La literatura está llena de páginas escritas por mujeres con testimonios desgarradores: son palabras que podemos leer en un ensayo, una novela o un poema, siempre atravesadas por la conciencia y la voluntad de quienes tenemos que luchar, desde siglos, por conseguir el lugar que queremos y merecemos y no el lugar que nos asigna el patriarcado; es ese lugar bendecido y legitimado por todos los poderes que, como bien sabemos, no dudan en utilizar la violencia cuando ya no les sirven otros argumentos más sutiles con los que, a lo largo de la historia, han tratado de seducir y convencer a las mujeres: en los cuentos infantiles, con los zapatos de cristal a los que adaptarnos y un espejo que diera respuesta a nuestro deseo de agradar; con la construcción de un imaginario colectivo, como ángeles de la casa o reinas del hogar y con una libertad otorgada, entendida y limitada al ámbito doméstico, en el que tan bien nos movemos.
Sabemos que feministas ha habido siempre, a lo largo de la historia, porque cada vez que una mujer se pregunta por qué no tiene los mismos derechos que los hombres está cuestionando el sistema establecido; la reivindicación de Una habitación propia, en expresión de Virginia Wolf, por ejemplo, constituye una larga lucha en la que se han conseguido objetivos muy importantes, pero que a las mujeres nos ha costado tiempo, trabajo y vida. Afortunadamente, tenemos una larga historia, muchas referencias en el largo camino de la igualdad y en la estrategia de transformación que propone el movimiento feminista, en el que seguimos luchando millones de mujeres de todo el mundo para acabar con el patriarcado, el sistema injusto que nos niega, nos ignora y nos violenta.
Siempre ha habido feministas a lo largo de la historia, porque cada vez que una mujer se pregunta por qué no tiene los mismos derechos que los hombres está cuestionando el sistema establecido
Pero, volviendo a la literatura, hay una obra de Doris Lessing, El cuaderno dorado, que refleja magistralmente las contradicciones de género y de clase en la sociedad capitalista y patriarcal y cómo, en muchos casos, la falta de libertad y de realización personal aboca a la locura o, cuando menos, a una vida alienada, dependiente, sin proyectos propios, aquejadas por aquello que Betty Friedan llamó “el problema sin nombre” y que no es otra cosa que la falta de identidad. Una de las citas que podemos encontrar en el libro citado es la siguiente: “Me sentía como la mujer con el blanco pecho acribillado de crueles flechas masculinas. Me dolía la necesidad que sentía de Saul y necesitaba injuriarle y quejarme contra él. Entonces él diría:”¡Oh, pobre Anna!. Y haríamos el amor”. La herida de las flechas y el paternalismo son dos expresiones de la misma violencia que sufre la protagonista de la novela, desgarrada por sus contradicciones; es una manifestación de la angustia y el sufrimiento inherentes a los personajes femeninos de Doris Lessing que luchan por ser libres e iguales, pero saben que viven en una situación de dependencia no sólo económica sino también social y sicológica, cuyas consecuencias son el chantaje emocional, la amenaza de la soledad, la pérdida de autoestima o el miedo a la locura. El cuaderno dorado fue publicado en el año mil novecientos sesenta y dos y, desde entonces, más de seis décadas de organización y lucha feminista han cosechado importantes avances en la defensa de la igualdad y los derechos de las mujeres, pero esa lucha continúa de forma organizada y colectiva cada día y, como no podía ser menos, el 25 de noviembre, porque sabemos que la violencia contra las mujeres se llama patriarcado.








