La presencia del equipo ciclista con el nombre de Israel en la Vuelta a España, mientras el Estado hebreo cometía un genocidio contra el pueblo palestino, soliviantó a la gente, que no dudó en salir a las carreteras para mostrar su enfado, pedir que se excluyera a Israel de toda competición, también de la Vuelta, y mostrar su solidaridad con Palestina. La ciudadanía dio un ejemplo, más claro y contundente que el de los gobernantes europeos, con la tibieza inoperante de sus críticas a Israel. El fracaso de la diplomacia para detener a Israel hace que el pueblo reaccione con hartazgo, exigiendo el fin de la masacre, la paz, y el derecho a la existencia del Estado palestino, refrendado por las Naciones Unidas.
Ese equipo, financiado por el multimillonario canadiense-israelí, Sylvan Adams, cuya fortuna se estima en 2.600 millones de euros, está al servicio de promover una buena imagen del sionismo. Adams, que no ha escondido su amistad con Netanyahu, ni su defensa de la salvaje intervención del ejército israelí en Gaza. Las movilizaciones populares en la Vuelta han puesto sobre la mesa el debate sobre dónde están los límites del deporte ante una injusticia enorme, como es la del actual genocidio. No se trata un debate nuevo. No hay que olvidar 1936; las Olimpiadas oficiales fueron concedidas a Berlín, en la Alemania de Hitler, cuando el régimen nazi ya había mostrado su carácter xenófobo; había dictado las leyes raciales de Nüremberg despreciando todos los principios del olimpismo sobre la igualdad de razas; y había encarcelado a toda la oposición comunista e izquierdista. Entonces se gestó un gran movimiento deportivo mundial para boicotear esa Olimpiada indecente, y organizar unas Olimpiadas alternativas en Barcelona. Que se hubieran celebrado de no haber mediado el golpe militar franquista del 18 de julio, pues iban a inaugurarse el 19 de julio de ese infausto 1936. Muchos judíos antinazis, comunistas, participaron en ese movimiento. Debieran recordarlo ahora y levantar la voz contra su gobierno. Ante injusticias que afectan a los valores supremos de la humanidad, todo el mundo de buena fe debe reaccionar, y volcar en su actividad cotidiana y profesional, donde sea, la solidaridad y la protesta.
Otro ejemplo de cómo, en situaciones extremas de represión e injusticia, el deporte se contamina de política nos lo da Chile en estos días. Para la generación del antifranquismo, septiembre es de Chile, de la solidaridad con aquel país que sufrió en este mes el golpe de Pinochet. Ninguna otra causa nos movilizó igual; con sus canciones, Víctor Jara, Inti-Illimani, Quilapayún, Violeta Parra; con sus poetas, Neruda el principal. Y una noticia deportiva, ésta con final feliz, nos lleva a Chile de nuevo. En otro artículo hablé de la desgracia que corrieron dos ciclistas del equipo nacional de Chile, Luis Guajardo y Sergio Tormen.
En 1987 Peter Tormen ganó la Vuelta a Chile con una bicicleta cuyo cuadro era el de la bici de su hermano Sergio. A él le dedicó la victoria: “A mi hermano Sergio, detenido y desaparecido”. La dictadura seguía en pie
Conté cómo, el 20 de julio de 1974, la terrible DINA se presentó a las 11:30 horas de la mañana en el taller de bicicletas del padre de Sergio Tormen, adonde iban los ciclistas para ajustar sus bicis. Allí detuvieron a Luis Guajardo, ciclista de la selección nacional y dirigente del MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Volvieron a las 13:30 horas y detuvieron a Sergio Tormen, ciclista dos veces campeón nacional, también militante del MIR; a su hermano Peter de 14 años, y a Juan Mayorga, seleccionador nacional de ciclismo de Chile. Peter había acompañado a su hermano al taller para revisar su bici, ya que tenía carrera al día siguiente. Los llevaron a todos al centro de torturas ilegal sito en la calle Londres 38 de Santiago. Dos días después, Juan Mayorga y el pequeño Peter, con los ojos vendados para no reconocer dónde habían estado, fueron puestos en libertad. Sergio Tormen y Luis Guajardo nunca aparecieron.
Conté cómo, años después, Peter también se hizo ciclista y ganó la Vuelta a Chile en 1987. Una victoria inesperada, pues era considerado un gregario. Pero se metió en una escapada en la que no iban las figuras, sacó tiempo, y resistió hasta el final, apoyado por los líderes de su equipo, que lo consideraban un gran compañero. Peter Tormen ganó esa Vuelta a Chile con una bicicleta cuyo cuadro era el de la bici de su hermano Sergio, el de la bici de 1974. No le importó que hubiera otras mejores, por la evolución del ciclismo en más de una década, él prefirió sentirse pedaleando sobre la misma montura que su hermano, porque así sentía su empuje. Cuando, entrevistado en directo por la televisión chilena, le preguntaron que a quién dedicaba ese triunfo, Peter contestó: “A mi hermano Sergio, detenido y desaparecido”. La dictadura, que duró hasta 1990, seguía en pie. Fue un acto muy valiente y arriesgado.
Y hoy debo contar cómo, el velódromo del Estadio Nacional de Santiago de Chile, situado junto al Estadio Nacional de fútbol, sitios ambos que fueron usados como centros de detención y torturas tras el golpe militar, ha sido rebautizado recientemente como “Velódromo Sergio Tormen”.








