Armand Mattelart fue mucho más que un académico: su vida y su obra son testimonio de cómo la comunicación puede convertirse en un terreno de lucha política y cultural. Desde Chile hasta París, desde los cómics de Disney hasta el capitalismo de vigilancia, su pensamiento sigue iluminando las batallas por la soberanía cultural y la emancipación de los pueblos.
Mattelart fue un gigante del pensamiento crítico, un intelectual que nos deja un ejemplo de coherencia política e ideológica y una obra inmensa que supo revelar tanto los detalles más ínfimos de la cultura cotidiana como los problemas más complejos de la comunicación internacional. Su mirada, siempre atenta a las relaciones de poder y a las luchas por la emancipación, se sostuvo en una práctica inseparable de la militancia. En ese recorrido, el papel de Michèle Mattelart, compañera y coautora, fue fundamental: juntos construyeron un corpus teórico que desmanteló las ilusiones de neutralidad de los medios y mostró cómo la comunicación es un terreno decisivo de disputa política y cultural.
“La comunicación nunca es neutral: es un campo de batalla donde se juega la emancipación o la dominación”
Su pensamiento se forjó en América Latina, donde su compromiso político fue decisivo. Llegado a Chile en los años sesenta, se integró en los procesos de transformación social que desembocarían en la Unidad Popular de Salvador Allende, participando en debates sobre el papel de la comunicación en la construcción de hegemonía y en la lucha de clases. El golpe de Estado de 1973 lo obligó al exilio, pero reforzó aún más su convicción: la comunicación es inseparable de la lucha contra la dependencia y el imperialismo. Ese compromiso se plasmó también en el terreno audiovisual con el documental La Espiral (1975), codirigido junto a Valeria Sarmiento y Raúl Ruiz, que reconstruye el proceso político de la Unidad Popular y la intervención de Estados Unidos en Chile, mostrando cómo el cine podía convertirse en herramienta de resistencia, memoria y denuncia.
A pesar de la gran repercusión de su obra, Mattelart encontró dificultades para incorporarse a la universidad francesa. Belga de origen y formado en la experiencia latinoamericana, llegaba con un perfil de académico comprometido con la izquierda y con una crítica frontal al imperialismo cultural, lo que despertaba recelos en un sistema académico más institucional y moderado. Finalmente logró integrarse en París VIII (Vincennes–Saint-Denis), desde donde escribió obras que han marcado a generaciones de estudiantes y docentes, consolidando una trayectoria que unió militancia y producción intelectual en el campo de la comunicación. Si las dificultades para ser reconocido en Francia resultan sorprendentes, no lo es menos que tampoco fuera invitado por la UNESCO a participar en los debates sobre el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC), a pesar de que sus planteamientos coincidían con los del Sur global. Otros investigadores críticos como Juan Somavía, Antonio Pasquali o Luis Ramiro Beltrán sí participaron en esas discusiones, lo que hace aún más evidente la paradoja de su exclusión en un espacio donde se debatían las transformaciones que él había anticipado y defendido.
Demostró que los cómics de Disney son dispositivos ideológicos que reproducen relaciones de dominación y colonialismo y que las corporaciones transnacionales son engranajes centrales del imperialismo cultural
“Su ausencia en los debates de la UNESCO revela la incomodidad que generaba un pensamiento demasiado comprometido”
Su obra teórica es vasta y militante. En Pensar sobre los Medios (1987), junto a Michèle Mattelart, planteó que la comunicación no es un proceso técnico ni inocente, sino un campo de disputa política e ideológica. En Comunicación y lucha de clases (2017) insistió en que los medios han servido históricamente como armas de dominación ideológica, aunque también existen prácticas emancipadoras que disputan ese monopolio. En Frentes culturales y movilización de masas (1977) sostuvo que la cultura es un frente estratégico de lucha política, capaz de reproducir hegemonía pero también de abrir posibilidades de resistencia. En Para leer al Pato Donald (1971), escrito junto a Ariel Dorfman, demostró que los cómics de Disney son dispositivos ideológicos que reproducen relaciones de dominación y colonialismo simbólico. Más tarde, en Multinacionales y sistemas de comunicación (1977), denunció que las corporaciones transnacionales son engranajes centrales del imperialismo cultural. Con Historia de la Sociedad de la Información (2002) desnaturalizó el mito tecnocrático de la era digital, mostrando que la “sociedad de la información” es una construcción histórica e ideológica vinculada al capitalismo global. Y en Un mundo vigilado (2009) anticipó el capitalismo de vigilancia, al analizar cómo las tecnologías de control se multiplican en nombre de la seguridad, normalizando la vigilancia en las democracias contemporáneas y convirtiendo los datos personales en recurso económico y en instrumento de dominación.
“Mattelart anticipó el capitalismo de vigilancia: los datos como nueva forma de dominación global”
Como cierre, su libro de conversaciones con Michel Sénécal, Por una mirada-mundo (2014), ofrece una síntesis reflexiva de todo este recorrido: en forma de diálogo, Mattelart reconstruye su itinerario intelectual y vital, desde su compromiso en América Latina hasta su crítica a las industrias culturales y su incorporación del enfoque de los sistemas‑mundo. Allí propone una mirada cosmopolita y geopolítica que entiende la comunicación como un terreno estratégico donde se cruzan las fuerzas del capital, el imperialismo y las resistencias populares. Más que un balance final, este texto funciona como una invitación a continuar la crítica y la reflexión, recordándonos que la obra de Mattelart no se cierra en sí misma, sino que permanece como herramienta viva para quienes hoy defienden la soberanía cultural, la justicia global y la emancipación de los pueblos.







