China

Donde el desierto se detiene

Del Sahel al Mediterráneo y de Israel al Taklamakán: cuatro formas de combatir la desertificación y la experiencia singular de Cele.
Carretera en el desierto de Taklamakán (China)
Carretera en el desierto de Taklamakán (China)

Un mar ocre, Taklamakán

El camino hacia Cele (Qira en uigur), discurre por el borde meridional del Taklamakán. Desde la carretera, el desierto no aparece como un mero paisaje, un cuadro inmóvil, sino como una presencia. La arena se adueña del espacio, se filtra en las cunetas, se acumula junto a los postes y dibuja pliegues que el viento modifica sin descanso. De vez en cuando, una línea de álamos, un canal o una mancha de cultivo rompe la continuidad ocre. Son interrupciones pequeñas en el paisaje, pero decisivas para quienes viven aquí.

En un territorio así, un árbol no es un ornamento, es una pieza clave de un creciente ecosistema. Su tronco reduce la velocidad del viento, sus raíces ayudan a fijar el suelo, su sombra limita la evaporación. La franja vegetal que forma con otros árboles protege una vivienda, una parcela, una carretera o un canal. Esa utilidad concreta permite comprender, antes incluso de escuchar a los investigadores, por qué la lucha contra la desertificación ocupa en Xinjiang un lugar tan relevante, cobra la importancia que, en otras regiones, tienen las grandes infraestructuras. Un cinturón vegetal puede ser tan importante como un puente o una estación de alta velocidad.

Estación de Investigación del Desierto de Cele

Nuestra visita a la Estación de Investigación del Desierto de Cele, perteneciente al Instituto de Ecología y Geografía de Xinjiang de la Academia China de Ciencias, confirmó firmemente esa primera impresión. Fundada en 1983, la estación lleva más de cuatro décadas analizando y desarrollando estrategias contra la desertificación. Observamos el movimiento de las dunas, la respuesta de las plantas al estrés hídrico y salino; la evolución de los suelos y la manera en que los oasis se defienden del avance de la arena. Su trabajo no parte de la idea de acabar con el desierto de Taklamakán, sino de una concepción mucho más sensata y ambiciosa: recuperar el terreno perdido, respetando al propio desierto como ecosistema complejo. Aprender dónde intervenir, con qué especies, con cuánta agua y para proteger exactamente qué.

Conviene aclararlo porque la palabra desertificación puede inducirnos a error. No significa que los desiertos estén avanzando como un ejército invasor, ni que el objetivo deba ser cubrirlos de bosques. Un desierto natural es un ecosistema con valor propio. La desertificación es la degradación de tierras secas por una combinación de variabilidad climática y actividad humana: pérdida de cubierta vegetal, erosión, salinización, agotamiento de agua y descenso de fertilidad. Combatirla no consiste siempre en plantar, es una estrategia mucho más compleja que a veces significa pastorear menos, conservar una terraza, recuperar una planta que rebrote de una raíz antigua, reutilizar agua o impedir que una duna móvil corte una vía férrea.

África: Un modelo comunitario de intervención

El modelo africano es un ejemplo de evolución constante de las ideas. Cuando en 2007 la Unión Africana impulsó la Gran Muralla Verde, la imagen que recorrió el mundo fue la de una línea de árboles atravesando el continente desde Senegal hasta Yibuti. Era una metáfora poderosa, pero demasiado simple para la diversidad del Sahel. Con el tiempo, el proyecto se redefinió como un mosaico de paisajes productivos: tierras de cultivo, pastizales, bosques abiertos, humedales y aldeas conectados por prácticas.

Frente a la solución universal que podríamos concebir, viveros gigantes en Níger y Burkina Faso, han optado por soluciones creativas y de gran impacto. Por ejemplo, la regeneración natural gestionada por agricultores protege y poda los brotes que nacen de raíces vivas; los hoyos zaï concentran estiércol y agua de lluvia alrededor de la semilla, facilitando su crecimiento; las líneas de piedra reducen la escorrentía y retienen el suelo fértil. Son técnicas modestas, baratas y comprensibles para las comunidades. Su fortaleza reside precisamente en que el conocimiento local no es un complemento del proyecto, es su principal mecanismo.

La Gran Muralla Verde aspira para 2030 a restaurar cien millones de hectáreas, capturar 250 millones de toneladas de carbono y crear diez millones de empleos verdes. La Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación estima que se han restaurado alrededor de dieciocho millones de hectáreas y creados cientos de miles de puestos de trabajo. Pero el objetivo total sigue lejos. Los conflictos regionales, la inseguridad, la falta de una financiación regular, la dependencia de instituciones diferentes y la coordinación entre numerosos Estados, ralentizan un programa que atraviesa fronteras, gobiernos y conflictos.

El modelo africano ofrece, por tanto, una lección esencial: una restauración que no mejora la vida rural difícilmente se mantiene. Su fragilidad no está en las técnicas, muchas de ellas extraordinariamente eficientes, como son los pozos Zai, las medias lunas, los cordones de piedra, o la combinación de cultivos agrícolas con árboles y arbustos, la gestión comunitaria de los pastizales para evitar la destrucción por el pastoreo de la vegetación recién recuperada, sino en la discontinuidad de los recursos y en la dificultad de sostener una escala continental mediante instituciones desiguales. Allí donde la población obtiene forraje, frutos, leña gestionada o mejores cosechas, la vegetación se conserva; donde la intervención llega como una campaña temporal, corre el riesgo de desaparecer con el presupuesto.

Fuente: Wikipedia

Su debilidad no está tanto en las técnicas como en la falta de recursos, continuidad institucional y seguridad.

El Mediterráneo: O la defensa del suelo frente a una lenta extinción

En el Mediterráneo, la desertificación tiene otro rostro. En este caso, que nos resulta más familiar, no vemos un frente de dunas que avanza inexorable, sino un proceso más lento y gradual, lluvias torrenciales que arrastran la capa fértil, largos periodos de sequía, incendios repetidos, acuíferos sobreexplotados, salinización del regadío y abandono de terrazas agrícolas. El paisaje, en muchas ocasiones, no nos advierte del peligro, ya que puede seguir pareciendo verde durante años, mientras el suelo pierde materia orgánica, estructura y capacidad para retener agua.

Fuente: Universitat de Valencia

De hecho, la Comisión Europea estima que más del 60 % de los suelos de la Unión presenta algún grado de degradación. Los costes asociados a la erosión, contaminación, compactación, pérdida de carbono y otros procesos, se calculan entre 40.900 y 72.700 millones de euros anuales.

Las respuestas desde el eje mediterráneo a esta problemática buscan conservar cada centímetro de suelo y cada episodio de lluvia. Se restauran bancales y muros de piedra, se mantienen cubiertas vegetales entre cultivos, se reducen las labores de arado profundo, se recuperan setos tradicionales, se controlan las cárcavas y se intenta gestionar el monte para disminuir el riesgo de incendios de gran intensidad. Aunque parece más una buena intención que una realidad. En España en la zona sureste, en Grecia, Italia o el norte de África, la modernización de los sistemas de riego convive con la necesidad de ajustar la demanda a recursos cada vez más irregulares debido al cambio climático.

El modelo mediterráneo se caracteriza por ser técnicamente maduro y diverso, que se adapta a las diversas condiciones, pero que se ve perjudicado por su fragmentación administrativa. Las medidas se reparten entre políticas agrarias, forestales, hidráulicas, municipales y de protección civil. Desde hace bastante tiempo la Unión Europea impulsa laboratorios vivos de suelos para que agricultores y científicos prueben soluciones en condiciones reales, una aproximación valiosa, aunque muchas actuaciones siguen limitadas a proyectos locales o ciclos de financiación relativamente cortos. Frente a la continuidad de décadas de algunos programas chinos, los programas mediterráneos suelen cambiar de ritmo con los presupuestos, los ciclos electorales y las competencias territoriales.

La principal virtud mediterránea es la prudencia ecológica: no intenta fabricar un bosque donde no corresponde, sino recuperar funciones del territorio. Enseña que una cubierta herbácea, una terraza bien mantenida o un suelo con más materia orgánica pueden ser más útiles que miles de árboles mal adaptados. Su gran desafío es convertir esa suma de buenas prácticas en una política territorial sostenida y suficientemente amplia.

Israel: La tecnología aplicada a los recursos hídricos

El caso israelí parte de un concepto distinto. No es la mera lucha contra la desertificación, sino el combate contra otro tipo de escasez: la del agua disponible para ciudades y agricultura. A pesar del secuestro de los recursos hídricos de los países de su entorno, la falta de agua se convierte en una cuestión de Estado. Su innovación más conocida y exportada es el riego por goteo, que implica llevar pequeñas cantidades directamente a la zona de las raíces y permite aplicar fertilizantes con precisión. Si a ello se añaden sensores, control digital, variedades adaptadas, desalación del terreno y una infraestructura a escala estatal de reutilización del agua, nos encontramos con un sistema altamente eficiente y tecnificado. Según datos oficiales israelíes, el país trata alrededor del 95 por ciento de sus aguas residuales domésticas y reutiliza cerca del 84 por ciento, principalmente en agricultura.

El resultado es un sistema capaz de producir cultivos con alta eficiencia en un entorno árido. El goteo reduce de forma considerable el consumo frente a métodos menos controlados, pero su ventaja real no procede de una tubería aislada, depende de la calidad del agua, el filtrado, la energía, el mantenimiento, la información sobre el cultivo y una red capaz de almacenar y distribuir los recursos regenerados.

Este modelo que se ha exportado a nivel internacional es, a menudo, citado  junto al chino, aunque sus problemas de partida no son idénticos. Israel ha perfeccionado sobre todo la seguridad hídrica y la agricultura intensiva. Xinjiang necesita, además, estabilizar dunas móviles y proteger largas infraestructuras y oasis dispersos. El conocimiento israelí resulta muy valioso allí donde el agua debe dosificarse con extrema precisión. No sustituye, sin embargo, la combinación de barreras mecánicas, vegetación protectora y ordenación territorial que exige el perímetro del Taklamakán.

Este modelo, a pesar de sus grandes ventajas, tiene un peligro implícito: ahorrar agua por hectárea no garantiza ahorrar agua a nivel general. Si la eficiencia permite ampliar indefinidamente la superficie regada, el consumo total puede aumentar exponencialmente. Por ello el éxito debe medirse no solo por la producción obtenida por cada litro, sino por el balance global del acuífero a largo plazo.

China: Un modelo de recuperación territorial por capas

La experiencia china reúne elementos de los modelos anteriores, pero los organiza con una escala y una continuidad propias. El Programa de la Franja Forestal Protectora de las Tres Regiones del Norte comenzó en 1978 y está previsto hasta 2050. Abarca trece divisiones provinciales y una superficie de unos 4,06 millones de kilómetros cuadrados. No es un único bosque ni una obra homogénea, sino un conjunto de actuaciones frente a tormentas de arena, erosión eólica, degradación de pastizales y vulnerabilidad de tierras agrícolas.

Cuadrículas de paja en el desierto de Taklamakán | Fuente: Bruce Dale

En el desierto de Taklamakán, la defensa se construye por capas. La primera, en muchas ocasiones, es meramente mecánica, a base de cuadrículas de paja colocadas sobre la arena para romper el viento a ras de suelo. El patrón reduce la movilidad de la duna y crea un espacio donde la humedad y las semillas tienen más posibilidades de permanecer. Las técnicas más recientes mecanizan la colocación y alargan la vida útil de las barreras, pero el principio sigue siendo sencillo y visible.

Después, llega la introducción de vegetación, seleccionada según suelo, salinidad, viento y acceso al agua. Saxaul, tamarisco, álamos, sauce rojo y otros arbustos o árboles resistentes cumplen funciones distintas en función de las necesidades. Por ejemplo, cerca de un oasis, puede haber varias filas de protección: una exterior, baja y resistente, que frena la arena; otra intermedia que reduce el viento; y una interior que protege parcelas de cultivo y canales. En las áreas donde plantar es insostenible, la intervención se limita o se recurre a barreras de ingeniería.

Al mismo tiempo, el agua se maneja de forma diferenciada. En Cele se ha estudiado la reforestación con agua salobre, la restauración mediante el desvío controlado de las escorrentías y la plantación de especies adaptadas a las lluvias escasas. No se trata de aplicar una receta universal, sino de aprovechar los recursos que antes se perdían o que no servían para cultivos sensibles. La investigación mide la supervivencia, crecimiento, salinidad del suelo, profundidad de la capa freática y respuesta del suelo. Ese seguimiento, permite experimentar y  corregir decisiones antes de repetirlas a gran escala.

Por otro lado, la utilización de la energía fotovoltaica ha añadido otra capa más a la defensa contra el desierto. En determinados bordes desérticos, los paneles generan electricidad, reducen la velocidad del viento y proyectan sombra, disminuyendo la evaporación superficial. Bajo o entre las filas de placas, pueden crecer especies adaptadas o desarrollarse actividades ganaderas controladas. El concepto de paneles solares, sumado al control de la arena, convierte una infraestructura energética en parte de la recuperación del terreno y crea ingresos capaces de financiar el mantenimiento de las infraestructuras. Aunque este proceso no funciona en todos los lugares, expresa bien la lógica china: combinar la protección ecológica, la creación de infraestructuras estratégicas y el impulso de la economía.

En noviembre de 2024, China anunció la conexión definitiva de un cinturón protector de 3.046 kilómetros alrededor del Taklamakán. El último tramo, de unos 285 kilómetros, se encuentra precisamente en el borde meridional, una de las regiones  más duras, debido a la movilidad de las dunas y la escasez de agua. En el caso chino, hablar de un “cinturón verde” en contra de lo que puede sugerir, no se trata de un bosque continuo. Sino que en realidad, es una red de vegetación, cuadrículas de paja, barreras, explotaciones agrícolas, carreteras protegidas y proyectos fotovoltaicos que enlazan las capas defensivas que antes se encontraban separadas.

Su valor no está en aislar herméticamente el desierto, algo imposible, sino en cerrar corredores por los que la arena alcanzaba con más facilidad las zonas habitadas. Reducir la acumulación sobre carreteras y ferrocarriles, proteger campos y canales y limitar los daños de las tormentas es el principal de los objetivos. Cada árbol superviviente es una pieza importante de esta infraestructura ecológica, de tal manera que cada espacio que se consigue mantener fuera de la influencia directa del desierto, disminuye los costes que de otro modo recaerían sobre transportes, agricultura y viviendas.

Cele, el laboratorio que lleva cuarenta años mirando la misma duna

La diferencia entre una campaña de plantación y una política científica se percibe con especial claridad en Cele. Una estación permanente que permite observar procesos que no caben en un proyecto de tres o cinco años. Este observatorio puede comprobar qué ocurre después de una sequía excepcional, cómo cambia la salinidad del suelo tras sucesivos riegos o qué especie envejece mejor. Puede comparar una parcela intervenida con otra fuera de control y reconocer que una planta que crecía con rapidez durante los primeros años y suponía una esperanza, finalmente termina consumiendo demasiada agua.

Investigadores de Cele

Los investigadores de Cele trabajan directamente en la línea de contacto entre la duna desértica y el oasis. Allí el problema no es abstracto, sino muy tangible, el viento transporta arena hacia viviendas, cultivos y canales, mientras la escasa disponibilidad de agua impide responder con una masa vegetal ilimitada. La estación ha desarrollado diferentes modelos de control del movimiento de arena y también para restaurar terrenos mediante desvío de las inundaciones, además de implementar técnicas de reforestación con agua salina sobre las zonas de arenas móviles, plantar en función de la lluvia y crear cinturones protectores periféricos. La clave es decidir qué combinación se adapta mejor a cada franja del territorio.

Las cuadrículas de paja producen un cambio inmediato. Mientras que una superficie lisa permite que el viento acelere y arrastre la arena, el entramado de paja crea rugosidad, forma pequeños remolinos y hace que parte de la arena se deposite dentro de las celdas. Esa estabilidad inicial abre una ventana para la vegetación. Las plantas, a su vez, refuerzan el efecto mecánico y sujetan la arena con sus raíces y ramas. Cuando el sistema madura, la barrera deja de ser un objeto artificial añadido al paisaje y se convierte en una estructura viva que tiene su evolución propia.

El desvío de las torrenteras responde a otra  característica de estas tierras áridas: realmente llueve poco en el conjunto del año y, sin embargo, se producen episodios súbitos de fuertes lluvias procedentes de las montañas Kunlun. Canalizar parte de esos recursos hacia las zonas degradadas permite infiltrar agua, depositar sedimentos y favorecer la recuperación vegetal local. Es una técnica más próxima al funcionamiento natural del propio oasis, que al riego agrícola permanente. El principal riesgo que entraña este método es calcular bien el flujo para no provocar erosión ni perjudicar a las personas usuarias aguas abajo.

El empleo experimental de aguas salobres amplía las opciones, pero obliga a una vigilancia constante. Las especies halófitas toleran concentraciones que destruirían un cultivo convencional. Aun así, es necesario un control exhaustivo ya que el riego puede acumular sales si no existe un drenaje adecuado o si la evaporación supera ampliamente la infiltración. Una de las grandes aportaciones de Cele consiste precisamente en transformar una posibilidad técnica en protocolos medidos: cuánto regar, cuándo hacerlo, a qué profundidad plantar y qué respuesta cabe esperar.

Esa cultura de ensayar y corregir es importante dados los errores tempranos de los que China ha tenido que aprender. Las primeras fases de algunos programas de las Tres Regiones del Norte recurrieron a plantaciones uniformes, con poca diversidad genética y especies que no siempre fueron las adecuadas. La FAO documentó problemas de baja supervivencia, enfermedades y vulnerabilidad. Es por ello, que la respuesta posterior fue la diversificación, el uso de más arbustos y especies locales, favorecer la regeneración natural y adaptar la densidad a la disponibilidad de agua. La madurez del modelo chino se verifica con la capacidad de superar sus errores y haber creado instituciones capaces de registrar el fallo y modificar la práctica.

La Estación de Investigación del Desierto de Cele ha extendido además parte de su experiencia fuera de Xinjiang. No sólo a otras zonas de Asia Central como Kazajistán, sino en África como son Etiopía y Mauritania, vinculadas estas prácticas a la restauración de pastizales, cinturones protectores y cooperación con la Gran Muralla Verde africana. Pero esta transferencia no se debe entender como la exportación simétrica del modelo chino. Ha sido mediante el diagnóstico local, las parcelas experimentales, el  seguimiento prolongado y la combinación de barreras físicas con vegetación y usos productivos.

Taklamakán: Cuando la lucha contra el desierto impulsa la economía

A pocos kilómetros de Estación de Investigación del Desierto de Cele se puede observar la segunda especificidad del modelo chino, la economía. Xinjiang Desert Jujube Industry, fundada en 2008 en la localidad de Arixi, combina el control de la arena, el cultivo del azufaifo, el procesado, almacenamiento y comercialización de los dátiles rojos.

Según los datos oficiales se ha producido la transformación de varios cientos de hectáreas de dunas y la plantación de unos 800.000 árboles entre azufaifos y álamos, además de otras especies frutales y cortavientos.

La azufaifa (el dátil rojo chino) tiene una ventaja práctica, soporta la aridez y cierto grado de salinidad mejor que muchos cultivos, produce un fruto almacenable al secarse y alimenta una cadena de valor que no termina en el campo. Su secado, clasificación, refrigeración, elaboración de bebidas o aperitivos, embalaje y venta online crean puestos de trabajo más allá de la cosecha. La empresa dispone de instalaciones de frío y procesado y ha desarrollado decenas de productos derivados.

A pesar de que estos huertos de carácter comercial consumen agua, necesitan fertilización, no siempre ecológica, un importante mantenimiento y un mercado para ser rentables, introducen un incentivo que muchos proyectos ambientales pierden, si la barrera verde protege las parcelas de cultivo y estas generan ingresos. Existe una razón cotidiana para hacer labores de mantenimiento, reparar los sistemas de riego, reponer árboles y conservar los cortavientos vegetales. Según las fuentes oficiales de Xinjiang la renta per cápita de Arixi se sitúa por encima de 20.000 yuanes en 2024, de los cuales un porcentaje muy alto proviene de la industria del dátil rojo. Pero más allá de los datos institucionales, esto sirve para ilustrar el objetivo perseguido por las autoridades chinas. Convertir la lucha contra la desertificación en una economía permanente, no en una subvención pasajera.

En Cele, esta secuencia se entiende mientras recorres el terreno, primero está la barrera que recibe el viento, detrás, los árboles que lo filtran, después, los huertos que animan la economía local y, más lejos, las casas, las instalaciones e infraestructuras. Protección, producción y asentamiento forman una misma geometría, una familia cuya parcela ya no queda cubierta por la arena, que genera economía de proximidad, nos da la medida humana de la utilidad de este proceso, más allá de las cifras macro, un cinturón verde de 3.046 kilómetros.

La ventaja china: el paso de la creación al mantenimiento

Comparados en conjunto, los cuatro modelos no son rivales absolutos. El africano destaca por su participación comunitaria y su capacidad para regenerar el territorio con pocos recursos. El mediterráneo, destaca por la conservación fina del suelo y del agua. El israelí, por la eficiencia hídrica, la reutilización y la tecnología. Y el chino, por integrar esas dimensiones en una planificación territorial de gran escala y duración. Para el Taklamakán, donde hay que defender miles de kilómetros de oasis e infraestructuras, esa integración ofrece una ventaja evidente.

China, en su apuesta estatal, puede mantener estaciones científicas durante décadas, coordinar administraciones, movilizar financiación, construir carreteras, campos fotovoltaicos, redes eléctricas y conectar la restauración del terreno con las cadenas industriales. Esa capacidad reduce uno de los mayores problemas internacionales en la lucha contra la desertificación, la discontinuidad entre el experimento exitoso y su aplicación masiva. Cele no es solo un laboratorio aislado, forma parte de una arquitectura que puede convertir un resultado local en un protocolo y en una transformación técnica del territorio.

Esta capacidad tan grande y a tal escala, tiene el contrapunto de que el coste de los errores se multiplica exponencialmente. Una especie inadecuada plantada en miles de hectáreas puede consumir importantes recursos hídricos y crear una masa vulnerable.  Es por ello que se potencia la visión integral, no sólo una contabilidad basada en los árboles plantados, que podría ocultar mortalidad, deterioro del suelo o dependencia permanente del riego. Las estaciones como la de Cele, permiten en definitiva la evaluación seria, observar la supervivencia a diez o veinte años, cuantificar el consumo por unidad de protección, la diversidad de la flora, la evolución de los acuíferos y que beneficios reales obtiene la población.

El propio éxito del cinturón verde exige pasar de la épica de su construcción, a la disciplina del mantenimiento a largo plazo. La pregunta ya no es cuántos kilómetros se han conectado, sino cómo responderán esos kilómetros al cambio climático global, a las sequías más largas, las temperaturas crecientes y los cambios en la disponibilidad del agua de las montañas. En esa fase, Cele vuelve a ser central, solo una red científica estable puede detectar a tiempo que una defensa funciona peor, que el suelo se saliniza o que una combinación de especies debe modificarse.

Convivir con el Taklamakán

Al abandonar Cele, la arena vuelve a acompañar la carretera. El desierto sigue ahí, inmenso, eterno, y esa persistencia es quizá la mejor conclusión. La obra china no ha conquistado el Taklamakán ni pretende hacerlo desaparecer. Ha construido límites más resistentes entre un ecosistema extremo y las comunidades que viven en sus márgenes.

La experiencia ofrece una imagen menos simple y más integradora que la de una muralla de árboles. Hay paja sobre las dunas, agua de los torrentes dirigida hacia una parcela, un arbusto resistente a la salinidad, un panel solar que reduce el viento y genera sombra, un laboratorio que estudia y mide, una fábrica local que procesa fruta, un agricultor que mantiene el cortavientos porque de él depende su cosecha. No son piezas aisladas, ya que, por sí solas, no son nada: es en su trabajo conjunto cuando su eficacia se hace patente.

Cada día se hace más evidente que el futuro de la lucha contra la desertificación no será fruto de un modelo único, sino de la combinación de lo más eficiente de cada uno. Será imprescindible la implicación rural del Sahel, la atención mediterránea al suelo, la precisión hídrica israelí y la continuidad científica y territorial que China ha desarrollado. Cele demuestra, sin embargo, que esa síntesis ya puede observarse en un lugar concreto. En uno de los ambientes más exigentes del planeta, la ciencia ha dejado de ser una explicación distante para convertirse en una defensa física de carreteras, oasis, cultivos y hogares.

Allí, cada árbol que sobrevive cuenta una historia modesta frente a la magnitud del desierto. No pretende vencerlo. Promete algo más humano: que la arena avance un poco menos, que el oasis resista un poco más. Y que vivir en su borde siga siendo posible.

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