El anuncio de la donación de una importante planta de energía solar por parte de China, cuya construcción en Cienfuegos ya se concreta, acarició las caras de los cubanos como las brisas frescas y suaves de su hermoso litoral, porque con ello se abre la esperanza de lo que hace años es el más importante y común sueño de la gente desde la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio: la reelectrificación del archipiélago.
Por primera vez en los 67 años de revolución, el gobierno pudo proclamar lo que siempre previó el Comandante en Jefe Fidel Castro y nunca tuvo condiciones para hacerlo: cambiar la matriz energética de la nación a fin de liberarla, al menos parcialmente, del yugo del petróleo, una materia prima que no hemos tenido la suerte de encontrar en las entrañas de nuestra geografía en las cantidades y calidades necesarias para garantizar una estabilidad y alta calidad en el sector.
Las potencialidades cubanas para la generación de electricidad por medios naturales como el sol, el mar y el aire, la colocan entre las naciones crisol, es decir, las de mayores posibilidades de iluminación y más barata obtención de energía, amigable con el medio ambiente.
Lo bueno es que el país está dando pasos muy firmes en su proyecto de reelectrificación basado en fuentes renovables, y se está metiendo de lleno en la imparable tendencia de generar energía limpia, al extremo de que las fuentes que la nutren están dejando de ser llamadas alternativas porque se están convirtiendo en principales.
El petróleo será desplazado en un lapso históricamente breve en la mayoría de los países, excepto en aquellos -como Estados Unidos que tienen mancornado su sistema de vida y de producción a los combustibles fósiles- donde la reconversión industrial y vehicular será mucho más onerosa y lenta.
Comparativamente, dado el deterioro de su sistema nacional eléctrico el cual hay que rehacerlo, Cuba puede gozar de un tránsito de su vieja matriz a la nueva menos costoso, más eficiente y más acelerado que el de EEUU, en términos relativos. La noticia importante es que ya emprendió ese camino con la ayuda de China, esfuerzos propios y apoyo de otros amigos, porque se trata de un asunto multisectorial no limitado a crear y entregar electricidad, sino de mover un parque industrial al cual hay que someter a una rehabilitación capital.
No está demás, en las circunstancias económicas y políticas de Cuba, recordar pasajes de la historia universal que nos pueden ayudar mucho en la orientación que está tomando el país en su dialéctica del movimiento.
En febrero de 1920, en medio de una situación caótica que aprovechaban los enemigos de la revolución para hacerla fracasar, Vladimir Ilich Lenin creó la Comisión Especial del Estado para la Electrificación de Rusia, bajo el concepto estratégico de que “el comunismo es el poder de los soviets más la electrificación del país”, y logró su meta en menos de 10 años.
Lo significativo a resaltar es que ese plan no solamente sacó al gigantesco país de la penumbra, sino que salvó a la revolución bolchevique.
Fue a partir de la electrificación que aquella Rusia con apenas tres años de revolución y en medio de los efectos devastadores de la primera guerra mundial, empezó a convertirse en una potencia mundial.
Parodiando a Lenin, y salvando las distancias, para Cuba el socialismo que queremos es también el “poder del pueblo más la electricidad”, y esta última tiene que ser la que generen las fuentes renovables. No hay otro modo posible, incluso encontrando petróleo en más abundancia.
Aunque el conocimiento de los diversos tipos de fuentes no fósiles es de vieja data, su desarrollo es relativamente nuevo y ha estado impulsado básicamente por el convencimiento de que el petróleo es un recurso agotable que pone muy nerviosas a potencias como las de Estados Unidos y Europa, cuyas reservas se agotan demasiado rápido, o no las tienen, y dependen del crudo que acarrean del exterior.
No hay dudas de que los hidrocarburos se convirtieron desde hace mucho tiempo, en factores de grandes guerras, abusos y genocidio, y mientras más crezca la necesidad de poseerlo por imperio de su sistema social, más violencia habrá.
El país más necesitado de petróleo en el mundo es Estados Unidos porque es su base energética y todo su sistema de producción y servicios está comprometido con ese combustible. Sin los caudales cada vez más escasos y difíciles de extraer de sus rocas bituminosas, ni del que roba en el extranjero, la gran nación más derrochadora y alumbrada del mundo se quedaría a oscuras y paralizada. La posibilidad de una guerra interna entre estados siempre estaría en los análisis pues, de desatarse, descuartizaría a la unión, la balcanizaría y marcaría el fin del imperialismo yanqui.
Esta es una perspectiva real porque el ritmo de agotamiento de un recurso no renovable exageradamente explotado y despilfarrado, es más rápido que el de la transformación de la matriz energética, la cual no es lo más destacado en Estados Unidos. Antes de Irak ya sus empresas estaban perdiendo el control del mercado mundial del petróleo, y el robo de su crudo a Bagdad no mejoró las perspectivas. Ello explica la guerra desatada por los Bush, una familia muy ligada al sector petrolero y con intereses en la Hallyburton, la principal beneficiada con el hidrocarburo iraquí y sirio.
Es lo mismo que sucede con Venezuela e Irán, y la necesidad de convertir a Israel en el imperialismo de Asia Central para garantizarle a Washington no solamente el crudo de esa zona, sino su transporte, comercialización y refinación, con lo cual se fortalecería su geoestrategia frente a China, Rusia y su hipotética aliada Europa Occidental, de cara al cambio de época que ya es más visible que nunca.
La nueva expansión territorial que busca Washington en América, cuyo objetivo declarado es controlar todo el hemisferio occidental desde Groenlandia hasta el Cabo de Hornos, responde también a las perspectivas de que ha perdido mucho tiempo para la renovación de su matriz petrolera por una tecnología energética de no uso de combustibles fósiles.
Si la Casa Blanca y el Pentágono no garantizan un suministro enorme de crudo libre de peligros incluso militares, y si este se interrumpe o se hace insuficiente, su economía explota, y la sociedad no va a resistir porque no aguantaría ni apagones ni bajo rendimiento de su aparato productivo, o disminución de importaciones que afecte su nivel de bienestar.
Los multimillonarios que hacen posible la permanencia de Trump en el gobierno, saben que ese es un punto muy vulnerable para ellos por la falta de capacidad de resiliencia del estadounidense.
En el caso de Cuba, a otra escala y por motivos hartamente conocidos y muy diferentes a los de Estados Unidos, la necesidad del cambio de matriz energética es mucho más urgente que para EEUU, porque carece de petróleo y su compra es una odisea incierta. Tal premura podría clasificarse de Triple A, o en un lenguaje apocalíptico, de vida o muerte, por algo muy simple y constatable:
1) La tecnología termoeléctrica a partir de combustibles fósiles es obsolescente y llegará un momento en que sus parámetros de contaminación —aunque las nuevas fábricas produzcan emisiones mínimas— sean inaceptables para los organismos ambientalistas internacionales.
2) Un gasto demasiado oneroso para una economía insuficiente, no solamente por los precios del barril —que, por lógica, siempre se mantendrán altos, o porque nunca descubramos yacimientos abundantes y rentables—, sino sobre todo por el alto costo de la refinación y producción de combustibles refinados, el mantenimiento de la tecnología y el transporte, y el peligro latente de cortes en el suministro de crudo.
Baste tomar en cuenta las cifras dadas recientemente por el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, de que hacen falta “ocho barcos de todos los combustibles: gasolina, diésel, gas licuado, crudo, porque nos hace falta crudo. Ocho barcos mensuales para la economía y la generación”. Al final son cinco millones de toneladas de combustible que se necesitan por encima de la producción nacional de 2,2 millones de toneladas de un potencial de 4,1.
Más que esos dos simples ejemplos, el motivo real del cambio de matriz en Cuba, es la necesidad de salirse del esquema de las energías convencionales si quiere garantizar a corto y mediano plazo estabilidad, abundancia y servicio eléctrico de alta calidad, sin apagones ni caídas del voltaje que afecten a la industria.
Es decir, las nuevas inversiones no deberían privilegiar al viejo sistema generador, sino al de las fuentes renovables, las llamadas FNCER o también EERR, como la solar, eólica, biomasa, marítima, geotermia y el hidrógeno verde.
Hace solo unos días, China hizo un importante aporte al sueño cubano de convertir al archipiélago en la nación más alumbrada del mundo, al donar una gran planta solar que ya se instala en Cienfuegos.
Esa cooperación estimula la transformación de la matriz energética ya en proceso de transición, en el cual los plazos son acuciantes porque se realiza en condiciones irregulares y bajo amenazas de agresión de la Casa Blanca.
Más allá del alivio inmediato y la muestra de solidaridad que tanto agradece la población cubana, lo más trascendente es que la iniciativa china representa un avance estratégico en la modernización de la infraestructura eléctrica cubana bajo criterios de sostenibilidad. (Continuará)
Fuente: almaplus.tv/







