“Padre, me acuso”… Esta era la fórmula que en mi infancia empleaba para iniciar la confesión, sacramento importante en el universo moral católico. Ya adolescente, me preguntaba por qué motivo debía considerarme culpable, no solo yo, sino los bebés a los que había que bautizar para redimirles. ¿Redimirles? ¿De qué tipo de culpa? Todo aquello no casaba con las concepciones del Dios del Nuevo Testamento, distinto del de la faz terrible, Yahvé, en el Antiguo Testamento, transformado en el Dios del Amor y de la Misericordia encarnado en Jesucristo.
De joven, comencé a indagar y descubrí que el bautismo infantil enraizó en la Edad Media muy probablemente para atajar la elevada e inexorable, entonces, mortalidad de los pequeños y facilitarles el acceso al Paraíso a quienes, indefensos, inconscientes e irresponsables, la muerte arrebató tempranamente la vida.
Con todo, quedaba en el aire el tema de la culpa. Por cierto, en alemán, las palabras culpa y deuda coinciden, schuld. A medida que mi colmillo analítico se iba retorciendo, me planteé quién administraba y gestionaba la culpa. Pensé en los confesionarios: allí se gestionaba la supuesta deuda moral que el pecador creía haber contraído con su conciencia, con la otreidad social y con la divinidad mediante el pecado y que se satisfacía y compensaba con la penitencia. Me percaté del poder que aquella gestión atribuía a sus gestores. ¿Por qué? Porque ante la culpa confesa, el confesor, frente al cual el fiel se autoinculpaba, administraba la disculpa, la absolución. En definitiva, el perdón. Eso sí, a condición de cumplir una penitencia.
Vino a mi mente el tema de las endemoniadas de San Plácido, unas monjitas del convento hoy en la calle madrileña de Valverde. Cenobio creado en el siglo XVII por Juan de Villanueva, asesor muy próximo del Conde Duque de Olivares valido de Felipe IV, y por una dama de alcurnia, registró un suceso terrible: el confesor de las religiosas oficiaba, simultáneamente, de acosador y violador. Las monjitas enloquecieron y se hicieron pasar por endemoniadas. En medio de la noche bramaban siniestramente “¡soy Belcebú… yo Satanás… tú Belfegor!”. La Inquisición tomó cartas en el asunto y encerró a las religiosas en prisiones subterráneas toledanas; el confesor-acosador, tan solo fue alejado de la Corte. El mentor del convento cayó en desgracia y arrastró en su caída al propio valido real Olivares.
No anduve lejos de extender mi juicio sobre la culpa a algunos psicólogos que, impropiamente, fiscalizan la conducta del paciente y que, ante él, adquieren un poder evidente susceptible de ser empleado como reprobable mecanismo de control.
Al poco, como estudiante de Ciencias Políticas, me adentré en el campo de la Psicología Política y me di cuenta del enorme poder depositado en manos de los gestores de culpas históricas, el genocidio, por ejemplo. Reparé en que el exterminio de los judíos a manos del nazismo, una de las atrocidades más vergonzosas que quepa concebir, la aniquilación étnica, era responsabilidad del hitlerismo. Pero algunos influyentes intelectuales y guionistas judíos convirtieron, con éxito, a toda la humanidad en responsable de aquellas atroces matanzas masivas. Y se convirtieron, a su vez, en gestores de aquella supuesta culpa tan arbitrariamente transformada en colectiva, mundial. Fue entonces cuando me enardecí: en mi juventud, cuando adquirí conciencia política antidictatorial, más precisamente antifranquista y antifascista, siempre que tuve ocasión de viva voz o por escrito, denuncié aquel genocidio con todas mis fuerzas. Ergo, ni centenares miles de españoles demócratas y progresistas ni yo mismo éramos ni fuimos responsables, en absoluto, de los crímenes que urdieron las mentes más depravadas del III Reich. Sin embargo, otros europeos sí tuvieron, señaladamente por omisión, responsabilidad en tolerar aquellos hechos.
Genocidios armenio y eslavo
Cabe preguntarse, si los rusos, durante la Segunda Guerra mundial, que sufrieron hasta 20 millones de muertos por el diabólico designio de Adolf Hitler de considerar infrahumanos a los eslavos en general y a los rusos en particular, o si los armenios ante los turcos, en la Primera Gran Guerra, ¿no tenían también motivos aún para denunciar el genocidio antiarmenio de los sucesivos Gobiernos turcos o el genocidio antisoviético acometido por las Waffen SS en Rusia, Bielorrusia, Ucrania, Letonia, Estonia, …, tropas especiales a las que Alto Mando alemán autorizaba asesinar a mansalva obviando las leyes internacionales sobre la guerra y el trato a los prisioneros? ¿O los propios civiles alemanes, masacrados por el británico Harris, apodado el carnicero bombardero, cuando, ya derrotado el Reich, por decenas de miles familias alemanas huían como podían y morían bajo las bombas de la aviación de Harris que devastaban el territorio germano.
Monopolio
¿Por qué el genocidio fue monopolizado por Israel, cuando los armenios, los soviéticos, los ruandeses, los surafricanos, incluso los republicanos españoles y los antifranquistas, sufrieron asimismo en sus carnes el zarpazo y la impiedad del asesinato masivo?
Independientemente de esta difícil respuesta, aquel monopolio generó en buena parte de Occidente, pero señaladamente en Alemania y Francia, un fundado sentimiento de culpa que derivó en una indulgencia absoluta hacia todo lo que sucesivos Gobiernos de Israel hicieran en la arena internacional y puertas adentro de su país y su vecindario palestino. Así por ejemplo, con la imprescindible ayuda del Estado francés —en Francia el colaboracionismo filonazi adquirió proporciones inquietantes—, Israel se dotó de armas nucleares y nadie en Europa rechistó ante un peligro de proliferación atómica tan flagrante en el Medio Oriente, como estamos viendo hoy mismo en Irán y veremos mañana en Arabia Saudí, Turquía…. Algunos dirigentes de Teherán se plantean que, si Israel tiene el arma nuclear, por qué razón, los iraníes no van a poder dotarse asimismo de ella.
En Estados Unidos, el amparo oficial casi absoluto hacia todo cuando perpetra Israel ha sido, hasta hace muy poco, un invariante político. ¿Por qué? Algunos interpretan que el complejo de culpa afectó y afecta aún hoy allí a las propias élites judías estadounidenses, que se duelen ahora de haber ayudado bien poco entonces a sus congéneres europeos perseguidos y asesinados por el nazismo; por ello han optado por volcarse luego en apoyar a ciegas a Israel, pese a las barbaridades geopolíticas, incluso genocidas, en las que los Gobiernos judíos puedan incurrir. Qué decir de los Gobiernos de Alemania, donde el fundado sentimiento de culpa por el Holocausto enraizó tan hondamente tras la Segunda Guerra Mundial en la política estatal como para no mover un simple dedo ante el genocidio acometido por Benjamin Netanyahu contra el pueblo palestino, sin ir más lejos.
Reflexión
Es preciso pararse a reflexionar. Matizar bien las denominadas culpas colectivas y proceder. Ni el mal ni el bien son monopolio de ninguna etnia en particular, porque la única etnia, la única raza, es la raza humana. Por consiguiente, no tienen sentido frases como aquella que formuló Serano Súñer en el balcón de Alcalá 44, sede de Falange en Madrid, “Rusia es culpable” o las que hoy criminalizan a Irán en su conjunto, no a su Gobierno, y tratan de justificar el imponerle a bombazo limpio una democratización ficticia, que no extraerá al país de los persas del laberinto de un sistema económico igual de injusto que el vigente en Israel o Estados Unidos, verdadero causante de las guerras.
Soberanía estatal
Ahora los especialistas en gestionar las culpas siempre ajenas, tratan de culpar al Gobierno español de ejercer su soberanía al establecer alianzas o realizar visitas a países que se han unido a la impugnación antiiimperial. Esa diversificación de la política exterior española, por ejemplo hacia el comercio con China, guste o no guste en la anglosfera, forma parte del ejercicio de la soberanía, otro concepto históricamente farfullado por el extremismo reaccionario. Hoy, cuando la soberanía estatal española es esgrimida por gobernantes demócratas, la gente de la maya hierba reaccionaria la ha suprimido abruptamente de sus inflamados, fatuos y serviles discursos, ahora laudatorios del imperio transoceánico en declive.
La culpa es pues un componente relevante y, en ocasiones, tóxico de la realidad mundial. Ojo pues a sus gestores y al uso intencional que de su gestión hacen. Corremos el riesgo de que el control que se arrogan los administradores de la culpa, de la deuda, los supuestos acreedores geopolíticos, se convierta, como ya se ha convertido en muchos casos, no en paliativo de los males que dice proponerse atajar sino, por contra, en un nuevo mecanismo de opresión y acoso. Que se lo pregunten a los palestinos.
Por cierto, ojo también a la peligrosa política de Benjamín Netanyahu con relación a Marruecos, pensada para hostigar a España por vía interpuesta. Durante décadas, Madrid ha hecho equilibrios muy delicados, respetuosos y laboriosos para mantener con Rabat una relación sincera y mutuamente ventajosa, también por parte alauí. El genocida no debe enredar en ese escenario, hasta ahora, estable. Le observamos.







