Cada 14 de abril la izquierda volvemos a sacar la tricolor. Celebramos actos, pronunciamos discursos solemnes, comunicados bien escritos y llamadas a la memoria histórica. Y, sin embargo, pasa un año más y la República sigue igual de lejos. No porque nos falte razón, ni legitimidad sino porque nos falta algo mucho más sencillo y mucho más difícil, una estrategia para conquistarla. La República se proclama, pero no se construye. Se conmemora, pero no se pelea.
Porque el problema no es simbólico, no es cultural ni sentimental, es un problema profundamente material y político. La República no es una cuestión de memoria ni un gesto identitario frente a la derecha. Es la ruptura con un régimen que nace del franquismo, se consolida en la Transición y hoy funciona con plena normalidad al servicio del capital. Un régimen cuya pieza central sigue siendo la monarquía, una institución no elegida, irresponsable ante la ley y diseñada para garantizar la continuidad del poder económico, la impunidad de las élites y una democracia de baja intensidad.
Y aquí aparece una de las contradicciones del momento político. Hablamos de República, pero actuamos como si la forma del Estado fuera secundaria y la República no puede ser solo un eslogan. Intervenimos en el marco existente, pero no podemos aceptar sus límites. Los cambios no vienen de la nada, aunque a veces parece que creemos que el sistema se desgasta solo. Es un error sustituir la confrontación por la gestión y la organización por la comunicación».
Por eso la cuestión republicana no puede separarse de la lucha de clases. Una República que no cambie quién y para quién se gobierna no sirve. Una República real solo tiene sentido si pone el poder político y económico en manos de la clase trabajadora. Y eso no se decreta desde arriba ni se consigue solo en las urnas, se construye desde abajo, en los conflictos, en la organización y en la lucha sostenida.
Por eso, hablar de República es hablar de poder. De quién decide sobre la vivienda, sobre la energía, sobre el coste de la vida, sobre el trabajo y sobre la riqueza que se produce. Una República verdadera debe garantizar derechos básicos que hoy se nos niegan, acabar con la especulación inmobiliaria, expropiar a los grandes tenedores, poner el suelo y los sectores estratégicos bajo control público. Debe terminar con la precariedad estructural, repartir el trabajo y la riqueza, blindar salarios y pensiones y reconstruir unos servicios públicos destrozados por décadas de privatizaciones.
Pero nada de esto es posible sin soberanía política. No hay democracia real mientras España esté subordinada a la OTAN, participe en la escalada militarista europea y destine miles de millones a armamento mientras se recortan derechos sociales. No hay República posible mientras se comercia con armas con Estados genocidas y se mantiene una complicidad activa con la masacre del pueblo palestino. El internacionalismo y la paz no son consignas éticas, son condiciones materiales de la democracia.
Y todo esto nos devuelve a la cuestión central, el sujeto político capaz de hacerlo realidad. Sin una clase trabajadora organizada, consciente y en lucha, la República es papel mojado. Y aquí el papel del Partido Comunista no es simbólico ni testimonial. No existimos para gestionar el sistema ni para ocupar espacios institucionales por sí mismos, sino para ser la vanguardia consciente y organizada de la clase trabajadora, unificar las luchas dispersas, elevar la conciencia política y sostener una estrategia de ruptura frente a las presiones del poder. Sin Partido, el poder popular se fragmenta, se agota o es absorbido por el sistema. Sin inserción real en los conflictos, la política se convierte en comentario y la República en consigna vacía. La presencia institucional solo tiene sentido si está subordinada a la movilización y al poder popular, no si sirve para administrar la derrota con un lenguaje amable.
La República no caerá del cielo ni llegará por acumulación de gestos simbólicos. No aparece por decreto, ni por repetir consignas, ni por sacar la bandera una vez al año para guardarla al día siguiente. El poder no funciona así, y la historia tampoco. Dejar de conmemorar y organizar. Dejar de indignarse cómodamente y empezar a disputar de verdad. Porque sin República no hay democracia real. Y sin democracia real, seguirán mandando los de siempre… exactamente igual que ahora, solo que con discursos muy bien escritos y actos muy emotivos cada 14 de abril.
La República no se conmemora, se hace.







