Las calles de Minneapolis vuelven a estar atravesadas por el miedo, pero también por una densa red de solidaridad vecinal que crece a la misma velocidad que la tensión. En lo que va de año, dos personas —Renée Nicole Good y Alex Pretti— han muerto en incidentes relacionados con operativos federales, en un contexto de fuerte presencia de agentes desplegados en la ciudad y en la vecina Saint Paul.
Para muchos residentes, lo que está ocurriendo no puede entenderse sin el pasado reciente. El recuerdo del asesinato de George Floyd en 2020 sigue muy presente y actúa como detonante emocional y político. “La gente está aterrorizada”, explica Brian —nombre ficticio—, un vecino implicado en redes comunitarias. “Aquí ya sabemos lo que significa que aumente la presencia policial. Sentimos que se nos está castigando por haber protestado entonces”.
Minnesota, tradicional bastión demócrata, se ha convertido en un objetivo político prioritario para Donald Trump. El presidente ha intensificado sus ataques contra el gobernador Tim Walz, la numerosa comunidad somalí del estado y la congresista Ilhan Omar, a quien ha señalado públicamente en varias ocasiones. Ese discurso ha ido acompañado de una escalada de operaciones federales contra la inmigración irregular, especialmente desde finales del año pasado.
Barrios que se organizan
Ante ese escenario, los vecindarios han tejido estructuras de apoyo mutuo con un nivel de coordinación inusual. No se trata solo de protestas, sino de una red que cubre necesidades básicas y protección legal.
En distintos barrios funcionan patrullas civiles que observan y documentan actuaciones de agentes federales. Los vídeos, explican sus impulsores, pueden servir como prueba en procesos judiciales. También existen equipos de respuesta rápida que se activan cuando se produce una redada, así como grupos de abogados que asesoran a familias afectadas.
Pero la ayuda va mucho más allá de lo legal. Voluntarios acompañan a personas que no se atreven a salir de casa al médico, hacen la compra por ellas o limpian la nieve de las entradas. “El apoyo mutuo también es comida, alquiler y salud”, resume Brian. “Hay médicos que están haciendo visitas domiciliarias, gente que empaqueta alimentos, personas que recogen fondos para ayudar a pagar rentas”.
Varias redes —algunas con nombres propios y otras organizadas de forma más informal— coordinan estas tareas a través de aplicaciones de mensajería cifrada. La estructura es descentralizada y muy local: cada zona tiene sus propios canales y subgrupos especializados, desde notarios que certifican poderes legales hasta profesionales sanitarios.
Uno de los esfuerzos más urgentes tiene que ver con la protección de menores. Padres y docentes se han organizado para vigilar entornos escolares y evitar detenciones en sus inmediaciones. “Muchísimas familias tienen miedo de enviar a sus hijos a clase”, cuenta Jessica Garraway, profesora de Secundaria. “Muchos estudiantes están siguiendo las lecciones a distancia porque sus padres temen que algo pueda pasar en el camino o en la escuela”.
Miedo a infiltraciones
La desconfianza también se ha instalado dentro de los propios movimientos. El temor a infiltrados es constante, y el acceso a los grupos más sensibles requiere procesos de verificación. “Sabemos que en protestas anteriores hubo infiltraciones”, explica Brian. “Ahora se revisa mucho quién entra en ciertos espacios, porque hay miedo a que se use la información contra la gente”.
Los rumores sobre agentes que operan sin distintivos o con ropa civil circulan entre los vecinos, aumentando la sensación de inseguridad. Aun así, quienes participan en estas redes insisten en que la cercanía entre residentes facilita la organización. “Aquí nos conocemos. Coincidimos en bibliotecas, parques, cafés. Eso ayuda a reaccionar rápido”, señala.
El choque político
Lejos de rebajar la tensión, la Casa Blanca ha endurecido el tono. Trump ha responsabilizado a las autoridades demócratas locales de generar “caos” por no colaborar plenamente con las agencias federales de inmigración. En varios mensajes públicos ha exigido a gobernadores y alcaldes que entreguen a personas migrantes con antecedentes para su deportación inmediata y que faciliten las detenciones.
Desde Minneapolis, esa retórica se vive como una amenaza directa. Para muchos residentes, las muertes de Good y Pretti marcan un punto de inflexión, similar —salvando las distancias— al impacto que tuvo el asesinato de Floyd. “Son momentos que despiertan a la gente”, afirma Garraway. “No solo aquí, sino en todo el país. Lo que está pasando muestra hasta dónde puede llegar la respuesta de una comunidad cuando siente que sus vecinos están en peligro”.
Mientras tanto, frente al lugar donde murió Alex Pretti, continúan las vigilias. Entre velas, flores y carteles, músicos tocan y grupos de vecinos conversan en voz baja. La escena mezcla duelo y determinación: una ciudad herida que, una vez más, intenta protegerse desde abajo.







