Hay varias cuestiones que me tienen despistado con esto que se viene a llamar derecha y ultraderecha. La primera de todas es en qué se diferencian, quiero decir, ¿cómo se es más de derechas o menos; cuál es el baremo para decidirlo? ¿Si se es muy de derechas, se es fascista y si se es un poquito más, nazi? ¿Si te fotografías junto al Carnicero de Rafah eres muy de derechas, o sea, ultra, pero si solo ocultas la realidad del genocidio, entonces eres de derechas aceptable? ¿Si en sus planteamientos de derechas, unos niegan el derecho al aborto, criminalizan a los migrantes, desprecian las evidencias científicas sobre la emergencia climática o claman por la abolición de los servicios públicos, y los otros, más o menos, piensan y actúan igual, cómo saber en cuál de los bandos están?
Siempre he pensado que era muy fácil diferenciar a la izquierda de la derecha. Basta preguntarse si uno cree que es lícito vivir del sufrimiento ajeno o no
Si soy sincero, para mí, ambos pertenecen al mismo, al de los canallas.
Siempre he pensado que era muy fácil diferenciar a la izquierda de la derecha. Basta preguntarse si uno cree que es lícito vivir del sufrimiento ajeno o no. Si la respuesta es negativa, estás en la izquierda, si no, ya sabes en qué lado de la historia te encuentras.
Evidentemente, la mayoría contestará que no, pero luego está la práctica. En mi caso particular, nunca me sentaría junto a Stalin o Pol Pot, por muy de izquierdas que se definieran. Pero no ocurre así con la denominada derecha permisible. No sólo se sientan en la misma mesa que la derecha inaceptable, la que se equipara orgullosa con el fascismo, sino que pretenden gobernar juntos en Europa igual que lo hacen en varias Comunidades de nuestro país.
Y ahí viene la segunda de las cuestiones que me desconciertan.
La idea del federalismo, históricamente, ha provocado la ira entre las filas de los que se llaman defensores de la patria española, la auténtica, la suya. Para ellos solo existe una España, la de una, grande y libre que acuñó aquel asesino bajito que mandó, que no gobernó, durante cuarenta años tras el golpe de Estado a base de miseria y terror. Es comprensible, dado que el Partido de la derecha asumible es heredero directo de la Dictadura y la despreciable, heredera de éste.
La cosa no es de ahora. Viene de lejos. Es más, la mayoría de los conflictos provocados por las élites en este trozo del planeta, tienen en la oposición al Estado Federal su origen. Antes lo resolvían con tiros, cárceles, torturas y todo tipo de desmanes. Ahora, al grito de “¡que se rompe España!”, patrióticas hordas enfurecidas ocupan calles, colapsan juzgados y colman de diatribas y libelos los espacios de comunicación.
Una sola España, un partido único en el gobierno, una religión —que eso no falte— y una única incultura. Esa es su idea de la convivencia, negar la riqueza social y cultural que supone vivir en un lugar con múltiples identidades. Respetable o no, ese es su credo.
Pero entonces, ¿a qué viene ese batallar desde las autonomías gobernadas por las derechas contra el Estado en cuestión de leyes y normas aprobadas por el Parlamento, incluso amenazando con derogar la de memoria histórica, el cumplimiento de la Agenda 2030, las que afrontan la emergencia climática, las que defienden la sanidad y educación pública o la ley de amnistía?
Se rasgan las vestiduras cuando oyen hablar de república federal, pero, sin embargo, pretenden gobernar, o, mejor dicho, desgobernar, desde sus pequeños feudos autonómicos y, se pongan como se pongan, lo llamen como quieran llamarlo, eso se parece mucho al federalismo. Aunque no lo sepan, o no quieran saberlo, en eso consiste, en el gobierno del Estado acordando los diferentes intereses de cada una de las naciones que lo integran en aras del bien común.
Claro que, me da a mí, que éstos lo del bien común se lo pasan por el arco de triunfo y lo único que pretenden es que obedezcamos a decisiones y criterios propios de otra época. Ahí está la diferencia.








