Benjamin Netanyahu ha vuelto a imponerse en las elecciones legislativas israelíes, pero no ha conseguido los apoyos necesarios para garantizar su continuidad al frente del Gobierno.
El Likud ha sido la fuerza más votada, con alrededor de un 20,5% de los sufragios, mientras que el bloque que sostiene al primer ministro se queda en 53 escaños, lejos de los 61 que necesita para alcanzar la mayoría en una Knéset de 120 diputados. La principal novedad de estos comicios es el avance histórico de los partidos palestinos, que suman 19 escaños y podrían resultar decisivos para apartar a Netanyahu del poder.
El resultado supone un revés para el primer ministro tras años de ofensiva militar, devastación de Gaza y expansión de los asentamientos en Cisjordania. Sin embargo, no puede interpretarse como un rechazo generalizado a las políticas contra el pueblo palestino.
El discurso de Netanyahu ha vuelto a movilizar a una parte importante del electorado en torno a la guerra y a la idea de una amenaza existencial para Israel. Además, los partidos de extrema derecha que forman parte de su coalición mantienen una representación relevante, pese a no haber experimentado el crecimiento que algunas encuestas pronosticaban.
El bloque opositor encabezado por el exgeneral Gadi Eisenkot suma 48 diputados. En teoría, si se uniera a los 19 representantes de los partidos palestinos, podría alcanzar una mayoría parlamentaria de 67 escaños. Pero esa posibilidad choca con una barrera política que ha atravesado toda la campaña: buena parte de la oposición ha rechazado gobernar con las fuerzas palestinas o depender de su apoyo parlamentario.
Una representación histórica frente a la exclusión
Los partidos que representan principalmente a la población palestina de Israel han obtenido su mejor resultado, impulsados por una mayor movilización electoral. La Lista Conjunta, integrada por Hadash, Ta’al y Balad, ha conseguido 11 escaños, mientras que Ra’am ha obtenido otros ocho, según las proyecciones electorales disponibles. En conjunto, su representación casi se duplica respecto a la legislatura anterior.
El avance refleja tanto el rechazo a la guerra contra Gaza como el hartazgo ante la discriminación y el abandono que sufren las comunidades palestinas dentro de Israel. La violencia y el crimen organizado, junto con la falta de respuesta institucional en numerosas localidades, han sido también cuestiones centrales para este electorado.
Sin embargo, el aumento de su representación no garantiza que puedan influir en la formación del Gobierno. Durante la campaña, Eisenkot defendió la creación de un Ejecutivo exclusivamente sionista, una posición que excluye de antemano a los partidos palestinos. El dirigente de los Demócratas, Yair Golan, sí ha abierto la puerta a negociar con ellos, pero no ha logrado que esa postura sea asumida por el conjunto de la oposición.
La contradicción es evidente: los partidos palestinos pueden aportar los escaños necesarios para desalojar a Netanyahu, pero quienes aspiran a sustituirlo siguen poniendo límites a su participación política. El propio primer ministro ha aprovechado esa exclusión para presentar cualquier posible acuerdo con estas fuerzas como una amenaza para el Estado israelí.
Sin garantías de un cambio para Palestina
La salida de Netanyahu tampoco supondría, por sí sola, un giro en la política israelí hacia el pueblo palestino. El bloque de Eisenkot agrupa a fuerzas heterogéneas, incluidas formaciones de derecha que comparten buena parte de las posiciones del actual Gobierno en materia de seguridad, militarización y rechazo a un Estado palestino independiente. Su principal punto de unión es la voluntad de poner fin a la etapa de Netanyahu, no un programa común de ruptura con la ocupación.
Los partidos palestinos han planteado condiciones para apoyar una alternativa, entre ellas frenar las demoliciones de viviendas palestinas y actuar contra los asentamientos ilegales en Cisjordania. Está por ver si la oposición estaría dispuesta a asumirlas o si buscaría su apoyo parlamentario sin modificar sustancialmente sus políticas.
Netanyahu dispone ahora de un margen para negociar con otras fuerzas, atraer diputados de la oposición o intentar una fórmula de unidad nacional. Si fracasan las negociaciones, Israel podría encaminarse a una nueva convocatoria electoral, mientras el actual Ejecutivo permanece en funciones.
Las elecciones dejan así una doble imagen: el debilitamiento parlamentario de Netanyahu y la irrupción de los partidos palestinos como actor decisivo, frente a un sistema político que continúa tratando su participación en el poder como una anomalía. El resultado abre una oportunidad para cuestionar esa exclusión, pero no asegura un cambio de rumbo. Para el pueblo palestino, el desenlace dependerá de si esa nueva fuerza parlamentaria logra traducirse en medidas concretas frente a la ocupación, la colonización y la discriminación.







