El urbanismo determina cómo se produce nuestro día a día, nuestra socialización y —dado que el ser social determina la conciencia— nuestra conciencia política y de clase. En Madrid, sabemos bien lo que es un urbanismo depredador, orientado a comunidades privadas y cerradas que premian el clasismo y la desconfianza hacia “el Otro”. Se trata de un modelo neoliberal, conscientemente importado del “american dream”, que supone una auténtica criptonita para el sentir comunitario y la organización vecinal, como vienen alertando autores como Jorge Dioni, que bautizó al granero de votos neoliberal de los PAU como “la España de las Piscinas”.
En esa “España de las Piscinas”, hay una pequeña “aldea gala” que resiste al ayusismo: Rivas-Vaciamadrid, bastión de la izquierda madrileña y uno de los municipios más grandes gobernados por Izquierda Unida (durante la friolera de 33 años). Situada en la periferia de la capital de España, Rivas comparte muchos de los elementos que han derechizado otros municipios, pero su historia popular contiene anticuerpos que han sido capaces de neutralizar la amenaza.
Como en otros municipios, encontramos en Rivas ese sector de “clase profesional”[1] compuesta por población de renta media-alta y elevado nivel de estudios, frecuentemente “desclasado” pese a su pertenencia objetiva a la clase trabajadora. El elemento aspiracional de esas personas autopercibidas como “clase media” opera en el urbanismo en forma de proliferación de numerosos chalés y edificación de baja altura (extensa horizontalmente en el territorio y con menores espacios de socialización vecinal y de dotaciones públicas), crecimiento acelerado de construcción y población, así como el riesgo de acabar como otra “ciudad dormitorio” de Madrid capital.
El origen de Rivas vino de la “colaboración público-comunitaria”. CC.OO. y UGT promovieron las cooperativas de Covibar y Pablo Iglesias y ahí se asentaron muchos trabajadores de Vallecas
Sin embargo, el origen de Rivas —cuando era aún un pequeño pueblo— vino de algo que se asemeja a la “colaboración público-comunitaria” (frente a la público-privada) que defiende Juan Ponte en su último libro. Fueron los sindicatos CC.OO. y UGT los que promovieron nuevos asentamientos y el crecimiento de Rivas con las cooperativas de Covibar y Pablo Iglesias, respectivamente. Numerosos contingentes de clase trabajadora vinieron a Rivas, especialmente desde Vallekas, a encontrar un hogar que mejoraba sus estándares de vida. Eran urbanizaciones cuyos bloques daban a plazas abiertas resguardadas del tráfico y que invitaban al juego compartido, la conciliación y la crianza “en tribu”: “urbanismo feminista” avant la lettre, diríamos.
Acosada por la crónica infra-financiación municipal, la Empresa Municipal de la Vivienda (EMV) desarrolló la mejor política (vivienda pública en alquiler social), pero también vivienda pública para la compra, porque era la forma de recuperar esas importantes inversiones. Un esfuerzo económico que se tuvo que paralizar durante la vigencia de la infame Ley Montoro y que solo ahora —tras varios años sin construir— se retoma con la próxima conclusión de 83 viviendas en alquiler para jóvenes y la planificación de otras 370 viviendas para 2030.
Esos cooperativistas que ahora rondan la jubilación se han embarcado en “Cohabita Rivas”, tres proyectos de “cohousing senior” que buscan impulsar viviendas cooperativas orientadas a la tercera edad y sus necesidades. También el tercer sector, como Provivienda (fuera de Rivas), impulsa programas novedosos como Lumvra para captar vivienda de pequeños propietarios para que sus pisos vayan a necesidades sociales y no a alimentar la especulación del mercado del alquiler.
Según los datos disponibles, esa antropología cotidiana que permeó en Rivas ha hecho que los nuevos vecinos no tengan un comportamiento electoral radicalmente distinto de los antiguos vecinos, lo que implica que puede consolidarse. Los vientos de la derecha madrileña soplan con fuerza y Rivas no es la Viena roja (cuya herencia constituye aún hoy la mejor política de vivienda entre las capitales de Europa), pero los cimientos que se plantaron en Rivas y que apuntan a otra sociedad mejor, resisten al vendaval.
[1] “Ni arriba ni abajo: Auge y caída de la clase profesional” de Barbara Ehnrenreich. Verso Libros. 2024.







