y del futuro: “Y soñamos”. Y sí, las mujeres del feminismo político seguimos soñando no solo con algo que encontraremos al final de un camino, sino también con incorporar los valores alternativos en todo el proceso. No podemos ni queremos renunciar a la revolución pendiente, a compartir el trabajo y los cuidados, a tener tiempo para la ternura, a no elegir entre cosas que son justas y deben ser perfectamente compatibles, como el trabajo y la familia, algo que, por cierto, no ha sido nunca una disyuntiva para los hombres. Soñamos con un modelo social en el que nos sintamos parte de la naturaleza, sin depredar el medio ambiente; con un consumo responsable, porque no podemos dilapidar los recursos naturales y gastar cantidades enormes de energía en desechar tantas cosas de usar y tirar. Soñamos con una sociedad en la que estén garantizadas como derechos todas las necesidades de los seres humanos y que, por lo tanto, nunca podrán ser objeto de compraventa, y todo eso significa poner la vida en el centro: que la educación y la sanidad, los servicios públicos y la cesta de la compra, la vivienda y el entorno donde vivimos, los viajes, el ocio, la cultura, los libros, los medios de comunicación, la ciencia y la tecnología, estén al servicio de las personas y no de las grandes fortunas y de las grandes empresas. La revolución pendiente es ésa en la que cada día avanzamos en igualdad para ser libres en todos los ámbitos de la vida; una revolución que incorpora la memoria de todas las luchadoras en todos los lugares del mundo y que acoge las nuevas y diversas formas de compartir la construcción de la paz y la justicia desde la sororidad. Es por esa revolución por la que trabajamos, nos organizamos, debatimos, proponemos… y soñamos.








