Los tiempos de zozobra comienzan materializándose en forma de estremecimiento o una suerte de escalofrío que recorre y paraliza el cuerpo social. La oscilación convulsa de las placas tectónicas de la geopolítica internacional que estamos viviendo en vivo y en directo ha agitado el tablero del sistema-mundo en forma de guerra, pero ya antes fue proyectada, de forma vibratoria, con las estridencias o erupción visible del neofascismo en redes y canales como Fox News, dando lugar a un inquietante temblor que no es solo miedo o pánico moral, sino, sobre todo, y antes que nada, ingeniería del caos. Lean el ensayo Chaos Theory: Two Essays on Market Anarchy de Robert Murphy. O si tienen duda al respecto de la actualidad informativa y de lo que representan estos liberticidas, disfrazados de libertarios, anarcocapitalistas se han etiquetado, lean aZbigniew Brzezinski, que ya en los noventa proyectó la estrategia del Pentágono en el gran tablero mundial para la supremacía absoluta de Estados Unidos.
Los pronunciamientos de Trump no son pues improvisadas bravuconerías, como se dice desacertadamente en las tertulias televisivas, sino la forma de la forma informativa de la estrategia del caos. Una suerte de seísmo que tiene su traslación en el plano mediático (absorción de Warner por Paramount) con la consiguiente concentración del poder de informar, no sabemos si, en términos gramscianos, del Estado corporativo o de las corporaciones GAFAM sin Estado. Lo cierto es que estamos llamados a mover ficha. El movimiento es la vacuna contra la doctrina del shock. Ante la política de la perplejidad del espectáculo que nos programan, es hora de apagar las pantallas y encender la imaginación o, como dice el bueno de Felipe Alcaraz, nos colgarán uno por uno, por separado. Y hay que empezar por priorizar la disputa antagonista en el plano de la comunicación, pues si algo se constata en la actual coyuntura histórica es el declive de la odisea neoliberal como relato, a decir de Eliseo Colón, y el alcance performativo del neolenguaje fascista que alimenta la desconfianza mutua, la ruptura de la cooperación social.
Estamos llamados a mover ficha. El movimiento es la vacuna contra la doctrina del shock. Ante la política de la perplejidad del espectáculo que nos programan, es hora de apagar las pantallas y encender la imaginación
El reto o salida al falso dilema del prisionero en el que nos quieren encarcelar es justamente fortalecer los cuerpos y reunir las fuerzas dispersas ante la descomposición política y la crisis del sistema internacional. Somos conscientes, como Spinoza, que la vida excede todo laberinto o trampa del vaciamiento de lo común sobre el que opera el capital con el fascismo 2.0. Y que vivimos hace tiempo, en medio de la revolución digital, un nuevo modo de restauración del capital marcado por la colonización del espacio de deliberación en el que no solo se ataca a los intelectuales y todo pensamiento crítico consistente, sino que se censura toda voz que no opere como facilitador del reino absoluto de la mercancía. Esto es, en la sociedad del espectáculo, dominado por las redes sociales, hemos pasado de las políticas sobre la necesidad a la política de la necedad sin apenas transición. De la dialéctica partidista y parlamentaria al trastorno narcisista, y de la dialogía política a la psicopática enunciación del exterminio del adversario, nuestro ecosistema mediático está hoy cercado por el imperio de la estulticia cuya máxima expresión es el maestro de ceremonia del reality El aprendiz, en el que nos están obligando a concursar. Pero el giro de guión de la historia abre un nuevo tiempo de la política del asombro como posibilidad de transformación de este capitalismo gore a partir de la guerra ilegal contra Irán. No cabía de otra forma. Siempre, tras el temblor, en una suerte de retorno del cuerpo y la vida, vuelve a reestablecerse el movimiento contra el estupor y el aplastamiento de las nuevas mediaciones autoritarias. Opera de inmediato, como otras veces a lo largo de la historia, una refutación —No a la guerra— y la reapropiación social —las calles, el ágora digital — del dominio público. Y, por ende, un proceso antagonista de impugnación del realismo capitalista: la activación de la potencia del deseo y los cuerpos, de la pura vida, ante la necropolítica que nos consume en forma de brutalismo. En este marco, ha llegado la hora de desplegar toda nuestra astucia de la razón y una política de frente amplio, de abajo a arriba, de la periferia al centro, del sur al norte global. Todo lo demás es mero filibusterismo.
Si uno lee a conciencia al filósofo sardo, llega fácilmente a una conclusión, más allá del filme de Berlinguer que actualizó reflexiones pertinentes a propósito de la izquierda en Italia. Me refiero al título de la película de Andrea Segre. Si en verdad trabajamos por el principio esperanza, es hora de una gran ambición. La gente no quiere sucumbir al miedo de la violencia ultraderechista, pero para ello nuestros dirigentes han de dejar de confundir las pequeñas ambiciones, que no es otra cosa que mero oportunismo y miopía política, con la gran ambición que es tanto como decir, en palabras de Gramsci, que hay que trabajar por el bien colectivo, por lo común. No cabe ya demagogia alguna, ni fatuo electoralismo propia del cálculo partidario. La actual dinámica lleva al bonapartismo y a la tierra quemada, a la desertización del manantial de la pulsión plebeya por la utopía y la transformación necesaria y deseable. Así que empecemos por aprender a escuchar y recuperar el momento constituyente, comiéncese sin pausa a articular mejor y más democráticamente la participación orgánica. En juego está no solo el futuro de la democracia, sino la posibilidad misma de toda política de izquierda. Hoy la encrucijada histórica nos resitúa de nuevo ante esta cuestión nodal: la organicidad del bloque histórico y la ausencia de ambición, o cuando menos su falta de materialización por la nula voluntad política. Lo grave es que toda demora en estos momentos es entregar las armas al enemigo de clase, entre la grave incapacidad de visión estratégica y la impávida actuación política a la hora de construir desde el Sur una alternativa de futuro. Por fortuna, la gente tarde o temprano termina por desbordar tales cercos. Ojalá más pronto que tarde. Por la paz, por la humanidad, por el futuro del planeta.








