Memoria Democrátiuca

Sobre el dirigente comunista navarro Jesús Monzón y la recuperación de su memoria

Líder indiscutible para entender la izquierda navarra de la II República, Monzón fue un marxista de palabra y acción. Un comunista de su tiempo y de su partido, implacable en la crítica pero que sabía tender puentes
Jesús Monzón, de pie, segundo por la derecha, en la cárcel de El Dueso.
Jesús Monzón, de pie, segundo por la derecha, en la cárcel de El Dueso.

Hace unas semanas, el alcalde de Iruñea, Joseba Asiron, dedicaba un reportaje al dirigente comunista Jesús Monzón, dentro de su serie de escritos sobre hombres y mujeres relacionados con la capital navarra.

Y aunque es de agradecer que, en estos tiempos convulsos, hagamos de la memoria política un ejercicio preferente —ya que sin ella no hay proyecto transformador posible—, sí conviene ser certeros a la hora de analizar las trayectorias de quienes nos precedieron, independientemente de su ideología.

En ese sentido, hablar de Jesús Monzón es hablar de un líder indiscutible, de un dirigente clave para entender la izquierda navarra de la Segunda República. Fue uno de los abanderados de la defensa de la clase trabajadora, un orador apreciado en los mítines e impulsor de la unidad frente al fascismo. Consiguió que su partido, el PCE, fuera con apenas cuatro años de vida la fuerza hegemónica de la izquierda en Navarra en la primavera de 1936. Para aquellos que quieran saber más sobre su bagaje político, existen libros que repasan su biografía, así como discursos y entrevistas aparecidos en periódicos como ‘Trabajadores’ o ‘Euzkadi Roja’.

Independientemente de la ideología de su familia o la de su círculo de amigos —hecho que muchas veces se utiliza para difuminar su trayectoria—, la realidad es que Monzón fue un marxista de palabra, pero también de acción. Un comunista de su tiempo y de su partido, implacable en la crítica política, pero que sabía tender puentes para conseguir objetivos comunes.

Se tomaba con orgullo que la derecha navarra le apodara «el Stalin de Pamplona» y fue de los primeros en denunciar la trama fascista que se estaba urdiendo antes del 18 de julio. Se habla de su participación en el asalto a la Diputación Foral de marzo de 1936, pero no siempre se recuerda que la gestora derechista que gobernaba Navarra desde ese edificio ni dimitía ni era destituida, como debía haber pasado tras el triunfo en las urnas del Frente Popular.

El golpe fascista le obligó a escapar cruzando los Pirineos con su camarada Juan Arrastia. De allí regresó a España para defender la República, primero en Bilbao y luego en otros puntos del Estado hasta el fin de la guerra, cumpliendo con las directrices del partido comunista y las del Gobierno español, del que formó parte. Ya en el exilio francés, ayudó a reorganizar el PCE, tarea que le llevaría a Madrid para liderar el partido en el interior hasta que fue detenido en 1944.

Para la historia queda que fue el impulsor de la plataforma Unión Nacional Española, un intento de agrupar a republicanos, carlistas o monárquicos desencantados con Franco. Esta organización servía de paraguas político a la Agrupación de Guerrilleros Españoles, que, además de luchar contra los nazis en Francia, llevó a cabo acciones militares en territorio español, como la del Valle de Arán.

A pesar de sus muchos aciertos, sería justo reconocer que Monzón erró también en algunas de sus decisiones. Seguramente, su fuerte personalidad y su confianza en el pueblo trabajador le hicieron ver rebeliones inminentes donde el miedo y la represión lo eran todo. De hecho, el fracaso en la operación del Valle de Arán conllevó su salida de la dirección del PCE y las consabidas críticas lanzadas por Santiago Carrillo, de las que se hacen eco tanto el artículo de Joseba Asiron como la totalidad de ensayos que repasan su vida. Monzón, que como dirigente comunista tomó parte en críticas a camaradas y expulsiones de secretarios generales —como la de Juan Astigarrabía en Bilbao en 1937—, acabó soportando el ostracismo que le impuso parte de su propio partido.

Lo que en la mayoría de las ocasiones no se tiene en cuenta a la hora de analizar estos hechos es la situación que vivía España en los años 40. El único partido que mantuvo viva la lucha antifascista en el interior fue el PCE, y ello conllevó enormes riesgos a sus militantes, que llenaban las infernales cárceles españolas. Quien no estaba, obviamente, no se podía equivocar.

En esa década, cualquier paso en falso o mala decisión arrastraba la detención y fusilamiento de cientos de hombres y mujeres, desarticulando todo el aparato organizativo y posibilitando la entrada de delatores. A esta feroz persecución hay que añadir que, obligado por las circunstancias del exilio, el PCE tenía por entonces no una, sino dos y hasta tres direcciones: una en la URSS, otra en México y otra en Francia. Cada una de ellas con las limitaciones materiales y de comunicación de esos años, las cuales se multiplicaban por mil al trasladar y recibir la información desde el interior.

Tampoco podemos ser inocentes: la utilización de Monzón para atacar a su partido no es un caso aislado. Durante décadas, toda la propaganda antisoviética relacionada con las llamadas purgas se trasladó sistemáticamente al PCE desde posiciones derechistas, pero también izquierdistas

Es en ese contexto donde hay que colocar las decisiones que, aunque a día de hoy se nos antojan inasumibles, las direcciones estaban obligadas a tomar para salvaguardar la vida de sus militantes y la propia supervivencia del partido. Lo peor del fascismo, de los enfrentamientos personales y de las luchas internas convivía con lo mejor de la camaradería, la solidaridad y el sueño por recuperar la libertad para el país.

Tampoco podemos ser inocentes: la utilización de Monzón para atacar a su partido no es un caso aislado. Durante décadas, toda la propaganda antisoviética relacionada con las llamadas purgas se trasladó sistemáticamente al PCE desde posiciones derechistas, pero también izquierdistas.

Dicho lo cual, la expulsión del partido de Monzón fue un episodio injusto a todas luces, que el PCE trató de paliar con su rehabilitación pública en un Comité Central en 1986. El paso de los años, la libertad alcanzada y un análisis de la historia más calmado posibilitaron la recuperación de su figura como lo que fue: un héroe de la resistencia antifranquista y un luchador por la libertad. Curiosamente, esta autocrítica pública se suele obviar en muchos escritos, como el del señor Asiron.

Por cierto, que también en Navarra quiso su partido recordarle públicamente hace unos años, en 2014, en un homenaje al que acudieron, entre otros, Jean Ortiz, Manuel Martorell y el ahijado del propio Monzón, Fernando Gómez. Porque, aunque es verdad que fue borrado temporalmente de su historia oficial, también lo es que el PCE nunca le olvidó del todo. Y mucho menos en su tierra, donde los hombres y mujeres comunistas —sobre todo los que le conocieron— siempre le han admirado y recordado como el gran dirigente que fue.

Hora es de que su ciudad haga lo mismo y de que el Ayuntamiento de Iruñea recupere para el conjunto de la ciudadanía su figura.

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