El tablero político francés vuelve a tambalearse. Sébastien Lecornu, nombrado primer ministro hace apenas unas semanas, ha presentado su dimisión este lunes ante Emmanuel Macron, apenas un día después de anunciar la composición de su Ejecutivo. La renuncia, aceptada de inmediato por el presidente, supone un golpe demoledor para un Gobierno que ya navegaba en aguas turbulentas y sin una mayoría parlamentaria clara.
“Los partidos políticos siguen comportándose como si tuvieran mayoría absoluta”, lamentó Lecornu en una breve comparecencia sin preguntas, en la que trató de justificar su marcha. El dirigente, que se había propuesto encauzar un diálogo imposible entre macronistas, socialistas y conservadores, reconoció haberse topado con una muralla de intereses partidistas. “Siempre hay que preferir al país antes que al partido”, concluyó, con un tono de impotencia que parecía apuntar más al propio Elíseo que a la oposición.
La dimisión llega antes incluso de que el primer ministro pudiera presentar su programa ante la Asamblea Nacional, donde la oposición preparaba una moción de censura exprés por la continuidad de un gabinete que no lograba marcar diferencias con sus antecesores. Lecornu había intentado suavizar las medidas de austeridad impulsadas por François Bayrou, pero su margen de maniobra era estrecho: Macron sigue aferrado a su agenda de reducción del déficit, pese al desgaste social acumulado desde las protestas contra la reforma de las pensiones.
La líder de La Francia Insumisa (LFI), Mathilde Panot, no tardó en reaccionar. “Macron debe marcharse. La cuenta atrás ha comenzado”, escribió en X. Por su parte, el líder del PCF, Fabien Roussel, declaró en X que «Macron debe nombrar PM por fin a la izquierda» haciendo recordatorio de que el Nouveau Front Populaire (la agrupación de partidos de izquierda) fue primera fuerza en las pasadas elecciones legislativas. Desde el otro extremo ideológico, el ultraderechista Jordan Bardella reclamó la disolución inmediata del Parlamento y la convocatoria de elecciones, respaldado por Marine Le Pen. El consenso es inusual, pero el diagnóstico común: el sistema político francés está al borde del colapso.
La crisis actual deja al presidente en una posición cada vez más frágil. Macron podría optar por designar un cuarto primer ministro en menos de un año —tras los efímeros Michel Barnier, François Bayrou y el propio Lecornu— o, como reclaman sus adversarios, abrir la vía electoral. Pero, tras años de gobierno personalista y sin apenas alianzas reales, el margen de maniobra del mandatario parece agotarse.
Francia asiste así a una nueva demostración del desgaste de un modelo presidencial que concentra poder pero diluye responsabilidad. Lecornu se va “por el bien del país”; Macron, en cambio, parece decidido a resistir, aunque cada vez haya menos país dispuesto a seguirle.







