Ni rey ni princesa, ciudadanas y ciudadanos libres

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El  23 de octubre se celebrará en Oviedo la entrega de los Premios Princesa de Asturias. Las personas e instituciones premiadas, por encima del mayor o menor acierto, merecen nuestro reconocimiento. Sin embargo, este acto sirve de enaltecimiento de una institución, la monárquica, cuya historia representa la antítesis de los valores que se pretenden premiar. Una institución que se presenta con una parafernalia y boato más propia de otros tiempos, una institución que no se ha sometido al refrendo de la ciudadanía.

Los borbones vienen representando la peor España, una familia recorrida por un hilo grueso de corrupción y comprometida con todos los intentos de frenar la democracia, el progreso social, la solidaridad y nuestros derechos. Por ello, frente a la monarquía nos concentramos en Oviedo el mes pasado y levantamos la bandera tricolor, la republicana, que representa lo mejor de nuestra historia y lo mejor de nuestro futuro.

La monarquía borbónica, pese a la empalagosa propaganda ditirámbica con la que nos abruman de continuo, es un gigante con los pies de barro: ilegítima en origen y en ejercicio.

Hace ya tiempo que la Casa Real muestra signos de flaqueza. La Fiscalía del Tribunal Supremo constató la perpetración de hechos del rey emérito tipificados como delitos de cohecho, blanqueo de capitales y fraude fiscal, susceptibles de procesamiento y cárcel. Sin embargo, a pesar de denunciar que dichos delitos se cometieron, la Fiscalía invocó prescripción e inviolabilidad constitucional para decretar el archivo de la causa. Felipe VI era conocedor y beneficiario de las prácticas delictivas de su padre y las encubrió prolongadamente.

Históricamente, la proclamación de las dos Repúblicas (1873 y 1931) se produjo de forma imprevista para las élites, pero no fue un milagro. Fue posible tanto por el descrédito acumulado de la monarquía borbónica, tal cual hoy, como porque existía un sustrato republicano fraguado durante décadas: ateneos obreros, sindicatos combativos, prensa heterodoxa, bibliotecas populares. Ese trabajo paciente creó el ambiente propicio para que, cuando la oportunidad se presentó, el pueblo exigiera la república.

También hoy en día existe un mar de fondo republicano, un fermento republicano en el cuerpo social que reflejan encuestas como las de 40db, Simple Lógica, Electomanía o, más recientemente, el proyecto The Crowns de la Universidad de Murcia, que ponen de relieve que la ciudadanía española respalda mayoritariamente la instauración de una república por encima de aquéllos que se inclinan por el mantenimiento del actual statu quo monárquico (de ahí que el CIS no pregunte por el tema). Y todo a pesar de la preocupante ola neofascista y belicista que nos asola tanto en el ámbito estatal como en la esfera internacional.

Existe, en fin, una mayoría social que considera que la monarquía es una institución anacrónica, medieval, antidemocrática y machista, fundamentada en la herencia de privilegios y que, por tanto, quiere ejercer su derecho a decidir sobre la forma de gobierno del Estado sin estar hipotecada por las componendas que en su día se practicaron para atornillar en la jefatura del Estado a una dinastía desprestigiada impuesta por un dictador fascista sanguinario.

El republicanismo español no es una doctrina monolítica, sino una tradición política plural que ha asociado la forma republicana de Estado con valores y virtudes cívicas republicanas. Esto es, el ideal republicano trasciende la ausencia de monarquía e implica democracia radical con participación ciudadana real en los asuntos públicos; defensa del trabajo estable y digno, la vivienda y los bienes comunes como derechos exigibles; honradez y ejemplaridad en el ejercicio de la función pública; separación efectiva entre las Iglesias y el Estado; cultura de la paz como instrumento de la política exterior; y justicia social, ambiental y de género como principios informadores.

Las manifestaciones y las acampadas por la vivienda en Sol y en plazas de toda España y las movilizaciones por la educación pública han convertido la bandera tricolor en símbolo de las reivindicaciones de vivienda digna asequible frente a fondos buitres y especuladores y de servicios públicos universales y de calidad.

Con fundamento en esos valores y virtudes, nuestro propósito es construir una república de ciudadanas y ciudadanos y pueblos libres, iguales y fraternos, a través de la apertura de un proceso constituyente que dé lugar a una Tercera República al servicio de las mayorías sociales trabajadoras.

Para convertir esta corriente republicana en un torrente de ilusión popular que desemboque en el triunfo del ideal republicano son imprescindibles organización, movilización, imaginación y pedagogía. El Encuentro Estatal por la República, espacio unitario y plural del movimiento republicano, que reúne a coordinadoras y plataformas republicanas territoriales unitarias del conjunto del Estado, ha dado muchos pasos en la buena dirección. La III Marcha Republicana estatal del 13 de junio pasado sacó a las calles madrileñas a millares de manifestantes que patentizaron la vigencia del proyecto republicano. Y el 23 de octubre, en Oviedo, la ciudadanía republicana que abjura de su condición lacayuna volvió a concentrarse en la Plaza de la Escandalera bajo el lema «¡Ni Rey Ni Princesa!» contra el blanqueo de la corona en los Premios Princesa de Asturias.

La república no es una quimera. Es el anhelo durmiente de una mayoría que solo necesita despertar y que va a despertar. Con perseverancia republicana haremos realidad las palabras de Pérez Galdós: «la Historia no es un ser muerto, sino un ser vivo, y como ser vivo, engendra cada año, con los hechos viejos hechos nuevos. Si continuamente reproduce, también inventa. De forma y manera que si en siglos no destronó, en una hora destrona, y si en siglos durmió con reyes, un día despierta en la cama del pueblo».

(*) Encuentro Estatal por la República

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