Lo que tenemos que hablar no nos cabe en un twitter (2ª parte)

La memoria colectiva es arma política en los combates de hoy de los que depende el mañana. Pensar históricamente lleva a la posibilidad de una previsión inteligente de los hechos a partir de un análisis correcto de sus factores

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Fichero biblioteca. Memoria colectiva
Foto: Dr. Marcus Gossler / CC BY-SA 3.0

En el año 2016 nuestra derecha ya había demostrado que podía aguantar el hedor rancio de la vieja política (la única que conoce y practica), la podredumbre de sus negocios y el chirriar de las puertas giratorias, mientras sus periódicos y televisiones siguen haciendo espectáculo de lo que, en mi  opinión, son grandes problemas convertidos en morbosos cotilleos, resultando difícil acoger y comparar la información que verdaderamente puede resultarnos útil si queremos reflexionar sobre cómo nos podemos organizar en este ecosistema sin perecer (por nuestros pecados), en el intento. Los documentos se filtran de mano en mano (de la UCO a los tribunales pasando por el Congreso) dejándolos manchadas de pura caca mediática. Y lo que no es boñiga, desaparece. Ya les he contado lo de la empresa de servicios que proclamaba: “Destruimos datos. Generamos confianza”. La frase publicitaria no era un slogan del P.P. Ofertaba profesionalmente la destrucción confidencial de documentos pero yo pensé que la propuesta iba más allá de la mera desaparición de archivos de papel o de discos duros de ordenador. Con los datos, desaparecidos, filtrados o malinterpretados, se destruye la memoria completa del pasado, la posibilidad de memorizar el presente y se empobrece la opinión que podamos trabajarnos sobre nuestro yo y nuestras circunstancias.

Deberíamos debatir no sólo en el Congreso, donde ya ni se discute, simplemente se insulta a los rivales y a la inteligencia de los telespectadores, cómo nos libramos de la extrema manera de ser, de vivir y de fastidiarnos la vida a los demás en la que está instalada nuestra derecha. Tenemos referencias teóricas de sobrada utilidad para guiarnos en tan fatigosa tarea: el más mayor de los Marx nos contó con todo lujo de detalles el juego que te has traído secularmente entre manos y Groucho escenificó como nadie el desorden y contradicción entre tus principios declarados y tus intereses. Como esa parte no podías rebatirla, te has dedicado a emborronar la retransmisión de las jugadas.

Pero no quiero centrarme en tus desmanes sino en cómo estamos discutiendo sobre lo que somos y lo que queremos. Las crisis económicas son inherentes al capital pero si no conseguimos ser rupturistas siempre nos quedará la tentación socialdemócrata de creer que se puede domesticar al capitalismo, almacenar todas las actas, las trifulcas, las propuestas ciudadanas y los análisis de los todólogos a salvo del camión que nos promete generar confianza a cambio de una completísima y aparentemente cómoda ignorancia.

La memoria colectiva es arma política en los combates de hoy de los que depende el mañana. Ideales y recuerdos colectivos sustentan también la fuerza moral del revolucionario. Pero nos gusta especialmente que la memoria esté impregnada de análisis, cuando —dice Aron Cohen que decía Pierre Vilar— «pensar históricamente» llevaba a la «posibilidad de una previsión inteligente de los hechos a partir de un análisis correcto de sus factores»… Aquí no valen los chismorreos ni los mensajes de whatsapp cargados de mentiras y con demostraciones palpables de una mala educación.