[La tesis expuesta por el autor acerca del problema de Europa es que el modo de producción capitalista ha llegado ya a un punto en que la composición orgánica del capital es tan elevada que la tasa de ganancia no da ya suficiente estímulo para la inversión productiva. La única respuesta coherente es la que reclaman los hechos mismos: la sustitución sustancial del capital privado por el Estado como agente inversor y la planificación de la acumulación.]
Hace años que una ofensiva anticomunista de intensidad creciente recorre las instituciones y los discursos públicos de Occidente. No se trata de un fenómeno puntual ni de una mera inercia retórica de la Guerra Fría, sino de una ofensiva sostenida, dotada de recursos crecientes y de una agresividad que contrasta de forma flagrante con la narrativa que las clases dominantes han difundido durante las últimas tres décadas.
Así vemos que el Pentágono ha pedido al Congreso de los Estados Unidos 350.000 millones de dólares para “luchar contra el comunismo”. En la Comunidad de Madrid, la presidenta Isabel Díaz Ayuso viene arreciando desde hace años con ataques frontales contra el comunismo. Los líderes de VOX han atacado en numerosas ocasiones al comunismo y a partidos como el Partido Comunista de España, vinculándolos desde el punto de vista ideológico con un supuesto “totalitarismo” (tiene gracia que sean precisamente ellos los que hablen de “totalitarismo”…).
Estos hechos plantean una pregunta que la pereza intelectual del comentario político dominante ni siquiera se plantea: ¿no se suponía que el comunismo había muerto? ¿No llevan ya tres décadas diciéndonos que el hundimiento de la Unión Soviética demostró la superioridad del capitalismo, que la historia había llegado a su final? Si todo eso es cierto, ¿para qué esta movilización de recursos financieros, mediáticos y legislativos contra un cadáver?
La respuesta del poder es tautológica: el comunismo es peligroso, por eso lo combatimos. Pero la tautología no explica nada. Para entender lo que está pasando hay que invertir la pregunta en términos dialécticos: no se trata de por qué se ataca al comunismo, sino qué necesidad tiene el sistema capitalista de atacarlo con tanta saña en este momento histórico concreto. Esta función, como trataremos de mostrar, está íntimamente ligada al estancamiento estructural de la economía europea y a la incapacidad del capital para ofrecer una salida que no pase por el empobrecimiento masivo de las clases trabajadoras. El propio vigor de la ofensiva es un síntoma: es la medida del miedo que la alternativa comunista inspira en una oligarquía que sabe que su modelo está agotado.
El euroestancamiento
Europa ha entrado en una especie de presente perpetuo. Desde hace al menos dos décadas, la línea que dibujan los datos de inversión neta sobre PIB en las economías de la Europa occidental tiende gradualmente a cero. La inversión bruta se mantiene alrededor del 20 o 22 por ciento del PIB, pero la cifra encierra un engaño elemental: incluye la mera reposición del capital depreciado, lo que no amplía la capacidad productiva. Una vez depreciada, la inversión neta ha descendido desde tasas que superaban el 10 por ciento en los años sesenta, hasta cotas que se ubican en torno al 1 o el 2 por ciento, e incluso el cero, en la actualidad. Esta caída no es un episodio cíclico sino un fenómeno tendencial que arrastra la productividad del trabajo. La inversión es el vehículo a través del cual el progreso técnico se incorpora al proceso productivo: no hay innovación que no esté, en última instancia, encarnada en un nuevo bien de equipo o en un nuevo sistema organizativo que requiere desembolso de capital. Por eso la inmovilización de la inversión neta es también la inmovilización de la productividad multifactorial.
Ahora bien, ver la relación entre inversión y productividad es muy fácil. El problema está en que es difícil determinar en qué dirección apunta la flecha causal. ¿Fue la productividad la que se estancó primero, haciendo que se dejara de invertir, o fue que se dejó de invertir, estancando la productividad? Las respuestas ensayadas pueden agruparse en tres tipos de interpretaciones.
La primera, de raigambre neoliberal ortodoxa, sostiene que la inversión ha caído por una caída previa de la productividad. El problema de esta explicación es que es circular: si la productividad depende de la inversión pasada, lo que nos están diciendo es que hoy no se invierte porque ayer se invirtió poco, y ayer se invirtió poco porque anteayer ya era baja la productividad, en una regresión al infinito que no identifica ninguna causa estructural.
La segunda introduce la rentabilidad como intermediario. No es la productividad la que determina directamente la inversión, sino la tasa esperada de ganancia. Esta versión es más pulida, pero tiene la misma limitación: no explica por qué la productividad (y, por tanto, la rentabilidad) se han ido devaluando de forma tendencial precisamente en el momento de mayor desarrollo tecnológico de la historia.
La tercera interpretación, que es la única que se plantea a la altura del problema, es que la inversión se ha contraído porque la rentabilidad está sometida a una presión estructural que proviene del incremento incesante de lo que Marx denominó la composición orgánica del capital.
La composición orgánica del capital y la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia
Dentro del capital total Marx distingue dos partes con funciones absolutamente distintas. El capital constante (c) es la parte invertida en los medios de producción —edificios, maquinaria, materias primas—; es trabajo muerto. El capital variable (v) es la parte empleada en la compra de fuerza de trabajo, la única mercancía capaz de crear valor nuevo. La tasa de ganancia (g´) es la relación de la plusvalía (p) al capital total anticipado (c+v). La composición orgánica del capital es la relación c/v, la proporción entre trabajo muerto y trabajo vivo.
La competencia hace que el desarrollo capitalista tienda a elevar sin cesar esta composición orgánica. Todo capitalista introduce innovaciones que ahorran trabajo, pero esas innovaciones necesitan gastos cada vez mayores de capital constante en relación con la fuerza de trabajo empleada. La productividad sube, pero la base sobre la que hay que repartir la plusvalía se ensancha aún más rápidamente.
Éste es el meollo de la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia, que Marx expuso en el Libro III de El Capital. No se trata de una fatalidad mecánica, pues entran en juego causas de dirección opuesta (la rebaja del precio del capital constante, el aumento de la tasa de ganancia, la expansión del comercio exterior), pero estas tendencias opuestas detienen momentáneamente la tendencia, sin destruirla. Entre las contratendencias con las que el capital trata de sostener su rentabilidad no sólo está el aumento de la explotación directa del trabajo asalariado, sino también el abaratamiento del coste social de reproducción de esta fuerza de trabajo. Así, el capital intensifica la apropiación del trabajo reproductivo no remunerado, mayoritariamente feminizado, que sostiene la vida y que ha sido sistemáticamente invisibilizado.
Europa está experimentando la manifestación contemporánea de esta ley. Las últimas décadas de desarrollo tecnológico han elevado a pasos agigantados la composición orgánica del capital. Las inversiones requeridas para una planta robotizada o una red de telecomunicaciones son gigantescas si se las compara con la cantidad de empleo vivo que generan. La productividad física sube, pero la rentabilidad del capital total tiende a bajar, y con ella el incentivo para invertir. Los mismos estudios del FMI han calculado que alrededor del 40 por ciento de la caída de la inversión en Europa se debe a lo que ellos llaman “rendimientos decrecientes del capital”, lo cual traducido a la terminología adecuada es el efecto del incremento de la composición orgánica.
Hay que añadir que esta parálisis inversora no es la única manifestación de agotamiento del modelo. Desde la perspectiva de la fractura metabólica, es también la cara B de un sistema que ha externalizado ferozmente los costes de reproducción de la naturaleza, saqueando recursos finitos y saturando sumideros planetarios para mantener artificialmente una tasa de ganancia que ya no podía sostenerse sobre bases productivas genuinas.
Ahora bien, si la inversión privada se retrae porque la tasa de ganancia no alcanza el umbral exigido por los poseedores de capital, y si este déficit responde a una tendencia estructural, la única vía racional para restablecer un nivel de inversión socialmente suficiente es que el Estado tome el relevo del capital en retirada. Esta conclusión choca con un dogma neoliberal fuertemente arraigado: “los inversores huyen de las empresas con participación pública”. Conviene someterlo a examen. En efecto, los mercados financieros castigan a las empresas con participación pública. No obstante, la falacia está en identificar de forma subrepticia dos conceptos distintos: la eficiencia desde la perspectiva del inversor (la capacidad de generar beneficios que puedan ser apropiados privadamente) y la eficiencia desde la perspectiva del interés general (la capacidad de producir bienes y servicios de calidad al menor coste social). Una empresa privada que está en situación de monopolio puede ser muy rentable para los accionistas y un desastre desde el punto de vista social, como han demostrado los ferrocarriles británicos después de su privatización. La empresa pública, una cooperativa o cualquier forma de propiedad social pueden perseguir objetivos (estabilidad del empleo, universalidad del servicio, inversión en investigación de largo plazo) que no son capturados por la tasa de ganancia. Juzgar su eficiencia sólo por el desempeño bursátil es adoptar de forma acrítica el punto de vista del rentista.
La salida comunista y el pánico de la oligarquía
Si uno quiere un banco de pruebas donde la historia haya ensayado a gran escala la capacidad de la inversión pública planificada para romper la barrera de la rentabilidad privada, el caso de la Unión Soviética se impone con fuerza incontrovertible. La propaganda occidental nos ha impuesto la versión simplista del “fracaso del comunismo”, pero los datos existen y son tozudos.
La historia económica soviética se puede dividir en cuatro etapas. En la rápida industrialización entre 1928 y 1970, bajo el régimen de Stalin y sus sucesores, dominó la planificación centralizada y se apostó como nunca antes por la inversión en industria pesada, energía e infraestructuras. Según Maddison el PIB per cápita soviético creció entre 1928 y 1970 a una tasa media anual del 4,1 por ciento, solo superada por el Japón. La renta por habitante se elevó de ser entre un 30 y un 40 por ciento de la de Europa Occidental a ser alrededor del 65 por ciento. Una convergencia sin igual en la historia del capitalismo periférico. La clave fue una política deliberada de acumulación forzosa: el Estado soviético podía destinar una proporción enorme del producto social a la acumulación de capital constante sin esperar a que la tasa de ganancia indicase oportunidades. Políticamente fijó el índice de acumulación socialmente necesario y lo llevó a la práctica mediante el plan.
Lo que realmente provocó el colapso no fue el socialismo planificado, sino el hecho de desmantelarlo. A partir de 1985, la perestroika introdujo elementos de mercado en un sistema que no estaba diseñado para ello, destruyendo los mecanismos de coordinación sin construir otros que los sustituyeran. Hasta mediados de los ochenta el PIB había crecido positivamente, pero luego se desplomó. La catástrofe que la propaganda culpa al comunismo fue en realidad el resultado directo de políticas que liquidaron la planificación socialista sin otra perspectiva que una huida hacia el mercado.
Volviendo al estancamiento europeo, este es la manifestación de una ley inmanente al modo de producción capitalista y las distintas variantes de la política burguesa comparten una misma incapacidad de fondo: ninguna puede suprimir la causa del problema sin suprimir, al mismo tiempo, la relación social que lo genera. Sólo el comunismo ofrece una salida real, porque es la única tradición política que se atreve a nombrar la causa en vez de limitarse a describir los síntomas. Donde la burguesía ve un problema técnico, el marxismo-leninismo descubre una contradicción histórica: las fuerzas productivas se han desarrollado hasta chocar con las relaciones de producción capitalistas.
Y precisamente porque la solución comunista es real, es también la más peligrosa para la oligarquía. De ahí su pavor ante nosotros. Las otras opciones políticas son tolerables porque, en última instancia, no ponen en duda la base del poder de clase. Pero el comunismo suprime esa lógica, proponiendo una sociedad donde la inversión dependa de las necesidades decididas democráticamente por la mayoría trabajadora. Esa propuesta explica la ferocidad de la reacción anticomunista, la construcción de un imaginario del terror y la equiparación sistemática del comunismo con un “totalitarismo”.
Hay que decir que esa oligarquía no sólo teme por sus beneficios. La Teoría Unitaria ha demostrado que capitalismo y patriarcado son dimensiones coconstitutivas de una misma totalidad antagónica, donde la división sexual del trabajo no es un residuo precapitalista sino un mecanismo interno de la acumulación. El pánico de la oligarquía es también el de quien intuye que la alternativa comunista amenaza con desmontar todo el entramado de opresiones sobre el que históricamente se ha sostenido esta acumulación.
Todo esto explica fenómenos como los 350.000 millones del Pentágono o el redoblado acoso retórico contra los comunistas. Si el comunismo estuviera realmente muerto, bastaría con ignorarlo. No se destinan sumas astronómicas ni se movilizan aparatos mediáticos para combatir lo que no representa una amenaza. La virulencia del ataque es directamente proporcional a la fuerza de la alternativa.
En septiembre de 2024, Mario Draghi presentó el Informe sobre el futuro de la competitividad europea. Su diagnóstico es demoledor: Europa debe conseguir 800.000 millones de euros al año para evitar que se produzca un declive del que ya no podrá recuperarse. En cierto sentido, el propio Draghi formula un diagnóstico que apunta en la propiedad pública de los sectores estratégicos y en una planificación que desplace al mercado. Confirma, desde coordenadas muy distintas, la existencia de un problema estructural de acumulación. Lo importante no son sus recetas —que, fiel a su origen de clase, busca dentro de los márgenes del sistema— sino el reconocimiento explícito del fracaso: la inversión privada no da para más. Lo que Draghi no puede admitir es que esa intervención estatal, para ser eficaz, ha de desembocar en la propiedad pública de los sectores estratégicos y en una planificación que desplace al mercado ya que el estancamiento de la inversión en Europa es la expresión de una ley económica que funciona con la fuerza de una necesidad natural: la caída tendencial de la tasa de ganancia por el aumento de la composición orgánica del capital. Si el diagnóstico es estructural también la terapia tiene que serlo. No se trata de hacer parches sino de transitar a un modelo distinto que pase por la recuperación de la inversión pública empresarial y la planificación de los sectores estratégicos, siguiendo el exitoso ejemplo del socialismo chino.
El muerto vivo
El problema de Europa es que el modo de producción capitalista ha llegado ya a un punto en que la composición orgánica del capital es tan elevada que la tasa de ganancia no da ya suficiente estímulo para la inversión productiva. La única respuesta coherente es la que reclaman los hechos mismos: la sustitución sustancial del capital privado por el Estado como agente inversor y la planificación de la acumulación
Porque, hoy como ayer, un fantasma recorre Europa: el fantasma de un comunismo que es una alternativa real que crece a medida que el capitalismo europeo se hunde en su propio estancamiento. De ahí el pánico anticomunista de la oligarquía. La historia ha vuelto a plantear la cuestión que la burguesía pensaba haber terminado en 1991: capitalismo o comunismo. Y esta vez, la respuesta no la darán los tanques, sino la capacidad de esa clase obrera fragmentada pero objetivamente mayoritaria para dotarse de la organización y la conciencia necesarias para actuar en consecuencia. En el fondo, la crisis del modelo europeo es la crisis de una civilización entera que ya no puede prometer lo que prometió durante dos siglos. Pero toda crisis es también una oportunidad.
Al final resultó que el comunismo no estaba muerto, estaba de parranda.







