El racismo, la misoginia y la criminalización de la infancia migrante no son anomalías ni excesos. Son engranajes funcionales que fragmentan a la clase trabajadora, permiten la sobreexplotación de sectores vulnerables y legitiman políticas de austeridad y represión. Pretenden que en lugar de dirigir la rabia contra quienes concentran la riqueza, se dirija contra los más desprotegidos
Durante esta última década hemos asistido, en nuestro país, a la consolidación de un discurso de odio cada vez más agresivo contra diferentes colectivos: mujeres, personas migrantes, comunidades racializadas y, de manera especialmente cruel, contra los menores no acompañados que llegan a nuestro país.
No se trata de desvaríos aislados ni de simples gestos de intolerancia. Se trata de una estrategia política consciente promovida por la extrema derecha, amplificada por ciertos medios y tolerada por sectores del poder económico. Su objetivo es evidente: dividir a la clase trabajadora, generar miedo y crear “falsos culpables” que ocultan las verdaderas causas de la precariedad y la desigualdad.
Si aplicamos una perspectiva marxista, estas formas de opresión son componentes estructurales del capitalismo. No se pueden entender como meros prejuicios culturales, cumplen funciones concretas en la supervivencia del sistema capitalista. Combatirlas requiere un análisis de clase que revele sus raíces económicas y una praxis revolucionaria que transforme las bases materiales que las reproducen.
El racismo, la misoginia y la criminalización de la infancia migrante no son anomalías ni excesos. Son engranajes funcionales que fragmentan a la clase trabajadora, permiten la sobreexplotación de sectores vulnerables y legitiman políticas de austeridad y represión. Cada vez que el capitalismo atraviesa una crisis, necesita canales para encauzar la frustración social. En lugar de dirigir la rabia contra quienes concentran la riqueza, se dirige contra los más desprotegidos.
Cuando se culpa a las personas migrantes de “quitar trabajo”, en realidad se oculta que son los empresarios quienes abaratan salarios gracias a la vulnerabilidad legal de muchos migrantes. Cuando se niega la violencia machista, se invisibiliza que el patriarcado asegura la reproducción gratuita de la fuerza de trabajo mediante el esfuerzo de las mujeres. Cuando se criminaliza a los menores no acompañados, se fabrica un enemigo ficticio que alimenta la inseguridad y normaliza la exclusión social.
Los ataques al feminismo buscan revertir décadas de conquistas. Se caricaturiza la lucha por la igualdad y se presenta al feminismo como un privilegio, no como un movimiento emancipador
Los ataques al feminismo buscan revertir décadas de conquistas. Se caricaturiza la lucha por la igualdad, se niega la violencia de género y se presenta al feminismo como un privilegio, no como un movimiento emancipador. La extrema derecha trata de reinstaurar un modelo de familia tradicional que descarga el trabajo reproductivo en las mujeres, abaratando así el coste laboral para el capital. La misoginia y la violencia machista refuerzan así un orden que necesita su subordinación y el trabajo doméstico invisible.
Deshumanización, criminalización y exclusión
De igual modo, las personas migrantes se convierten en la causa principal del paro, la falta de vivienda o el deterioro de los servicios públicos, ocultando que estas carencias responden a décadas de políticas neoliberales y recortes austericidas. Criminalizar a la población migrante no solo la deshumaniza, sino que también normaliza su presencia en centros de internamiento, que mueran en las fronteras y una gestión autoritaria de estas.
Las comunidades racializadas soportan un racismo estructural que limita su acceso al empleo, la vivienda y derechos básicos. Se alimenta un imaginario que asocia su existencia con la marginalidad o la inseguridad. Este racismo institucional no es accidental; sirve para establecer jerarquías dentro de la clase trabajadora, debilitando su capacidad de lucha común.
Criminalizar a la población migrante no solo la deshumaniza, también normaliza su presencia en centros de internamiento, que mueran en las fronteras y una gestión autoritaria de estas
Las migrantes y las personas racializadas suelen verse forzadas a aceptar trabajos precarios, con salarios por debajo de la media y sin derechos. Marx diría que constituyen un “ejército industrial de reserva” que presiona a la baja las condiciones laborales de toda la clase. El odio racial funciona como justificación ideológica de esa superexplotación, presentando a estas personas como competidoras indeseadas y desviando la ira hacia las víctimas en lugar de hacia los patrones.
El caso de los menores no acompañados es especialmente cruel. Se les estigmatiza antes de alcanzar la mayoría de edad, se les priva de derechos y se les retrata como una amenaza. El acrónimo “MENA” opera como una categoría deshumanizante que oculta su verdadera condición: son niños y adolescentes, víctimas de un sistema global de desigualdad y de unas fronteras que los condenan a la exclusión. Esta demonización no solo es inhumana, sino que también normaliza que haya vidas consideradas prescindibles.
Estos jóvenes representan la expresión más extrema de la desprotección. Sin familia, sin estatus legal y sin capacidad de defensa, son presa fácil de la explotación laboral, la trata o la violencia institucional. Su situación no es un accidente, sino la cara más descarnada de un sistema que convierte la vulnerabilidad humana en una oportunidad de negocio.
Lectura marxista
El marxismo enseña que la clase trabajadora no puede emanciparse si no enfrenta a la vez las distintas opresiones que la atraviesan. Mujeres, migrantes, personas racializadas y menores no acompañados forman parte del mismo sujeto colectivo y padecen con mayor dureza la precariedad, la violencia y la exclusión generadas por el capitalismo neoliberal.
La tarea es doble: demostrar que estas opresiones no son conflictos entre iguales, sino mecanismos al servicio del capital, y articular un proyecto político en el que feminismo, antirracismo y defensa de la infancia migrante se integren plenamente en la lucha de clases. Responder al odio desde el marxismo no es solo “defender” a los colectivos atacados, sino reconocer que sin ellos no existe un sujeto revolucionario capaz de transformar la sociedad.
El odio contra mujeres, migrantes, personas racializadas y menores no acompañados no es una cuestión secundaria ni meramente moral: es un obstáculo central para cualquier proyecto emancipador. La división que genera impide a la clase trabajadora reconocerse como tal y actuar contra quienes la explotan. La ofensiva reaccionaria quiere instalar la idea de que hay personas que «sobran». Frente a esa lógica de exclusión, la respuesta marxista debe ser rotunda: nadie sobra en la clase trabajadora.
Combatir el odio exige una estrategia que vaya más allá de la mera indignación moral. Requiere una lucha unificada que entienda que la liberación de los grupos oprimidos está ligada a la abolición del sistema capitalista que se sostiene en su opresión. La verdadera solidaridad de clase se construye reconociendo que nadie será libre hasta que lo seamos todas, y que esa libertad solo será posible con un proyecto revolucionario que acabe con la explotación y siente las bases de una sociedad igualitaria y verdaderamente humana.
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QUÉ HACER
1. En el plano ideológico: desmontar las falacias reaccionarias. Frente a la afirmación “los migrantes quitan ayudas”, señalar que es el capital quien acapara la riqueza. Frente a la criminalización de menores, evidenciar que la marginación es consecuencia de políticas de exclusión. Frente a la negación de la violencia machista, subrayar su papel en el sostenimiento del sistema económico.
2. Plano político: impulsar alternativas materiales —vivienda pública, empleo digno, sanidad y educación universales, regularización de personas migrantes, renta básica que libere a las mujeres de la dependencia económica, sistema estatal de cuidados y protección incondicional a menores no acompañados—. Cada conquista revela las contradicciones del capital y muestra la fuerza de la lucha colectiva.
3. Plano social y mediático: disputar la narrativa. No basta con responder, hay que construir relatos que visibilicen la realidad. Los menores no acompañados no son una amenaza, sino jóvenes con proyectos de vida. Las personas migrantes no colapsan los servicios, sino que los sostienen. Las mujeres no tienen privilegios, sino que cargan con dobles y triples jornadas. Contar estas verdades es una acción política fundamental.
4. En el plano organizativo: fortalecer la unidad. No podemos permitir que el movimiento obrero se fragmente en “nacionales” y “extranjeros”, ni en hombres y mujeres, ni en jóvenes y mayores. Sindicatos de clase, feminismo, colectivos antirracistas y asociaciones de apoyo a menores deben coordinarse en espacios comunes para acumular fuerza frente a la reacción.







