Alejandra Pizarnik

“Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y corazón guerrero”.
Alejandra Pizarnik | Fuente: Sara Facio / Wikimedia commons / Dominio público
Alejandra Pizarnik | Fuente: Sara Facio / Wikimedia commons / Dominio público

Hace unos días, el 25 de septiembre, se han cumplido 53 años de la muerte de Alejandra Pizarnik y sus palabras siguen vivas: “Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y corazón guerrero”.

La poeta, ensayista y traductora argentina nació en Avellaneda, el 29 de abril de 1936, y decidió abandonar la vida cuando solo contaba 36 años, aunque ya había escrito un buen número de libros: La tierra más ajena, La última inocencia, Las aventuras perdidas, Árbol de Diana, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura y El infierno musical; después de su muerte, se prepararon distintas ediciones de sus obras, entre las que destaca Textos de sombra y últimos poemas, publicada en 1982 y, en años sucesivos desde entonces, han ido apareciendo distintos textos —entre ellos su biografía Alejandra, a cargo de la escritora Cristina Piña— en los que se revela como una excelente autora de obras narrativas, dramáticas y de ensayo que, junto a sus cartas y diarios, forman un complejo y vasto corpus de escritura. Podemos decir, sin duda, que su obra se ha ido agrandando con el tiempo y se ha convertido en una referencia literaria para estudiosos, estudiantes y para cualquier persona que se acerca a ella y descubre el profundo dolor que la traspasa, pero también todos los sentimientos que ese dolor es capaz de engendrar: la muerte, el miedo, la soledad que debería tener alas de pájaro, la memoria…, todo ello convertido en imágenes magníficas —soles negros, paredes que tiemblan, flores sin corazón, noches como gritos y caminos del espejo— que expresan las contradicciones de su alma torturada.

La poesía de Alejandra Pizarnik es un llanto, porque “hay que llorar hasta romperse para crear o decir una pequeña canción, gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia…”. Vivió en Argentina, viajó a Europa, estudió en La Sorbona y, en París, conoció el movimiento surrealista que elabora, en los años sesenta del siglo pasado, un nuevo Manifiesto que sigue reivindicando la revolución en el arte y la poesía como forma de conocimiento, pero también el compromiso y la exigencia de la revolución política. De todo esto hablaría Alejandra con sus amigos —Octavio Paz, Julio Cortázar, Rosa Chacel…— pero ella, que conocía toda esa efervescencia cultural, se siente cada vez más aislada y metida en sí misma, no deja que penetre en su interior la voz colectiva, esperanzadora en momentos cruciales, y opta por seguir indagando de forma obsesiva en las palabras y en las imágenes que le devuelven una y otra vez su propia voz, lo único que tiene: “Mi última palabra fui yo, pero me refería al alba luminosa”.

Su poesía es un diálogo en el que afloran todas las contradicciones, una voz múltiple que expresa la búsqueda infinita de algo en un mundo en el que se siente extranjera y perdida y que solo espera encontrar en el poema. Lo expresa en estos versos: “Dice que no sabe del miedo de la muerte del amor/ dice que tiene miedo de la muerte del amor/ dice que el amor es muerte es miedo/ dice que la muerte es miedo es amor/ dice que no sabe”.

Pero sabemos, en cambio, que su poesía sigue viva, porque la seguimos leyendo y descubriendo en ella la voz personalísima de una poeta que dio el salto desde sí misma, para llegar al fondo del fondo.

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