La retórica imperante en los grandes medios intenta hacernos creer que la inacción de Occidente –y especialmente, el bloqueo de Alemania en la UE– ante el genocidio israelí es un asunto de culpabilidad histórica y parálisis ante sus grandes consensos fundacionales tras la Segunda Guerra Mundial. Una narrativa conveniente y moralizante para el bloque imperialista, que conecta y contrapone la misma enfermedad que nos aqueja: el fascismo, el racismo, el supremacismo blanco y el imperialismo, que hace 80 años intentó el exterminio de una parte de la población europea, y hoy busca el exterminio del pueblo palestino.
Abandonemos la ingenuidad. Europa y Norteamérica no son espectadores pasivos de lo que sucede en Palestina, son agentes activos que se benefician de la colonización de Palestina y de la presencia de Israel en la región árabe, actúan de manera calculada y están motivados por intereses económicos y geoestratégicos concretos. La retórica de la culpabilidad, tan superficial como engañosa, sirve para ocultar la cruda y materialista realidad de la dominación imperialista a escala internacional.
La selectiva culpabilidad alemana
El gobierno alemán, presentándose ante el mundo como el paladín de la Vergangenheitsbewältigung (superación del pasado), ha erigido un relato hegemónico sobre el Holocausto que le sirve para dos propósitos fundamentales: limpiar su responsabilidad histórica y, al mismo tiempo, instrumentalizar selectivamente ese dolor para justificar sus políticas imperialistas contemporáneas.
Esta memoria, lejos de ser universal, es profundamente hipócrita y selectiva, como demuestra el olvido premeditado del genocidio gitano (Samudaripen) que no fue reconocido hasta los años 80, o el segundo plano al que se relega habitualmente al exterminio de comunistas, antifascistas, personas pertenecientes al colectivo LGTBI, racializadas y con discapacidad. Una prueba de esta instrumentalización es la reciente prohibición en Berlín del símbolo del triángulo rojo invertido, que era cosido en los trajes de los presos comunistas, socialistas, republicanos españoles y sindicalistas en los campos de exterminio nazis, y que después se convirtió en símbolo de memoria antifascista, y que este pasado año se prohibió bajo el pretexto de ser un emblema de la resistencia palestina. El anticomunismo estructural que atraviesa la política alemana desde la Guerra Fría hasta la actualidad explica la ligereza con la que se criminaliza y prohibe un símbolo de la memoria antifascista, que no solo representa a aquellos asesinados sino también a los ideales por los que aquellos mártires lucharon.
No solo acaba aquí, sino que Alemania ha convertido su apoyo incondicional a Israel en una razón de Estado –(Staatsräson), medida impulsada bajo el gobierno de Angela Merkel en 2008, que eleva el apoyo a Israel al nivel de interés nacional supremo–, e incluso ha modificado en 2024 la Ley de Ciudadanía, donde se exige a los solicitantes que reconozcan explícitamente el “derecho de Israel a existir” como uno de los “valores alemanes”. Esta doctrina no es un gesto simbólico, es uno de los puntales que sostienen a Alemania como uno de los principales proveedores de armas y suministros militares e industriales a Israel y que engordan a su industria bélica.
Y específicamente en estos últimos dos años, la represión ha alcanzado niveles descarados contra las expresiones de solidaridad con Palestina vistas en sus calles, persecución policial a activistas, la revocación de solicitudes de asilo a refugiados organizados en la solidaridad, y la ilegalización de organizaciones propalestinas como la Red de Solidaridad con los Presos Políticos Palestinos Samidoun. Alemania equipara de manera incorrecta e interesada a las comunidades judías con el Estado de Israel, provocando que el Holocausto se emplee como coartada moral para apoyar incondicionalmente a Israel, avalar sus crímenes de guerra, y acusar de antisemita a cualquiera que ose criticar a Israel.
El relato oficial alemán y occidental ha consagrado la singularidad del Holocausto judío como un «mal radical» único e incomparable. Si bien la brutalidad del exterminio de 6 millones de personas judías debe ser recordada en toda su dimensión, esta conceptualización se ha utilizado para establecer una jerarquía del dolor que deja en la penumbra a otras víctimas del terror nazi y sobre too, para convertir la memoria en un arma política que blanquea el genocidio palestino y silencia a quienes lo denuncian.
El dominio imperialista en la región
El bloque imperialista, compuesto fundamentalmente de Norteamérica, Europa y sus aliados, es plenamente consciente de que su hegemonía global y su nivel de acumulación de capital dependen en gran medida del control férreo sobre los recursos y la estructura política de la región árabe. En este entramado, el Estado de Israel desempeña un papel de gendarme regional insustituible, una colonia armada hasta los dientes cuyo objetivo es garantizar la sumisión de los pueblos árabes.
La presencia del enclave sionista modifica radicalmente la ecuación geopolítica de toda la región. Países como Egipto, Jordania, Líbano o Siria no pueden desarrollar sus potencialidades nacionales ni ejercer una soberanía plena teniendo como vecino a un Estado expansionista, militarista y que actúa como punta de lanza del imperialismo. No sólo ejerce su dominio sobre sus vecinos más inmediatos, sino que establece un marco de legitimidad compartida con las dictaduras árabes y las monarquías petroleras del Golfo, que tiene su expresión en la Liga Árabe, y altera de manera radical las relaciones que los propios países árabes pueden tener entre ellos.
La existencia de Israel fractura la unidad árabe, debilita cualquier proyecto de integración antiimperialista y sostiene regímenes títeres y monarquías absolutistas que, a cambio de su supervivencia, entregan la soberanía de sus pueblos y sus recursos, especialmente los hidrocarburos.
La pregunta es obligada: ¿qué sucedería si este baluarte colonial cayera? La respuesta encierra la verdadera razón del apoyo inquebrantable de Occidente. Los pueblos árabes avanzarían hacia formas de gobierno soberanas, capaces de gestionar sus riquezas naturales —como el petróleo y el gas— en beneficio de sus mayorías sociales y no de los monopolios extranjeros. Controlarían vías estratégicas como el Canal de Suez, arteria vital del comercio mundial que hoy garantiza la preeminencia del capital europeo y norteamericano.
Sin Israel, el dominio imperialista se vería irremediablemente quebrado, y estos países que viven en la parte privilegiada del mundo enfrentarían una policrisis energética y logística, que pondría en serios apuros a las potencias occidentales.
La obscena complicidad de Europa
Por ello, por mucho que escalen los crímenes del Estado sionista, muchos pensamos que la UE nunca impondrá sanciones o medidas coercitivas reales, porque el coste es prácticamente existencial. Si la UE quiere seguir disfrutando de su situación de dominación económica y política (aunque venida a menos recientemente) no debe titubear en apoyar firmemente a Israel. Las recientes reuniones del Consejo de Ministros de Exteriores –la última celebrada el 29 y 30 de agosto– son la prueba evidente: solo hay patadas hacia adelante, declaraciones vacías y una deliberada estrategia de ganar tiempo. ¿Tiempo para qué?
La función de esta pantomima no es esperar una resolución del Tribunal Internacional de Justicia mientras delibera si hay genocidio o no. Su objetivo real es otorgar un margen de maniobra crucial a la entidad sionista. El objetivo es doble: permitir que la colonia israelí se reorganice y, al mismo tiempo, escenificar la farsa de convertir a Benjamin Netanyahu en el único chivo expiatorio. Se intenta vender la narrativa de que el problema reside en un puñado de dirigentes genocidas, aislando su figura para eximir de responsabilidad al conjunto del proyecto sionista, al mismo tiempo que se lava la cara a ex-dirigentes sionistas que hasta hace tres años formaban parte del ejecutivo de Netanyahu y se les presenta como demócratas moderados.
Europa necesita un administrador colonial más “presentable” que pueda continuar la misma labor genocida con una fachada renovada, con un ritmo mucho más lento y causando un menor revuelo internacional. Se busca un nuevo rostro para la misma política de apartheid y expansión, que garantice la continuidad del dominio sobre los recursos estratégicos y la sumisión de los pueblos árabes.
La Unión Europea no tocará una coma del Acuerdo de Asociación Preferente UE-Israel, porque hacerlo significaría el fin de Israel, y con él, el arrastre de la propia UE. La UE no dejará de apoyar militarmente a Israel por la cuenta que le trae, porque los vínculos con la economía europea y estadounidense son tan fuertes, que el shock de esta ruptura haría tambalear gravemente el barco europeo, y por consiguiente, a todo el bloque imperialista.
Es el motivo por el que los pueblos europeos cortocircuitan cuando se enfrentan a esta gran contradicción: el genocidio televisado en tiempo real y las imágenes de la barbarie, mientras se llena la boca de valores europeos que los elevan sobre el resto del planeta sumido en el salvajismo. Y por eso necesitan argumentos tan estúpidos como una supuesta “culpabilidad europea” para justificar su complicidad con la colonia que Europa engendró para garantizar su dominio en la región árabe.
Nuestra tarea es reducir la dependencia con el sionismo
Por tanto, es imperativo superar el debate ingenuo sobre la «culpa» y enfocar la lucha en los términos de clase que realmente explican este conflicto. La defensa de Palestina es, en esencia, un combate antifascista, antirracista, anticapitalista y antiimperialista. Exigir sanciones a Israel, el embargo militar, la ruptura de relaciones y el juicio a sus dirigentes genocidas no es sólo un imperativo moral; es un golpe estratégico contra el corazón del sistema de dominación que empobrece y oprime a la clase trabajadora en todo el mundo, incluidos nuestros propios países.
Exigir el boicot, las sanciones y la ruptura de relaciones con el Estado sionista es una vacuna contra el fascismo y el autoritarismo en Europa, porque desvincula progresivamente a los consensos políticos y los capitales europeos del shock de la inevitable pérdida de la colonia israelí y la liberación de Palestina. La dicotomía está entre si Israel sigue existiendo a costa de dar rienda suelta al autoritarismo y el fascismo, o si deja de existir para profundizar en la democracia, el multilateralismo, la cooperación y la justicia social.
La solidaridad internacionalista con Palestina es hoy la trinchera más amplia y tangible de la lucha de clases a escala global. La liberación de Palestina será un paso monumental hacia la liberación de toda la humanidad de las garras del imperialismo, y será menos traumática en nuestro propio territorio si cumplimos con nuestra obligación internacionalista: no dar ni un respiro ni un centímetro de espacio al sionismo.







