El pasado 28 de abril se produjo el colapso del suministro eléctrico en la Península Ibérica fruto de la inestabilidad en la frecuencia eléctrica de la red eléctrica española. Las causas concretas y la valoración de si las medidas iniciales adoptadas por el operador de la red (REE) fueron las más apropiadas están por aclarar, lo cual no impide que puedan afirmarse algunas de las causas generales.
El Grupo de Energía y Medio Ambiente del PCE ha elaborado documentos y artículos (publicados fundamentalmente en Mundo Obrero Digital / https://buff.ly/XAr4gDK) sobre la estabilidad de la red y el funcionamiento del sector eléctrico, los cuales recomendamos leer a quienes precisen explicaciones más profundas de las que exponemos en este artículo.
Como es sabido, la generación fotovoltaica y eólica tal y como están actualmente conectadas a la red tienen el inconveniente de que, en determinadas circunstancias, NO pueden compensar ninguna inestabilidad en la frecuencia eléctrica de la red de transporte, y que las tecnologías convencionales basadas en la generación a través de turbinas tienen la ventaja de estabilizar dicha frecuencia debido a su inercia. Lo ocurrido el 28 es básicamente que en el momento y lugar en el que comenzó a provocarse la inestabilidad de la red no había suficiente generación de tecnologías con inercia que pudieran amortiguar dicha alteración, la cual se propagó imparable por toda la red hasta llegar a las interconexiones con Francia (por qué pudo ocurrir eso y no se pudo aislar el problema en un ámbito geográfico más reducido es otro aspecto pendiente de explicar).
El peso de la generación fotovoltaica y eólica era elevado, sin embargo, el hecho de que este peso haya sido mayor en otras ocasiones nos debe dar una idea de la complejidad y la multitud de factores de los que depende la gestión técnica de la red eléctrica.
Hay quien ha decidido envolverse en la bandera tecnológica y defender sus colores, y al igual que quienes se envuelven en la bandera rojigualda, practican un patriotismo tecnológico excluyente en el que lo de menos es cómo afrontan la vida el resto de los compatriotas. El debate tecnológico es el fetiche tras el que se esconden contradicciones mucho más profundas como, ¿se pueden armonizar los intereses del capital con la preservación del medioambiente? [1] ¿beneficia el modelo de transición energética europeo y español al capital? ¿beneficia dicho modelo a la clase trabajadora? ¿cómo afecta este modelo de transición energética a las desigualdades sociales?
El principal problema es el modelo económico, productivo, social y político; el modelo tecnológico, sin despreciarlo, es un problema de segundo orden
Envolvámonos en la bandera roja y establezcamos en primer lugar los objetivos que deben regir en nuestro planteamiento respecto al modelo energético. Todo análisis atravesado por dichos objetivos nos conducirá a entender que el modelo económico, productivo, social y político es el principal problema; y que el modelo tecnológico, sin despreciarlo, es un problema de segundo orden.
Los comunistas tenemos un primer objetivo irrenunciable, luchamos por una vida digna para la clase trabajadora. Y esa vida digna no puede entenderse sin el acceso a la energía en general y el acceso a la electricidad en particular. El principal problema de acceso a la electricidad para los trabajadores no es la estabilidad de la red, sino el dogma neoliberal de que todos los costes relacionados con la generación y distribución eléctrica debe reflejarse en la factura doméstica en su totalidad. La energía es cara y la tendencia es que cada día lo sea más. Es necesario cambiar un sistema que permite el derroche o la carestía energética en función del poder adquisitivo. El acceso, además, está condicionado por el código postal, pues los barrios más populares sufren frecuentes apagones derivados del envejecimiento de las líneas de baja tensión y la falta de inversiones debido a que el criterio para realizarlas no es la necesidad de acceso sino el balance de ingresos y gastos de las empresas privadas propietarias de esas redes.
Es necesario cambiar un sistema que permite el derroche o la carestía energética en función del poder adquisitivo
Un segundo principio irrenunciable es que garantizar una vida digna, precisa de la preservación del ecosistema que permite la supervivencia de la especie. Y en el marco energético, ello exige reducir el consumo de combustibles fósiles. No se trata del único contaminante, ni siquiera la única causa que impacta contra nuestro ecosistema en todo lo relacionado con la producción y el consumo de energía, pero sí podemos decir que es el más importante. Ahora bien, los combustibles fósiles, y su alto grado de concentración energética y facilidad de transporte, son los que han permitido el desarrollo tecnológico y material que tenemos actualmente. Un litro de gasolina proporciona 4 KWh de energía mecánica mientras que un trabajador desarrolla entre 10 y 100 KWh de energía mecánica a lo largo de un año de trabajo, es decir, 25 litros de gasolina producen la misma energía mecánica que un trabajador durante todo un año. Sin duda debemos reducir el consumo de combustibles fósiles para reducir el impacto sobre el medio ambiente, pero desde la toma de conciencia de que no existe ninguna otra energía que los sustituya.
Envolverse en la bandera roja exige también la compatibilidad entre las propuestas políticas y el conocimiento científico o el desarrollo tecnológico. Las leyes de la naturaleza no pueden sortearse con un discurso político, una propuesta electoral o la idealización de un mundo perfecto, en equilibrio y con recursos infinitos. El dogma de la viabilidad de un sector eléctrico 100% renovable debe desecharse y sustituirlo por la necesidad de incorporar la generación renovable hasta el nivel que técnica y socialmente sea sostenible. El tridente renovables-almacenamiento-electrificación en el que se basa dicho dogma tiene en el almacenamiento y la electrificación de determinados consumos un desarrollo tecnológico pendiente que limita el crecimiento en la implantación de renovables. A este tridente hay que añadir la imposibilidad tecnológica actual de gestionar una red eléctrica, en España, en la que sólo exista generación fotovoltaica y eólica, con las centrales hidroeléctricas como único sistema de generación inercial y de reserva cuando las otras dos no producen, dadas las evidentes limitaciones en el incremento de la generación hidráulica, ya cerca del desarrollo máximo que permite nuestro país. Lo cual obliga a optar por la generación basada en los combustibles fósiles (gas) y en la energía nuclear.
El transporte consume el 50% del total de combustibles fósiles. Se debería intervenir fomentando el transporte colectivo, especialmente el ferroviario
Incorporando el pensamiento científico a este objetivo de reducción del uso de combustibles fósiles, hay que analizar cuál es la causa de la intensidad de acciones sobre un sector, el eléctrico, que consume aproximadamente el 10% de los combustibles fósiles. El transporte, que consume el 50% del total de combustibles fósiles, debería ser el principal sector en el que intervenir. Existen soluciones tecnológicas absolutamente contrastadas y maduras, el fomento del transporte colectivo y especialmente el transporte ferroviario de pasajeros y mercancías provocaría mejores datos de reducción del consumo de estos combustibles.
¿Dónde está la razón fundamental de esta incongruencia en la estrategia de reducción de combustibles fósiles? En un sistema capitalista que no busca la satisfacción de las necesidades humanas sino la ampliación y acumulación de capital y el beneficio económico de una minoría. La expansión, más allá de los límites tecnológicos, de las tecnologías no convencionales en el sector eléctrico supone inversiones que son recuperadas por el capital a través de nuestra factura eléctrica y las periódicas ayudas y subvenciones de los Estados. El impulso de un transporte colectivo más eficiente que el privado, es decir, un transporte que consigue los mismos objetivos de desplazamiento de personas y mercancías con menos recursos energéticos y materiales supone una reducción del negocio privado, del capital y de la plusvalía asociada.
El capitalismo convierte en fuente de plusvalía la preocupación social de preservación del medio ambiente. Entre los defensores de este modelo de transición energética y los que niegan la necesidad de una transición energética hay un factor común, la defensa del capital frente a las necesidades vitales y medioambientales de la mayoría. La transición energética es necesaria y no puede ser capitalista. [2]
Notas:
[1] https://www.pce.es/media/uploads/2024/05/14/0bf3222f16bd4d84882d6fc8a7af5f1b.pdf
[2] https://www.pce.es/media/uploads/2024/05/14/8cf58b4d7a5941e085e3a701caad4760.pdf







