Hacer

Según el criterio de Aznar, el mundo es una empresa de moral despiadada en la que lo  importante es formar parte del consejo de administración. Los de abajo, son piezas del engranaje, sacrificables, olvidables. Ayer en Iraq, hoy en Palestina

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José María Aznar | Foto: European People’s Party / CC BY-SA 2.0
José María Aznar | Foto: European People’s Party / CC BY-SA 2.0

“El que pueda hacer, que haga”. La frase, por cierto, nada brillante, más propia de un anuncio de arroz que no se pega que de un ideario político, en sí misma no es que diga mucho. Pero si quien la pronuncia es ese ridículo hombrecillo con cara de amargado, melenilla de conjunto hortera de los sesenta, pectorales hinchados y sombra del bigote que fue, aunque no llegara más allá de cuatro pelillos perfilando la mala leche que anida en sus labios finos, la cosa cambia y mucho.

Cuando las palabras las escupe un asesino como Aznar, o Ansar en inglés, hay que tomárselas muy en serio. Cuando una abominación de ser humano como él, gargajo con apariencia de hombre madurito, habla, lo que sale por esa boca pestilente no tiene más objetivo que lograr el beneficio económico, el suyo y el de sus secuaces, por supuesto.

No hay en su discurso motivación filosófica, ni creencia religiosa, ni reflexión social. Aunque disimulado, el sonido del tintinear de las monedas, el clink de la máquina registradora, flota por encima de todas las barbaridades que pueda acumular en un minuto de oratoria. Según su criterio, el mundo es una empresa de moral despiadada en la que lo único importante es lograr formar parte del consejo de administración. El resto, quienes habitan la parte baja del escalafón, no tienen mayor interés. Son piezas del engranaje, intercambiables, sacrificables, olvidables, despreciables.

Desde aquel sospechoso, y más que sospechoso, atentado que sufrió, tras el que pasó de promesa fascista a realidad, al igual que escaló puestos de forma vertiginosa el fiscal encargado del caso, de nombre Fungairiño, su carrera ha ido dejando la tierra empapada en sangre. En aquella ocasión, el sujeto en cuestión salió ileso a pesar que, en el arte de explotar coches, la gente de ETA eran expertos. Murió una mujer que desayunaba en su casa y un inocente cargó con las culpas.

Luego vino su intento de pasar a la historia como magnate del negocio de la gasolina que provocó miles de muertes y un país, Iraq, arrasado, condenado a la miseria y al horror cotidiano. Nunca pidió perdón por sus mentiras y crímenes, al contrario, lanzó carcajadas despreciables, señal de que, a él, la operación financiera le había salido a ganar.

Lo mismo cuando insultó a la inteligencia de todo un país, ese que dice defender, achacando la autoría del mayor atentado ocurrido en Europa a quienes, desde el primer momento, la negaron. Con tal de no airear la causa del espanto, la invasión de Iraq, ultrajó y ultraja, a quienes, por su culpa, perdieron seres queridos y familiares. Hijos, hijas, padres, madres, esposos, esposas, ¡tanto amor destrozado en nombre de la ambición!

Y ahora, olvidadas las fotos de la boda de su emperifollada vástaga, acompañada en el evento pagado con el dinero de todos, por un largo desfile de delincuentes, cual vampiro sediento, afirma, como un vulgar pistolero, que “Israel tiene que acabar el trabajo”.

¿Se puede ser más canalla? ¿Es posible alcanzar un grado más en deshumanización? Pues sí. Y, además, tal cual nos tiene acostumbrados, entre chanzas y risotadas: “¿Pero de que Estado Palestino me hablan?¡Si eso no existe!”.

Lo dice y le aplauden. Le aplauden, le vitorean y en Madrid, su discípula más aventajada, condecora al Estado genocida de Israel y mientras mueren miles de niños, quemados vivos, mutilados, hambrientos, una simpática cantante hace gorgoritos en el mismo espacio que la representante del Nazi – Sionismo, sin avergonzarse ni denunciar una mierda, aunque, eso sí, quienes se autocalifican como gente normal, españoles de bien, se ofenden por la multa que vamos a tener que pagar, gracias a que, en un arranque de decencia, la televisión pública ha denunciado el exterminio. ¡El mundo al revés! ¡El planeta patas arriba!

¿Hasta cuando vamos a consentir que tanto criminal campe a sus anchas? ¿No hay un juez, un solo juez, que se anime a hacer su trabajo?

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