Llegábamos con deseos de ver la película en aquellas jornadas de cine que formaban parte de los domingos y los días de fiesta en los veranos de la adolescencia: sillas de tijera, olor a dompedros, pipas saladas y murmullo de risas cómplices porque el actor era Alain Delon o porque pensábamos, niñas de pueblo, cómo sería vivir en aquellas casas maravillosas al lado de la playa, montar a caballo, bajar de un avión y ver todo eso en las dos horas —con sus correspondientes cortes— que duraba la película. Pero antes teníamos que ver el NO-DO, siempre con imágenes de Franco y una voz que nos contaba algunas cosas de las que “pasaban” en España; nosotras no mostrábamos ningún interés, porque aquella realidad era distinta a la vida de nuestros pueblos, y la gente que conocíamos no hablaba de ese modo, pero sabíamos que era el trámite necesario para que empezara la función de verdad.
Al cabo de muchos años, TVE ha recordado aquellos noticiarios y está emitiendo los que, por algunas razones, no llegaron a verse. Naturalmente, me vienen a la memoria las imágenes en blanco y negro y las palabras de entonces y soy consciente de cómo ha cambiado España en estas últimas décadas, de cómo la lucha organizada contra la dictadura, las movilizaciones en las fábricas, en los barrios y en las universidades, el compromiso de tantos intelectuales y artistas y las propuestas políticas —la Reconciliación Nacional del PCE, por ejemplo, en 1956— fueron sumando manos y voces en la contestación al franquismo, y que tiene razón Nicolás Sartorius cuando dice que Franco murió en la cama, pero la dictadura murió en la calle. En aquellos años de represión y miedo, muchas personas se jugaron hasta la vida y las adolescentes que íbamos al cine en los años sesenta entendimos, unos años después, que también era responsabilidad nuestra y, a medida que nos llegaban noticias de lo que ocurría en el mundo —desde los ecos del Mayo del 68 francés a las huelgas en la construcción o en las minas y a las asambleas de estudiantes en la Universidad— nos sentíamos convocadas a poner nuestro grano de arena en la construcción de la democracia.
El régimen fascista trabajaba para construir un modelo de mujer dedicada en cuerpo y alma a su familia, una reina de la casa según los manuales de la Sección Femenina de la Falange
Pero volviendo al NO-DO, pienso en las mujeres que aparecían entonces en la pantalla y en algunas de las que he visto ahora y comprendo cómo el régimen fascista trabajaba para construir un modelo de mujer dedicada en cuerpo y alma a su familia, sin más horizonte que el hogar, siempre dependiente de la autoridad patriarcal que pasaba del padre —o incluso el hermano— al esposo, recatada, silenciosa y vigilada, atenta a los deseos de los demás, cuidadora eterna de todos y contenta y orgullosa por imaginar que era la reina de la casa; ese modelo que explicaban los libros de la Sección Femenina de la Falange que conocimos en aquellos años y que pretendían ser, para nosotras, un manual de obediencia y sumisión… Y, sin embargo, quizás porque los textos y las imágenes que veíamos se pasaban bastante en lo que querían transmitirnos o porque nuestras abuelas que habían vivido otro momento histórico pensaban que nuestro futuro no tenía que ser ése, las niñas de entonces nos convertimos en feministas, con el apoyo de nuestras madres, antes incluso de saber lo que era el feminismo. Aquellas niñas que veíamos el NO-DO supimos lo que es vivir sin derechos y cuánto cuesta conquistarlos y esa experiencia de lucha que queremos contar y compartir es nuestra fuerza para luchar contra la derecha y la ultraderecha, para no consentir ni un paso atrás en la igualdad.








