Aunque parezca mentira, lo de Ferreras, Inda y Cía no es ni nuevo ni original. Con motivo de la Primera Guerra Mundial, el Gobierno estadounidense de Woodrow Wilson creó una oficina de propaganda a favor de la intervención de Estados Unidos, algo que iba en contra de la opinión mayoritaria del pueblo. El engendro se llamó Comité de Información Pública (CIP). Cuando en octubre de 1917 los bolcheviques amenazaban con tomar el poder, ese comité envió a Rusia al periodista Robert Sisson a recabar información sobre sus intenciones de cumplir la promesa de poner fin a la guerra que ya le había costado a Rusia dos millones de muertes, campesinos pobres en su inmensa mayoría. La “misión informativa” de Sisson consistía en convencer a las nuevas autoridades rusas de que debían continuar la guerra. Para ello se le facilitaron herramientas de propaganda como películas, discursos y dossiers de prensa. Todo un periodista.
Sisson, hasta ese momento un reportero sensacionalista perfectamente desconocido, estuvo en Rusia desde noviembre de 1917 hasta marzo de 1918. Unos días antes, el 3 de marzo de 1918, el Gobierno bolchevique suscribió la paz con Alemania mediante el tratado de Brest-Litovsk, lo que daba al traste con su misión. Sisson regresa a Estados Unidos y entrega al CIP un dossier de 68 documentos en los que se decía que los principales líderes soviéticos, Lenin, Trotsky y Gorki entre ellos, eran agentes del imperio alemán.
Con el título “Documentos prueban que Lenin y Trotski están contratados por Alemania”, el New York Times publicaba el 15 de septiembre de 1918 los documentos de Sisson. A toda pastilla. No digo a toda página porque faltaría a la verdad: el NYT tiene un formato de página llamado sábana que es el doble de los periódicos a los que estamos acostumbrados. Según estas informaciones, los líderes bolcheviques no solo obedecían los designios alemanes, sino que recibían suculentas sumas de dinero: el documento 56 da cuenta de una transferencia de 207.000 marcos para Lenin.
EEUU, con una campaña de desprestigio contra los líderes bolcheviques, quería preparar a la opinión pública para invadir la Rusia soviética
Tras cinco meses en los que se supone que el CIP estuvo analizando los documentos, en septiembre de 1918 éstos se empiezan a filtrar a la prensa, siendo publicados por la práctica totalidad de los medios estadounidenses de cierta importancia. Solo uno, el New York Evening Post, puso en cuestión la autenticidad de unos documentos que apestaban a falsificación.
El también periodista George Creel, jefe del CIP y más que presumible cerebro de la operación de desinformación encargada por el Gobierno, se dedicó a acosar al Post acusándole de antipatriota, de “estar ayudando a los enemigos de Estados Unidos” y de “defender a Lenin y Trotsky”. Llegó al extremo de insinuar que podía estar recibiendo dinero de Alemania. Su otro gran argumento era que no se podía cuestionar la autenticidad de unos documentos cuya validez estaba avalada por el presidente de Estados Unidos, o sea, Aznar y la autoría de ETA en el 11-M.
JOHN REED DESMONTA LA INFORMACIÓN FALSA
Para hacer frente a la basura mediática puesta en circulación, John Reed escribió un minucioso artículo desmontando punto por punto la falsedad de estos documentos [1]. Reed tenía conocimiento preciso y directo de lo que hablaba ya que había vivido en primera persona la Revolución. Con sus conocimientos concretos de los hechos y los personajes citados en los papeles aportados por Sisson, Reed desmonta la autenticidad de los documentos que toda la prensa seria estaba publicando de forma destacada. Además, en su escrito, Reed explica cómo habían llegado dichos papeles a manos de Sisson: se los había entregado el coronel Raymond Robbins, jefe de la inteligencia estadounidense en Rusia. Robbins actuaba bajo la tapadera de ser el jefe de la misión de la Cruz Roja estadounidense en Rusia. Ello le permitió moverse libremente por gran parte de Rusia y muy especialmente por los frentes de guerra, lo que le llevó a anticipar en sus informes el triunfo de los bolcheviques y la posibilidad de que hubieran llegado para quedarse, lo cual contradecía la opinión del embajador. Fue Robbins quien le entregó los famosos documentos a Sisson advirtiéndole de que eran burdas manipulaciones elaboradas por la Okrana, la policía secreta zarista, por orden del Gobierno de Kerenski, con el fin de incriminar a los líderes bolcheviques, especialmente a Lenin, quien en julio de 1917 se vio obligado a esconderse para evitar su arresto. Cuando Sisson llegó a Rusia, parte de esos papeles estaban siendo publicados en las zonas que controlaba el ejército contrarrevolucionario de Kalenin con el fin de desacreditar a los bolcheviques. El propio coronel Robbins reveló años después estos hechos, lo que demuestra que tanto Creel como Sisson y el Gobierno de Estados Unidos conocían la falsedad de los documentos.
APUNTALAR MENTIRAS Y DESCALIFICAR A QUIEN LAS CUESTIONE
Ni las críticas del Post ni el pormenorizado y apabullante desmentido de Reed fueron obstáculo para que el Gobierno y los medios siguiesen adelante con el embuste. Ya hemos visto la reacción del jefe del CIP contra el Post. Para descalificar el escrito de Reed bastó con acusarle de ser el líder de los bolcheviques en Estados Unidos.
Pero, no satisfecho con eso, Creel recurrió a la prueba del algodón para apuntalar la mentira: con el supuesto fin de disipar cualquier atisbo de duda sobre la autenticidad de los documentos, el 18 de octubre de 1918 se dirigió a la Junta Nacional para el Servicio Histórico pidiendo una comisión que a la mayor urgencia posible certificase la autenticidad de los documentos.
Lo mismo que ahora, detrás de los Sisson, los Inda, los Ferreras y los Creel había intereses oscuros y poderosos
La carta de Creel no tiene desperdicio. Asegura que los documentos “han sido revisados una y otra vez por varias agencias del Gobierno, y no fueron publicados por este Comité hasta que hubo una aprobación expresa, recibida de las más altas autoridades del Gobierno”. A continuación, explica que sólo “el New York Evening Post planteó la cuestión de la autenticidad”. “El resto de la prensa de América” continúa la misiva, “virtualmente sin excepción, aceptó el hecho de la publicación como prueba de la autenticidad de los documentos; e incluso los continuos intentos del New York Evening Post de sembrar la duda fracasaron absolutamente, sólo dos hombres con alguna pretensión de conocimiento histórico se unieron en alguna medida al Post”. Uno de esos dos hombres que no cita es John Reed, autor del trabajo que ponía de manifiesto la falsedad de los documentos.
Si la misiva de Creel no tiene desperdicio, la respuesta de los expertos fechada el 26 de octubre es para engrosar la historia de la infamia. La firman el Dr. J. Franklin Jameson, editor de la American Historical Review y director del Centro de Investigación Histórica de la Institución Carnegie de Washington (todo un pope), y el Dr. Samuel N. Harper, Profesor de Ruso de la Universidad de Chicago. Estos expertos supuestamente neutrales nos cuentan que el Sr. Sisson les ha detallado, “con toda aparente franqueza, la historia de su recepción de los documentos, y nos ha permitido interrogarlo extensamente respecto a estas transacciones y a varios puntos relativos a los papeles. Varios funcionarios del Gobierno en Washington nos han ayudado aportando otra información pertinente y valiosa”.
Entrados en harina, explican que han dividido en tres grupos los 68 documentos. Sobre el primero, que engloba los documentos del 1 al 53, es decir el grueso de la falsificación, los “expertos” dictaminan lo siguiente: “No dudamos en declarar que no vemos razón para dudar de la autenticidad de estos cincuenta y tres documentos”. Sobre el resto, apenas alguna consideración crítica formal. Pero lo más curioso del informe es que dedica más de un tercio a replicar las objeciones del Post, el único periódico que estaba haciendo bien su trabajo, y a justificar los fallos de la falsificación.
TARDE Y MAL NOS TOMAN POR TONTOS
Obsérvese la celeridad de la operación: una semana es el tiempo que media entre el envío de la carta de Creel y la respuesta. Una vez recibido el informe, Creel publicó un folleto titulado La conspiración germano-bolchevique [2] con los documentos y la carta de los expertos avalando su autenticidad. La administración estadounidense tardó décadas en reconocer lo obvio: que los papeles eran falsificaciones tal y como habían denunciado el Post y John Reed. Fue George F. Keenan, uno de los artífices más siniestros de la guerra fría, quien en 1956 publicó un artículo en The Journal of Modern History reconociendo la falsedad de los documentos. Eso sí, según Keenan el Gobierno no sabía que eran falsos. Y este ha sido el relato impuesto desde entonces. Nos toman por tontos.
Solo New York Evening Post puso en cuestión la autenticidad de unos documentos que apestaban a falsificación
Sabían perfectamente que eran falsos y por ello se emplearon a fondo en difundirlos y atacar a quienes decían la verdad. ¿Cómo no iban a saberlo si su espía principal se lo había contado? Tenían medios fáciles a su alcance para comprobar la autenticidad o falsedad de los documentos. ¿Por qué no lo hicieron? Porque en julio, el Gobierno de Estados Unidos había decidido participar junto con otros trece países, comandados por Inglaterra, Francia y Japón, en la invasión del país de los soviets y necesitaba preparar a la opinión pública con una campaña de desprestigio que convirtiera a los héroes de Octubre en vulgares lacayos del imperio alemán.
Al igual que en otros países, las clases populares habían recibido con cariño y esperanza la Revolución de Octubre. La Revolución ya tenía un año y no se ahogaba en la cuna como había pronosticado Churchill, en aquel momento ministro de Defensa, por más que Inglaterra, Francia y Estados Unidos estuviesen armando y financiando al ejército cosaco de Kaledin, sin importarles las atrocidades que perpetraban. Entre el 15 y el 21 de agosto de 2018, tres mil soldados estadounidenses habían desembarcado en Vladivostok en contra de la opinión pública estadounidense. Esta fue la espoleta que detonó la publicación de los papeles de Sisson. No fue la ocurrencia de unos Ferreras o Indas cualesquiera. Lo mismo que ahora, detrás de los Sisson, los Inda, los Ferreras y los Creel había intereses oscuros y poderosos.
Al igual que la destrucción del mural realizado por Diego Rivera en el Rockefeller Center, este episodio emblemático de manipulación informativa no se estudia en las facultades ni en los másteres de periodismo. Y debería, porque es el modelo que, con pequeños cambios, se ha ido repitiendo a lo largo de los años: guerras de Panamá, Iraq, Libia o Siria, los GAL, las supuestas eutanasias del doctor Montes o el 11-M. John Reed ya había comprobado de primera mano las falsedades que la prensa inglesa y estadounidense había vertido sobre los sucesos de la Revolución de Octubre. Los pone de manifiesto en su magnífico reportaje Diez días que sacudieron al mundo, una obra de buen periodismo que cien años después sigue vigente.
No sabemos si los documentos en cuestión los crearon “con el rabo”, que le diría Villarejo a su queridísimo Ferreras; lo que sí sabemos es que este episodio ilustra más sobre la naturaleza y función de los medios de comunicación que toda la teoría laudatoria que se estudia en las facultades de periodismo.
El miedo de los poderosos a los soviets creó otro monstruo informativo: los llamados Protocolos de los Sabios de Sion, que se difundieron con la ayuda de Henry Ford, y que fueron textos de cabecera de Hitler y uno de los pilares de la propaganda nazi contra los judíos. Pero esa es otra historia.
NOTAS:
1. https://bit.ly/3cyqGaf (en inglés) / Traducción en castellano: https://bit.ly/3zmR9iJ







