El verano, un tiempo más libre de las obligaciones que otros momentos del año, es el periodo más propicio para aquello que el poeta Baudelaire llamó las correspondencias, esa expansión infinita de las cosas que otorga él a la naturaleza, a los hechos sociales, a la vida, enlazándose unas cosas con otras, permitiéndonos viajar sin movernos, a través de las evocaciones, de los efluvios de olores, sonidos, colores, recuerdos. Las correspondencias son un poderoso instrumento transformador y quizá la tarea principal de un escritor: la de ser capaz de trasladarnos de un tiempo a otro; de traspasar lo autobiográfico a lo colectivo, y así convertirlo en social, político. Esas correspondencias, que en manos del filósofo Walter Benjamin se transformaron en iluminaciones, y que el arquitecto italiano Aldo Rossi convirtió en las analogías, son una herramienta poética con la que el pasado se transforma en porvenir, en algo vivo, en un modelo.
Reflexionaba sobre esto en Donostia, hasta que vi, al final de la playa, el lugar vacío donde estuvo la prisión de Ondarreta. Y descendí del pensamiento abstracto y general a lo concreto de la playa y la cárcel, una percepción que me hizo enfocar este artículo con una vocación de aquello que los franceses llaman “deber de memoria”. Porque, a pesar de que hace algunos años el ayuntamiento colocó una placa en el sitio en el que estuvo el edificio de la prisión, donde se hace una breve explicación de su historia, no es algo muy conocido. La gente, los veraneantes, los lugareños, los turistas, apenas se detienen ante la placa; que, por otra parte, tampoco es lo suficientemente grande ni explícita como requeriría su presencia histórica; y el pequeño monumento recordatorio se diluye en la atmósfera lúdica del uso de la playa.
El vacío del lugar me acercó a la memoria de la vida en esa prisión durante la posguerra franquista, una cárcel donde penaron muchos republicanos, y ante una playa abarrotada, recordé algunas anécdotas que marcan un fuerte contraste entre los que disfrutan de la vida, y los que la padecen. Desde la prisión de Ondarreta los presos podían otear la playa, pero sólo podían alcanzar a verla desde un dormitorio para diez o doce reclusos, situado en un chaflán de la prisión, que estaba ocupado por unos presos a los que llamaban los músicos, porque durante la obligatoria misa de los domingos, tocaban música religiosa. Y desde una ventana enrejada de esta habitación se divisaba la playa. Los presos intentaban granjearse la amistad de alguno de los músicos para que éste le permitiera acceder, sorteando la vigilancia del guardia, al dormitorio, para así poder ver la playa, con mujeres y hombres en traje de baño del año 1945, disfrutando de una vida que a ellos les era negada. A veces también escuchaban la música de algún baile que organizaban en el club de tenis, pegado a los muros de la prisión, las nuevas elites de la sociedad, los afectos al régimen, que habían ascendido socialmente como la espuma gracias a su colaboración con el franquismo. Algunos con apellidos conocidos, cuyos descendientes siguen ocupando puestos de privilegio en todas las instancias de poder no elegido, medios, judicatura. Lo que Marx denominó acumulación originaria del capital que también tiene su correlato en la apropiación de los puestos y prebendas durante la dictadura, que luego sus vástagos heredaron.
Si conociéramos su vida podríamos imaginarlos moviendo las vagonetas de piedras exhaustos, pasando hambre y con una humedad que se les pegaba a los huesos
Era “la playa” de los presos de Ondarreta, donde la vida era muy dura. Se les empleaba casi como esclavos, según un convenio entre la cárcel y la empresa ABC, para la construcción de la avenida de Tolosa, la carretera que se convirtió en la salida principal de Donostia hacia Madrid, la N-1. Cada día, a las 7 y media de la mañana, se ponía en marcha una columna de presos. El trabajo consistía en acarrear piedra durante todo el día. Entre cuatro presos empujaban una vagoneta llena de piedras sobre una vía. Desde un extremo a otro del recorrido había quinientos metros. Constantemente. Agotados, eran salvados cuando llamaban a comer, a las 12 y media. Entonces les servían la comida que llegaba desde la prisión en perolas. Tenían que comer muy rápido para ponerse a trabajar de nuevo hasta las 6 y media de la tarde, cuando en formación, a lo largo de la nueva vía, regresaban exhaustos a su “casa”.
El edificio de la prisión ya no existe, aunque los días de marea muy baja aparecen sobre la arena restos de sus cimientos. Tampoco está entre nosotros ninguno de aquellos reclusos. Pero quizá, si conocemos su vida, podamos imaginarlos, moviendo las vagonetas de piedras como en alguna película de Hollywood; pasando el hambre que pasaban; padeciendo la humedad que se les pegaba a los huesos. E incluso sentir su corazón alborozado con la pequeña alegría de ver desde el chaflán a mujeres y hombres libres, en traje de baño, disfrutando del sol y del mar. Aquellos resistentes republicanos amaban la vida, se comprometieron y la entregaron para que fuera mejor para todos, no solo para unos pocos.








