No hay cerco más cruel en la memoria humana que el que sufre Cuba desde hace 64 años: un asedio medieval, una condena a morir de hambre por la única osadía de ser libre y soberana. El imperio más poderoso del mundo, con su actual matón en la Casa Blanca (un narcisista patológico que no entiende lo que no conoce, como la dignidad) y un secretario de Estado que ha hecho del odio a Cuba su razón de vivir, acaba de firmar tres órdenes ejecutivas para que no entre ni una gota de petróleo en la isla. Quieren que los hospitales se apaguen, que los niños se queden a oscuras, que los ancianos mueran en la penumbra. Y lo hacen sabiendo, porque lo escribieron en el infame Memorándum Mallory, que el objetivo es que el pueblo, por el sufrimiento, abandone a su Revolución.
Pero no han entendido nada. Ese pueblo es el mismo que en 1961, en Playa Girón, recibió a los mercenarios de la CIA con fusiles y pecho, y los derrotó en menos de tres días. Allí, al frente de las tropas, un joven comandante demostró ya lo que sería toda su vida: temple de acero, lealtad infinita y una capacidad de mando que solo tienen los que están dispuestos a morir antes que doblarse. Ese hombre es el General del Ejército Raúl Castro Ruz, líder de la Revolución, el mismo que hoy, con 95 años, sigue con el pie en el estribo, como un viejo guerrero que no se baja del caballo porque sabe que la batalla no ha terminado. Y el imperio, en su soberbia, ha decidido tocarlo. Lo han imputado por hechos de hace treinta años, cuando como ministro de Defensa defendió la soberanía de Cuba frente a los terroristas de Florida. Es la misma jugada sucia que ensayaron contra Nicolás Maduro antes de secuestrarlo. Ahora quieren repetirla con Cuba.
Raúl Casto, soldado y símbolo
Trump, atrapado en el laberinto iraní, necesita una victoria política. Y Marco Rubio le susurra al oído: «Cuba es un paseo militar. Manda un portaaviones». Ya ha dicho que será «un honor» tomar el control de la isla. Pero tocar a Raúl Castro es tocar un símbolo vivo. Es tocar al general que derrotó a los mercenarios en Girón, que desbarató decenas de magnicidios, que forjó las FAR, que supo estar a la sombra de Fidel y luego continuar la obra sin un titubeo. ¿Acaso creen que el pueblo cubano se va a volver contra su general? ¿Creen que los niños, los campesinos, los obreros, los estudiantes van a escuchar los cantos de sirena de un gobierno títere, de un protectorado donde vuelvan los casinos y la prostitución? No. Nunca. Porque Cuba ya probó ese infierno antes del 59. Y esa memoria la encarna, como nadie, la figura imponente y serena del General del Ejército, Raúl Castro, junto al presidente Díaz-Canel.
64 años de bloqueo —Ley Torricelli, Helms-Burton, las 243 medidas quirúrgicas de Trump, la infame lista del terrorismo, y ahora el cerco energético total— han causado hambre, apagones, desabastecimiento, pero no han logrado una sola grieta en la unidad del pueblo con su Revolución. Al contrario, cada apretón de tuerca ha soldado más esa unión. Porque el pueblo cubano sabe leer: sabe que falta el combustible no por mala gestión, sino porque un imperio prohíbe que toquen sus puertos; sabe que la leche no llega por el bloqueo, no por desidia. Y ese cálculo macabro del Memorándum Mallory ha fracasado estrepitosamente una y otra vez.
Ahora la amenaza de intervención militar es real. Trump habla de portaaviones, de «estado fallido», una mentira que ofende a cualquier observador honesto. Pero Cuba no es Granada ni Panamá: es una isla de once millones de leonas y leones. Un pueblo que tiene una sola consigna en cada pecho: «Patria o Muerte». Y esa consigna no es retórica: es una promesa sellada con la sangre de los caídos en Girón, en Angola, en cada jornada de resistencia bajo el bloqueo más largo de la historia.
Por eso, la solidaridad internacional es ahora un deber de humanidad. Los pueblos del mundo debemos volcarnos con Cuba como si fuera nuestra propia casa. Porque si Cuba cae, mañana le toca a otro. La lucha de Cuba es la lucha de todos los que creemos que la soberanía no es una reliquia. Hay que mandar petróleo gota a gota, placas solares, baterías, medicinas, hay que romper el cerco informativo. Hay que contar quién es Raúl Castro: el hombre de rostro sereno y enorme corazón y puño de acero que nunca pidió un privilegio, que vivió como un soldado más, que defendió la unidad del Partido Comunista como el activo más sagrado, y que hoy sigue siendo el ejemplo moral de todos los patriotas cubanos, el símbolo de que no han claudicado. Tocar a Raúl Castro es tocar a cada cubano. Y cada cubano está dispuesto a dar la vida por su general, porque él ha dado la suya por ellos.
Así que escuchen, desde Washington hasta Miami: al pueblo cubano lo pueden asesinar, destruir, hacer desaparecer, pero jamás vencerlo. Porque no es un ejército lo que defiende sus costas, es una certeza histórica. Terminarán derrotados como en Girón. Y los pueblos del mundo nos pondremos al lado de Cuba. Hasta la victoria siempre. Patria o Muerte. Venceremos. Movilicémonos. Ahora.







