Paco Rabal: el actor que llevó la dignidad obrera al cine español

Más allá del talento interpretativo, Rabal entendía que el cine, como la vida, es una forma de tomar partido.
Paco Rabal con la actriz Monica Vitti, en la película El Eclipse (1961) dirigida por Michel Angello Antonioni | Álbum familia Rabal Balaguer
Paco Rabal con la actriz Monica Vitti, en la película El Eclipse (1961) dirigida por Michel Angello Antonioni | Álbum familia Rabal Balaguer

Últimamente se ha vuelto bastante habitual escuchar a algunos intérpretes explicar que los premios Goya “no son lugar para hablar de política”. Que el cine debería mantenerse al margen de guerras, conflictos o debates incómodos. Que los artistas no están para “dividir”. Es una postura respetable, desde luego.

También lo sería pensar que Chaplin hacía slapstick únicamente para vender entradas y que Tiempos modernos no tenía absolutamente nada que decir sobre el capitalismo industrial.

En medio de ese debate conviene recordar a Paco Rabal.

Hace años dejó una frase que resume una forma muy distinta de entender el oficio: “Si un artista no está del lado de los débiles, ¿para qué sirve el arte?”.

Uno imagina a Rabal escuchando hoy esa prudencia contemporánea sobre que los actores deberían mantenerse al margen de la política en los Goya. Probablemente soltaría una de sus carcajadas murcianas —de esas que llenaban una habitación— antes de repetir lo que ya había dicho muchas veces.

Que el arte, si no sirve para ponerse del lado de los débiles, sirve para bastante poco. No era una pose. Era una manera de entender la vida.

Porque Rabal pertenecía a una generación de actores que veían el cine como algo más que una industria cultural. Para ellos también era un lugar desde el que mirar el mundo… y, si hacía falta, tomar partido.

Un actor profundamente político

Hay actores que interpretan personajes. Y hay otros que parecen haber nacido para representar a una clase social entera. Paco Rabal pertenecía claramente a los segundos.

Con su voz grave, su risa expansiva y ese rostro marcado por la vida —más cercano al jornalero que al galán— fue uno de los actores que mejor encarnó en el cine español la dignidad de la gente humilde.

En su caso, además, esa identificación no era sólo interpretativa. Era también política.

Rabal nunca ocultó su compromiso con la izquierda, ni siquiera en tiempos en los que hacerlo podía tener consecuencias profesionales. Durante años formó parte de ese amplio ecosistema cultural que orbitaba alrededor del PCE: cineastas, escritores, actores e intelectuales que desde la cultura mantuvieron una oposición constante al franquismo.

Participó en actos políticos, defendió la legalización del partido durante la transición y nunca renegó de esas posiciones.

En una industria donde muchos optaban por la neutralidad —esa posición tan cómoda que consiste en no molestar nunca al poder— él prefirió algo más incómodo: decir claramente de qué lado estaba.

Cuando cumplió 65 años, en una entrevista recordó algo que decía mucho de su carácter. A esa edad —cuando otros prefieren volverse prudentes— afirmó con bastante naturalidad: “Soy comunista… aunque ahora parece que quieran pegarnos.” Había ironía en la frase. Pero también una cierta lucidez histórica.

Un actor que conocía el mundo que interpretaba

Muchos de los personajes que interpretó pertenecían a esa España olvidada por el poder: campesinos explotados, trabajadores pobres, hombres aplastados por jerarquías sociales que parecían eternas. No era casualidad que esos papeles encontraran en él una verdad difícil de imitar; Rabal conocía ese mundo desde dentro.

Nació en 1926 en Águilas, Murcia, en una familia humilde que terminó emigrando a Madrid durante la posguerra. Antes de convertirse en actor trabajó como electricista en los estudios cinematográficos CEA.

Llegó al cine desde el oficio. No desde el privilegio. Quizá por eso en pantalla nunca parecía estar “interpretando” a la clase trabajadora. Más bien daba la impresión de que pertenecía a ese mundo de forma natural.

No tenía la elegancia académica del actor de escuela. Tenía algo más difícil de fabricar: verdad.

Las películas esenciales de Paco Rabal

Su filmografía supera las doscientas películas. No todas, claro, tienen el mismo peso. Pero hay algunas interpretaciones que permiten entender por qué Rabal ocupa un lugar tan singular en la historia del cine español.

Nazarín (1959, Luis Buñuel)

Uno de los papeles más complejos de su carrera.

Buñuel filma la historia con una puesta en escena austera, casi seca. Planos largos, pocos subrayados musicales y una sensación constante de incomodidad moral.

Rabal interpreta a un sacerdote que decide vivir el cristianismo de forma literal: pobreza, caridad, renuncia al poder.

La interpretación es sorprendentemente contenida. Apenas hay gestos grandilocuentes. Todo se juega en pequeños movimientos, miradas, silencios.

En manos de otro actor el personaje podría haber resultado solemne. Con Rabal se convierte en algo más inquietante: un hombre que cree de verdad en lo que dice.

Y eso, como sabía Buñuel, suele ser profundamente perturbador.

Viridiana (1961, Luis Buñuel)

Otra obra mayor del cine europeo.

Aquí Rabal interpreta a Don Jaime, un terrateniente obsesionado con su sobrina novicia. Buñuel utiliza el personaje para desmontar, con una mezcla de ironía y crueldad, la moral católica oficial del franquismo.

La puesta en escena es precisa, casi geométrica.

Rabal construye un personaje lleno de contradicciones: poderoso y vulnerable al mismo tiempo, autoritario pero atravesado por una culpa que nunca termina de desaparecer.

Hay muy poco exceso interpretativo. Todo ocurre en los silencios.

Los santos inocentes (1984, Mario Camus)

Si existe una interpretación que permanece grabada en la memoria colectiva del cine español es probablemente esta.

Rabal interpreta a Azarías, un campesino explotado por los terratenientes en la España rural. Su célebre “¡Milana bonita!” forma ya parte del imaginario cultural del país. Pero el personaje es mucho más que esa frase.

La película, rodada con una fotografía muy naturalista que aprovecha la dureza del paisaje extremeño, construye un retrato brutal del sistema de dominación rural.

Azarías no es simplemente un personaje trágico. Es, de alguna forma, un símbolo de todos los olvidados del sistema.

Por este papel Rabal ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes, compartido con Alfredo Landa. Una de las interpretaciones más poderosas del cine europeo de los años ochenta.

El crimen de Cuenca (1980, Pilar Miró)

Una de las películas más incómodas de la transición española.

Pilar Miró reconstruye un caso real de torturas policiales con una estética áspera, casi documental. La película fue secuestrada judicialmente durante meses y su directora llegó a ser procesada.

Rabal interpreta al teniente de la Guardia Civil responsable del interrogatorio. Su actuación resulta inquietante precisamente por lo poco que subraya la violencia. El personaje no parece un monstruo. Parece un funcionario. Y ahí reside buena parte de la fuerza de la película.

Goya en Burdeos (1999, Carlos Saura)

Uno de los últimos papeles de su carrera.

Saura construye la película como un viaje por la memoria del pintor: imágenes pictóricas, recreación histórica, escenas que dialogan directamente con la obra de Goya.

Rabal interpreta al artista ya anciano, exiliado en Francia.

Hay algo crepuscular en su actuación. Un cuerpo cansado, una voz grave, una mirada que parece arrastrar décadas de historia.

No era solo Goya quien recordaba su vida. Era también un actor que llevaba medio siglo observando la historia de su país.

Un actor que entendía el cine como una forma de tomar partido

Paco Rabal murió en 2001, cuando regresaba de recibir un premio en el Festival de Montreal.

Hasta el final mantuvo la misma mezcla de cercanía, ironía y combatividad que había marcado toda su vida pública.

Nunca ocultó su simpatía por el Partido Comunista de España ni su identificación con las luchas sociales de su tiempo. Y cuando a comienzos de los años noventa medio mundo proclamaba el funeral definitivo del comunismo tras la caída del bloque soviético, Rabal respondió con una frase muy suya: “El comunismo no ha caído. Acaba de empezar”.

Quizá por eso su figura sigue despertando tanto respeto. Porque más allá de su talento interpretativo —que fue enorme— Paco Rabal representó algo cada vez más raro en el mundo cultural: un artista que entendía que el cine, como la vida, también es una forma de tomar partido.

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