Esta fuerte especialización entre desarrollo y fabricación a escala internacional fue impuesta por las grandes multinacionales occidentales en el furor de la globalización salvaje en los años 90 y 2000, con toda su oleada de deslocalizaciones de fábricas y producciones hacía Taiwán, Corea del Sur y China para maximizar beneficios, conquistar nuevos mercados y explotar mano de obra más barata, mientras se concentraba el monopolio tecnológico y financiero, las patentes, el diseño o el software en los países de la UE y EEUU. Los números confirman esta realidad: en la actualidad, la fabricación mundial de semiconductores en Estados Unidos representa el 12% (un 37% en 1990), la de los países de la UE un 9% (frente al 44% en 1990). En la actualidad, más del 80% de la producción mundial de chips se realiza en Asia [1].
Paradójicamente, lo que ayer significó una política de beneficios gigantescos para las grandes multinacionales y potencias occidentales, a la vez que se daba un proceso de desindustrialización, que condenó al desempleo y la miseria a zonas enteras en sus países, para ir a explotar brutalmente a la clase obrera de otras naciones menos desarrolladas, se ha acabado convirtiendo en una fuerte dependencia industrial de estos países. Creyeron que esa división internacional del trabajo y su dominio mundial se mantendrían eternamente, pero con el fuerte desarrollo autónomo de China, gracias a su potente sector público financiero e industrial y a la planificación económica, (cuyo desarrollo ha impulsado a los países de la región de Asia-Pacífico), han aprendido a fabricar, mejorado sus procesos de producción y desarrollado su propia tecnología sin depender de occidente, lo que ha quedado en evidencia y se ha visto agravado ostensiblemente con el Covid-19.
¿Quién controla la fabricación mundial de semiconductores?
El 35% de las ventas mundiales de suministro de semiconductores están controladas por tres grandes empresas: la estadounidense Intel y las surcoreanas Samsung y SK Hynix [2]. En cuanto a fabricantes, la primera es la taiwanesa TSMC, que controla cerca del 85% del mercado y realiza casi la mitad de la producción mundial de semiconductores, a bastante distancia de la también taiwanesa UMC, Samsung o Global Foundries (de origen estadounidense, hoy controlada por capital de Emiratos Árabes y ambicionada para ser comprada por Intel). En definitiva, las compañías de Taiwán, fundamentalmente, y también las surcoreanas, concentran la mayor parte de la producción internacional de semiconductores, de las que dependen compañías gigantes como la china Alibaba o las estadounidenses Apple, Facebook, Microsoft, etc.
Frente al dominio tecnológico de las empresas estadounidenses y la dependencia industrial de las surcoreanas y taiwanesas, las empresas europeas no forman parte de las primeras en ingresos del mundo, ni están entre los mayores fabricantes o suministradores, aunque los países europeos poseen el 60% de las patentes mundiales en conducción autónoma y se estima que aportan un 70% de las innovaciones (4). Además, la compañía holandesa ASML tiene el monopolio de la maquinaria de fotolitografía que permite la fabricación de obleas de silicio, una tecnología muy escasa y costosa, (cada máquina cuesta 250 millones de dólares), que es fundamental para poder fabricar los chips.
China está tratando de alcanzar a los principales líderes en cuanto a innovación, después de haber logrado industrializarse en pocas décadas, con gigantescos avances en fabricación y diseño, sin someter a otros países (cuando occidente lo consiguió durante siglos imponiendo su sanguinario orden imperialista). El gobierno y la dirección del PCCh están invirtiendo enormes recursos para liderar este sector estratégico en pocos años, potenciando a sus compañías, especialmente la estatal de semiconductores (SMIC). Es de resaltar que el 70% de la producción y gran parte de los yacimientos mundiales de los minerales imprescindibles para la fabricación de semiconductores (germanio, silicio, arseniuro de galio y otros minerales estratégicos) se encuentran en China (5), lo que también le otorga una posición estratégica.
La guerra comercial de EEUU contra China
Pekín sabe que necesita desarrollar rápidamente su propia tecnología e industria de semiconductores, tanto para nutrir a su propio mercado como para preservar su soberanía, frente a las injerencias y ante la guerra comercial que trata de imponer EEUU para impedir su desarrollo. Para acceder a esta alta tecnología, el país asiático compra empresas, contrata ingenieros cualificados de otros países o consigue diseños por medio de su inteligencia (como hacen todos los países que pueden). Washington trata, por todos los medios, de evitar que China acceda a tecnología punta para desarrollar su industria, llegando incluso a presionar al gobierno holandés para anular una compra de máquinas de alta precisión de ASML.
Las sanciones y la persecución que impone EEUU a las empresas chinas, el sabotaje a su desarrollo y su acceso a tecnología punta, chocan con otra dura realidad: la dependencia de los minerales estratégicos que tiene el gigante asiático, sin los cuales no se pueden producir semiconductores que también necesitan las grandes compañías estadounidenses. Otro de los medios que utiliza Estados Unidos contra China es tensar las relaciones de Pekín con Taiwán (donde se encuentra el mayor fabricante mundial de semiconductores), isla bajo el dominio estadounidense y sustentado en las fuerzas reaccionarias y antisocialistas, auqnue también hay importantes sectores sociales que se consideran parte integrante de China, puesto que no reniegan de sus lazos históricos y nacionales.
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