Opinión

La deshumanización del otro: ecos del pasado en las injusticias del presente

La barbarie convertida en rutina, con el aplauso de unos y la indiferencia de otros

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Masacre palestina
Imagen: mahmoudzaliwa

Ha sido objeto de infinidad de estudios —desde la psicología, la sociología, la historia o la ciencia política— el análisis de los mecanismos sociales y mentales que permitieron al régimen nazi ejecutar algunas de las mayores atrocidades de la historia contra su propia población, especialmente contra los judíos (sin olvidar a gitanos, comunistas, personas homosexuales, etc.).

Este fenómeno resulta aún más inquietante si recordamos que la Alemania de los años 30 era, en comparación con otros contextos históricos, una sociedad culta, abierta y cosmopolita.

Mirando atrás, seguimos preguntándonos: ¿Cómo pudieron los alemanes permitir que se perpetrara un genocidio contra sus propios vecinos, con la complicidad o, en el mejor de los casos, con la pasividad de la inmensa mayoría de la población?

Para que algo así ocurra debe darse una construcción simbólica, ideológica y política de un grupo social como una amenaza al orden, la seguridad y a los valores del Estado. Estas personas son señaladas no necesariamente por lo que hacen, sino por lo que representan: por su origen, ideología, religión, etnia, orientación sexual o clase social. Se convierten así en chivos expiatorios de todos los males existentes. Una vez señalado como “el enemigo”, comienza el proceso de deshumanización que permite aplicarles todo tipo de violencias, ya sean físicas o simbólicas. En ese sentido, ya no se les percibe como parte del “nosotros”, sino como parte de “los otros” a los que hay que combatir.

Hoy estamos siendo testigos de un genocidio que, con toda seguridad, será estudiado por los académicos del futuro. Porque, a pesar de contar con pruebas gráficas constantes, accesibles y en tiempo real, no hemos sabido —o querido— detenerlo.

Es cierto que una parte importante de la población mundial está movilizada contra la masacre del pueblo palestino por parte del Estado de Israel. Pero lo que aquí quiero subrayar es el papel de la indiferencia: de quienes miran hacia otro lado —pasando vídeos en su móvil— cuando aparece la imagen de un nuevo bombardeo sobre la población civil de Gaza o la enésima madre llorando con el cuerpo de su hijo muerto entre sus brazos. Que se pueda llevar a cabo el exterminio de más de 55 mil personas —entre ellos casi 20 mil niños— por parte de un Estado con total impunidad no se pueden explicar sin ese proceso psicológico social que implica la deshumanización “del otro”.

Y es que no solo hacen falta indiferentes para que ocurran estas atrocidades. También hay quienes participan activamente, ya sea por acción directa o por complicidad.

Hace unos días, un policía de Torrejón de Ardoz, fuera de servicio, estranguló hasta la muerte a un hombre que, supuestamente, había robado un teléfono móvil. Muchos medios, especialmente los conservadores, titularon la noticia destacando el origen magrebí de la persona asesinada, además de justificar la actuación del policía señalando que la víctima “había robado un teléfono móvil”. El enfoque no fue casual: se trataba de restar humanidad a la víctima. Era un hombre magrebí y —según esa narrativa— un ladrón. Y eso, para algunos, parece suficiente para justificar que lo maten en plena calle.

El vídeo y las noticias se hicieron virales. Muchas personas reaccionaron con indignación y exigieron justicia. Pero muchas otras lo celebraron. Abundaban los comentarios que aplaudían al policía y criminalizaban a la víctima, sugiriendo que “se lo había buscado”. Un comentario en TikTok que decía “Le tendrían que dar una medalla a ese policía” acumulaba más de 40.000 “me gusta”.

Salvando las distancias, este es el mismo mecanismo social y mental que permitió la criminalización y posterior exterminio de los judíos durante el III Reich.

Algo parecido ocurre hoy en los Estados Unidos de Donald Trump. Miles de personas —hombres jóvenes y migrantes en su mayoría— están siendo detenidas y deportadas a cárceles de El Salvador, bajo la administración de Nayib Bukele, sin juicio previo ni condena firme. Basta con el simple indicio de formar parte de una supuesta banda para que se justifique su detención y encierro. Todo ello, además, va acompañado de impactantes imágenes de jóvenes esposados, humillados y sometidos a “disciplina” carcelaria, que son difundidas como parte del espectáculo punitivo.

Una vez más, lo que permite que esto suceda es un proceso de deshumanización promovido desde ciertos sectores políticos y mediáticos. Al reducir a estas personas a la categoría de “delincuentes” o “enemigos”, se legitima su exclusión de los derechos humanos más básicos.

Esta lógica punitiva —que criminaliza la pobreza, la juventud racializada y la migración— contradice de forma flagrante los valores liberales que supuestamente rigen en Estados Unidos.

No sorprende, entonces, que estén saliendo a la luz numerosos casos de personas inocentes, sin antecedentes ni delitos, que han sido deportadas y encerradas en cárceles de máxima seguridad sin fecha de salida. Padres de familia, trabajadores, jóvenes sin causas judiciales pendientes, que han sido ya condenados socialmente por el simple hecho de “pertenecer” a un grupo señalado como enemigo.

Como ocurrió en la Alemania de los años 30, si el odio y la indiferencia ante las injusticias se imponen, nuestras sociedades también serán recordadas como un ejemplo más de cómo la barbarie se volvió rutina mientras algunas personas aplaudían y otra gran mayoría miraba hacia otro lado.