Una reflexión sobre las nuevas medidas del Gobierno cubano

Las nuevas medidas económicas de Cuba reavivan el debate sobre el socialismo, el bloqueo de EE.UU. y la necesidad de transformar el modelo económico.
Medidas gobierno de Cuba

Las medidas económicas adoptadas por el Gobierno de Cuba concentradas en 23 ejes estratégicos y 176 transformaciones a ser aplicadas en lo que resta de año como base de sus tradicionales planes quinquenales, han desatado una interesante polémica nacional por ciertas inquietudes que despiertan respecto al modelo socialista de la Revolución.

Era una situación esperada, como también el oportunismo de los adversarios para criticarlos y formar una matriz de opinión falsa de que el país renuncia a sus ideales socialistas. O sea, que regresa a la sociedad capitalista en la cual lo más ostensible es la división de la sociedad en clases, según el caudal financiero de las familias o del individuo.

Las circunstancias en las que se adoptan las medidas, y el hecho de la unanimidad en los poderes del Estado, incluida la Asamblea Nacional, en el Partido, y en el debate popular que las precedieron, son un indicativo elocuente de que se trata de un imperativo por la salvación nacional.

Ciertamente, en ellas están presentes un sinnúmero de riesgos ineludibles propios de la profundidad y del radicalismo de muchos de los 23 ejes estratégicos que son los rectores del cambio y de los cuales emanan las 176 transformaciones.

El cubano común los observa con una mezcla de esperanza y de temor porque atañen a los conceptos socialistas por los que surgió la Revolución y en cuya construcción el país lleva 67 años sin poder lograr lo que hubiera podido hacer si no hubiese existido la guerra económica de Estados Unidos contra la isla, cuya expresión mayor es un bloqueo económico, comercial y financiero que ya lleva ejecutándose 65 años.

Entre los ejes de mayor debate y generadores de temor, figuran el fin de los monopolios estatales en el comercio exterior y la producción que la gente veía como una garantía de prevalencia de sus necesidades personales sobre las sociales o económicas.

Temen a una mayor desigualdad social ya manifiesta entre los empresarios privados dueños de Mipymes e incluso de cadenas de estas, que rompieron el esquema romántico de la Revolución de una igualdad social absoluta que prevaleció hasta 1990 en Cuba por circunstancias muy específicas, y sin mucha conciencia de que fue el único país en el mundo y en la historia de la humanidad, que logró tal nivel de igualitarismo.

El dinero no tenía mucha importancia porque cada familia tenía garantizada la vivienda y la alimentación, la salud, el estudio, el deporte y el transporte.

Ninguna economía del mundo puede soportar algo semejante, y Cuba lo logró hacer durante 30 años, lo que sugiere que, en condiciones de desarrollo económico óptimo, es posible crear una sociedad así. Por extensión, comprender que un mundo mejor es posible.

Pero esa “bonanza”, en lugar de beneficiar, perjudicó en el sentido de un relajamiento de las metas de desarrollo en sectores estratégicos como el energético, porque el país tenía asegurado el suministro estable y abundante a precios resbalantes o por intercambio de bienes, del crudo soviético. La caía de la URSS y del campo socialista cambió por completo el panorama.

Cuba se transformó de la noche a la mañana y, de pronto, todo su entramado socialista perdió el sustento material y quedó en pie porque el ideológico se mantuvo como sus columnas principales.

Ya Fidel Castro lo había previsto, y tan temprano como en 1986 hizo la primera reforma con la cual se renunciaba a aquel sueño romántico de igualitarismo y del Estado como único responsable del bienestar social de la sociedad. La utopía fue tomando otras formas más realistas.

En 1991 ya no hubo más posibilidad que declarar una especie de pausa en la construcción del socialismo, y al Comandante en Jefe, estremecido de dolor, no le quedó otra alternativa que transmitirle al pueblo la necesidad de hacerlo, y hacer cambios para salvar las conquistas del socialismo.

Desde entonces los cubanos llevan 35 años haciendo cambios constantes y trazando estrategias para lograr salvar esas conquistas, con un viento en contra descomunal, porque el imperialismo arreció su bloqueo.

Estados Unidos estaba convencido de que, con el doble bloqueo que sufrió Cuba al quedarse sin el 85 por ciento de su comercio exterior y el 75 por ciento de sus importaciones, le sería imposible sobrevivir. Pero sobrevivió, y demostró que el Estado socialista no era fallido, sino efectivo y pujante.

Los cubanos eran los últimos mohicanos del socialismo tradicional o escolástico, aunque en realidad su programa socioeconómico lo hacía único, en particular por su desbordante humanismo y el interés en convertirse en el hombre nuevo con el cual soñaba el Che y ese pueblo caribeño fue el modelo tomado para su teoría.

Ese era el principal temor del imperialismo yanqui, y su bloqueo no era tanto por interés económico como ideológico, de allí la constancia y la brutalidad empleada.

Donald Trump repotencializó ese objetivo ideológico al máximo por dos motivos para él fundamentales: el primero, aniquilar de la forma más denigrante, perversa y maliciosa ese ejemplo de sociedad del futuro basada en el humanismo que representa la Revolución.

Segundo, su afán de que lo perciban como el todopoderoso del universo, incluso aunque no lo vean como el Dios Santo que él pretende, sino como el Satán que es, pero que prevalezca la visión del miedo, la filosofía que aplica por su ego enfermizo y despiadado.

Llevó el bloqueo a sus extremos y a tal punto que —como hasta ahora ha fracasado gracias a la heroica resistencia del pueblo y a los mártires que han muerto de enfermedades curables, falta de salud por la mala alimentación, el estrés y la angustia— está dispuesto a recurrir a la fuerza militar para hundir a la isla en el Mar de las Antillas.

El presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha hecho lo que seguramente habría de hacer Fidel Castro: salvar las conquistas de la Revolución.

Es probable que el Comandante en Jefe, con su ingenio único, hubiera ideado caminos más alternativos, no iguales, pero eso es pura especulación. Los tiempos han cambiado, el bloqueo también, al igual que el mundo y los paradigmas de solidaridad, al extremo de que ni las potencias amigas han logrado llevar petróleo a la isla, algo incomprensible, por temor a las represalias de Trump. Por tanto, no es correcto hacer comparaciones.

Esa misma situación, es decir, que no llegue a la isla petróleo de nadie, y esté trabajando con el suyo que es más bitumen que crudo por su alto grado de azufre y bajisimo API que lo hacía casi irrefinable hasta hace solo unas cuantas semanas, es un indicativo de la gravedad de la situación.

También una confirmación de que, si no se toman medidas drásticas, aunque no les guste a todos, salvar esas conquistas equivaldrían a un holocausto, porque el mambisado del siglo XXI no va a dejar entrar a La Habana a los yanquis como hicieron con la mentirosa guerra hispano-americana. Tendrían que dejarla en ruinas, peor que La Guaira con los terremotos, y aún así no podrían conquistarla.

¿Hay temores con los cambios? Pues, ¡claro que sí! El hombre es el único ser vivo sobre el planeta con ambiciones, virtudes y defectos. La corrupción no es exclusiva de un país, es una serpiente de siete cabezas que Cuba tendrá que matar todos los días.

No hay otro ser en la Tierra que traicione porque tienen solamente instintos, no pensamiento. El humano está dotado de ambos y siempre están en lucha. Baste que el instinto se imponga para que afecte al sentimiento.

Es lo que está explotando hoy el adversario rampante o el que oculta su mendacidad con velos solapados, y ataca por igual las transformaciones sin evaluar los antecedentes. Es, por poner un solo ejemplo, lo que hacen los seudorevolucionarios autodenominados Comunistas Cuba, que han iniciado una campaña grosera y torpe como si fuese desde la izquierda, que alinea su pensamiento revisionista con los objetivos principales de Trump de soliviantar al pueblo cubano para que salga a las calles a protestar contra el proyecto y crear una suerte de primavera de Praga para cambiar al Gobierno cubano.

Aunque se esconden tras falsas posiciones de denuncia del bloqueo, al abogar por un cambio de régimen se desnudan y dejan expuestas sus verdaderas entrañas reaccionarias y el real propósito de estimular la rendición de los cubanos, crear el caso, provocar violencia y propiciar una intervención militar que restablezca el estatus neocolonial de Estados Unidos sobre la isla, perdido el 1 de enero de 1959 con el triunfo de la Revolución de Fidel y Raúl.

A quienes persiguen esos objetivos mezquinos expuestos por esa entelequia Comunistas Cuba, que aseguran —o creen, o desean— que los cubanos han abandonado el socialismo con los 23 ejes y las 176 transformaciones, les digo una cosa:

Cuba no solamente ha sido víctima del bloqueo yanqui que la aísla. Lo ha sido también de la distopía que ha genera el cambio de época, de los paradigmas corrompidos y falsos, de su propio orgullo de mantener la utopía fidelista, guevarista y martiana en la que el ser humano es el centro de un paraíso que se construyó únicamente en Cuba y que generó tanto odio en los centros de poder imperiales. No fue, ni es, un Estado fallido, sino todo lo contrario, y por eso la ferocidad de Trump.

Como aún existe, es más odiada todavía, y quienes critican y hacen campaña contra los cambios, lo hacen desde la acera estadounidense, no de la cubana. Pero también les digo otra cosa:

No hay claudicaciones. Quienes han estudiado los clásicos del marxismo saben que las épocas económicas no se distinguen por lo que producen, sino cómo lo producen. Mientras los medios fundamentales de producción y las líneas sociales de desarrollo están en manos del Estado, ese régimen sigue siendo socialista, aunque lo demás utilice factores del libre mercado.

Eso sucede en China, en Vietnam, en la República Democrática de Corea y en Cuba, aun con las medidas anunciadas. Si estas han sido decididas, no es por una voluntad de cambio de modo de producción ni de sus derivadas relaciones sociales, sino porque el país no puede vivir dentro de una urna de cristal. Cuba no es una torre de Babel. Cuba es una trinchera de salvación del hombre.

Fuente: almaplus.tv

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