Hay científicos en los que late una pulsión fundamentalmente teórica, de creación de teorías que nos permitan conocer, entender, un sector de la realidad. Es el caso, p. ej., de Einstein o de Freud, pero quizás no haya mejor ejemplo, paradigmático, que Darwin, creador del marco teórico en el que se ha desarrollado la biología a lo largo del s. XX y hasta nuestros días. Faustino Cordón, que dedicó su vida profesional como científico al trabajo experimental, estuvo siempre o, al menos, desde muy temprano, marcado por una potente vocación teórica, que muy pronto le llevó a seguir los pasos del mismo Darwin. Desde los años 60 del siglo pasado fue desarrollando poco a poco los elementos principales de su teoría, a partir de una reflexión original y profunda en torno a la biología evolucionista de Darwin, y en la que pronto alcanzó tres hitos principales: i) un modelo general de ser vivo, nucleado por la noción de acción y experiencia y la interacción organismo/soma; ii) un esquema general de la evolución de los seres vivos basado en la emergencia sucesiva de tres niveles de agente biológico, el protoplásmico (más adelante renombrado como basibiónico), el celular y el animal; y iii) la relación organismo/medio, basada principalmente en la alimentación, como motor evolutivo de los seres vivos. Cordón partía de problemas experimentales concretos en el campo de la inmunidad y la nutrición, pero supo elevarlos (ese era su término preferido para este singular proceso) a ciencia teórica en el marco general de la teoría de la evolución biológica, y aún más allá. Propuso, así, que todo problema biológico, por limitado, concreto o específico que sea, solo adquiere su pleno sentido si se sitúa correctamente en las coordenadas que establecen los tres niveles de ser vivo y la dinámica del agente en cada uno de ellos, en términos de acción y experiencia; si se plantea, como sugería Cordón, a partir de su origen, su naturaleza y evolución (entendida esta como la evolución filogénica de la especie y la evolución ontogénica de cada ser vivo individual). Definió de este modo el ámbito y la metodología propia de la biología evolucionista y aun de la ciencia evolucionista, capaz de integrar las ciencias particulares de acuerdo con la propia estructuración de la realidad orgánica e inorgánica en niveles de integración energético-material con un origen evolutivo común.
Las preguntas que Cordón se hizo una y otra vez, perfilando, paso a paso, su pensamiento teórico, nos recuerdan todo lo que aún no sabemos de los seres vivos y de nosotros mismos
Sin embargo, el desarrollo histórico de la biología estaba siguiendo entonces un curso muy diferente. Sirva como referencia recordar que en 1965 el premio Nobel de Medicina y Fisiología le fue concedido a Jacques Monod, François Jacob y André Lwoff, tres de los fundadores de la genética celular y la biología molecular. A partir de aquellos años y hasta nuestros días la biología molecular, con un fuerte apoyo en la genética, ha experimentado un desarrollo explosivo, y, a pesar de su enfoque radicalmente reduccionista y mecanicista, ha tenido un inmenso éxito en el descubrimiento de la constitución molecular de los seres vivos y de los procesos que tienen lugar en ese nivel. Lo que es aún más importante, ha permitido el abordaje terapéutico de las enfermedades humanas más prevalentes y letales (como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y las enfermedades neurodegenerativas, pero también de muchas enfermedades raras, genéticas, y de las enfermedades infecciosas, como hemos tenido la oportunidad de comprobar recientemente con las vacunas frente a la COVID-19). Para ello las técnicas de manipulación experimental (ingeniería genética, biotecnología, etc.) han llegado hasta lo más profundo de lo que se ha entendido como la maquinaria molecular de la célula, unidad fundamental de vida. Ya en aquellos años el filósofo Michel Foucault advertía de que se estaba entendiendo la vida a partir de un programa, el genético, sin sujeto, sin lector. Cordón no se dejó cegar por los éxitos espectaculares de la biología molecular contemporánea, y se propuso aprovechar la ingente cantidad de datos que esta estaba generando con la ayuda de un grupo de estrechos colaboradores, cada uno de ellos especializado en uno de los niveles de ser vivo. No dejó de trabajar a contracorriente hasta el final de su vida activa, al margen del sistema científico-técnico oficial, primero como miembro del exilio interior, durante el franquismo, y más tarde por su condición extraacadémica y su posición radicalmente crítica con la biología contemporánea. Ya entonces, la biología molecular estaba comenzando a desarrollar su propio paradigma teórico, hoy dominante, la biología de sistemas, que ha ido incorporando algunas de las preguntas y las previsiones de Cordón, por ejemplo, sobre la naturaleza de los agentes biológicos y su medio (“agency”, en inglés), y sobre la relación entre su origen filogénico y ontogénico (perspectiva “evo-devo”).
¿Qué papel puede tener la biología evolucionista de Cordón en la ciencia actual? A pesar de su alto grado de generalidad, aparentemente alejado de los hechos y los datos concretos, las preguntas que Cordón se hizo una y otra vez, perfilando, paso a paso, su pensamiento teórico, nos recuerdan todo lo que aún no sabemos de los seres vivos y de nosotros mismos en cuanto tales. Frente a una ciencia en gran medida autocomplaciente, la biología evolucionista de Cordón nos aporta un prudente principio de realidad al que no deberíamos renunciar nunca. El pensamiento de Cordón, por decirlo con las palabras de Gabriel Celaya, también está cargado de futuro.







