El escritor se alejó de los movimientos liberadores en nombre de unos derechos humanos decretados por los potencias capitalistas

[Edición digital] Juan Goytisolo, de la Revolución al paraíso de la disidencia

La opinión de que el régimen cubano tenía una obsesión enfermiza contra los homosexuales se convirtió en arma arrojadiza contra la Revolución en manos del anticomunismo internacional.


Pueblo en marcha
Juan Goytisolo

Como manda el protocolo, el pasado 23 de abril el escritor Juan Goytisolo recibió de los Reyes de España el Premio Cervantes en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá por su labor literaria, crítica y periodística, una carrera que comienza en los años cincuenta hasta la culminación de su Obra completa, publicada recientemente una edición que puede considerarse canónica, ya que en el año 1977 se publicaron dos volúmenes en la Editorial Aguilar con el mismo título.

La biografía de este escritor catalán, en lengua española, es un caso singular. Escritor antifranquista perteneciente a la burguesía catalana se siente marginado por causas que él mismo explica: había el silencio impuesto a mí y a mi trabajo por quienes detentaban el monopolio de la palabra; por otro, la imposibilidad de expresar mi disidencia desde las filas de la oposición que luchaba por hacer oír su voz en condiciones precarias, una marginalidad que le conduce a una disidencia militante que le asfixia, hasta el punto que por voluntad propia decide marcharse voluntariamente al exilio, concretamente a París, donde esperaba encontrar espacios de libertad intelectual en diferentes medios literarios y una sociedad que se caracteriza por su hospitalidad con el refugiado. Cuando llega a París ha publicado ya en España varias novelas adscritas a la corriente del realismo crítico por lo que es considerado un resistente antifranquista y compañero de viaje de la oposición a la dictadura, una carta de presentación y la vitola de pertenecer a la “aristocracia del antifranquismo” que le permite encontrar acomodo en la Editorial Gallimard recién llegado a la capital francesa.

A partir de este momento, inicia un recorrido, una carrera en la que al margen de sus “valores literarios” se convierte en un escritor comprometido –engagé era entonces el término de moda- como compañero de viaje, primero, con el comunismo y, segundo, con otras diferentes causas, siempre desde una conciencia transgresora, como reivindicar los derechos y la dignidad de los homosexuales y emigrantes magrebíes. No podemos dudar que su biografía, además de escritor, y desde perspectivas complejas muy discutibles, ha sido testigo de algunos acontecimientos del siglo XX de los que dio cuenta a su manera, como tampoco de romper los moldes de la crítica tradicional y recuperar escritores exiliados y realizar una recuperación de obras clásicas desde una visión histórica cercana al historiador Américo Castro.

Una vez instalado en París, conoce a Jean Genet con quien mantendría hasta su muerte una gran amistad que le ayudó a aceptar su homosexualidad hasta entonces en una penumbra cómplice alimentada por su mujer, la escritora Mónique Lange, que no duda en su novela Casetas de baño escribir algunas referencias veladas al respecto. Este acontecimiento no tendría especial relevancia, si no fuera porque a partir de entonces no existe una línea definida entre su ideología y su sexualidad, uno de los elementos recurrentes en sus ataques a Cuba. Las referencias sobre estas cuestiones son muy frecuentes en sus artículos, por ejemplo en “Homofobia y Lacras sociales” (El País, 14 diciembre 2013), un artículo en que realiza un recuento de “la pleamar represiva que afectaba a los intelectuales, escritores y artistas” durante lo que él llama la Década Ominosa en la que Cuba no era Cuba y en “la que el régimen inició una enfermiza obsesión contra los homosexuales,” opiniones que compartieron otros compañeros suyos y que se convirtió en arma arrojadiza contra la Revolución en manos del anticomunismo internacional en nombre de la defensa de los derechos democráticos.

Esta obsesión se transforma en un anticomunismo militante que también se extiende a otros escritores que en su día fueron fervientes defensores de la Revolución cubana. Pero hasta llegar a este punto ha recorrido un largo trecho. En su primer viaje a Cuba, Carlos Franqui le encarga una serie de artículos sobre la situación en la isla a los tres años de la Revolución. Estos artículos escritos con gran maestría literaria y con la novedad de que los diálogos que mantiene el autor con los nativos, éste los transcribe en su lengua popular, procedimiento un tanto costumbrista que opaca la realidad al carecer de tono y musicalidad, las palabras por lo que el texto resultante puede dar la impresión de ser más una parodia que un documento; aunque esta característica de estilo no le resta la luminosidad de un documento de un tiempo inaugural de la Revolución. Y a decir verdad, el autor añade al final un apartado “Léxico cubano” que permite al lector comprender en su integridad el texto. Estos artículos después se reunieron en un libro Pueblo en marcha, publicado en París en la Editorial Librería Española (1963). El autor escribiría después: Los sucesos de la Revolución cubana me sacudieron de mi apatía. Había una maldición que parecía pesar contra los pueblos de nuestra lengua, siempre dormidos, siempre inmóviles y como aplastados bajo el peso de las oligarquías y las castas. La odisea de Fidel y sus hombres era la negación de esa fatalidad. Por una hermosa lección de la historia, ya no era España quien indicaba el camino a su excolonia sino la excolonia quien daba el ejemplo y alumbraba los corazones. Defender a Cuba era defender a España, como un cuarto de siglo atrás morir en España era morir por Cuba.

Pero este entusiasmo sufre poco a poco un debilitamiento que se traduciría en un proceso de alejamiento y, al fin, en una ruptura, que podemos seguir en su narrativa como en sus obras de memorias, por ejemplo, en el espacio que va entre la publicación de la primera edición (1966) y la segunda (1969) de su novela Señas de identidad se produce un acontecimiento muy significativo, pues a la vista de las diferencias que existen entre ambas se puede hablar de dos novelas, hasta el punto que se ha definido este hecho como “castradas señas de identidad” y cuya diferencia esencial se encuentra en que la presencia de Cuba en la primera edición desaparece en la segunda.

El aspecto más relevante de lo que acabamos de enunciar entre la primera edición y la segunda de Señas de identidad es la supresión del capítulo VIII, en el que el protagonista Álvaro Mendiola, trasunto del autor, inicia el capítulo con la evocación de Cuba: “la palabra Cuba sobrepone en tu memoria estratos sucesivos a épocas diversas y para calar en ella debes pasar de la prehistoria uterina al pasado reciente de la experiencia vivida a la saga escuchada diciendo poco a poco con los pobres elementos que tienes a tu alcance las leyendas y fábulas de tu mitología familiar e infantil de la realidad cruda de un país en revolución erguido en abrupto y espectacular desafío frente a la potencia más dura y poderosa de la tierra” para dar paso al relato en distintos planos donde el escenario es La Habana y Santa Fe en el histórico momento de la crisis entre los Estados Unidos y la Unión Soviética descrito a través de las peripecias y aventuras amorosas del protagonista y las expectativas de la población cubana.

Si seguimos este recorrido por la obra de Juan Goytisolo, nos encontramos ahora con el primer volumen de sus memorias/confesiones Coto vedado en cuyas primeras páginas el autor explica la naturaleza de su relación con La Revolución Cubana: “El proceso revolucionario cubano sería vivido así, íntimamente, como una estricta sanción histórica a los pasados crímenes de mi linaje, una experiencia liberadora que me ayudaría a desprenderme, con la entusiasta inserción en él, del pasado fardo que llevaba encima.” Juan Goytisolo se refiere al imperio económico que su bisabuelo construyó en Cienfuegos (Sobre esta cuestión puede consultarse el estudio “Los Goytisolos. De hacendados en Cienfuegos a inversores en Barcelona” de Martín Rodrigo, Universitat Pompeu Fabra).

A continuación de la confesión del autor, éste transcribe cuatro cartas dirigidas a Don Agustín Goytisolo, fechadas en Cienfuegos y firmadas por varios de sus trabajadores, cartas que se encontraban en el archivo familiar. Sin arriesgarnos a enunciar comentarios freudianos, con todos los reparos, la primera impresión que transmiten estos documentos es culpabilidad y expiación, y un malestar de una conciencia desgraciada.

En el segundo volumen de sus memorias En los reinos de taifa (1986) encontramos abundantes referencias sobre su relación con Cuba que determinan el perfil y la evolución de algunos intelectuales relevantes comprometidos en los sesenta con los procesos revolucionarios latinoamericanos y que, por causas diversas, se alejan y acomodan en distintos espacios políticos de ambiguas disidencias que le permiten pertenecer a una élite intelectual en los países capitalistas y así asegurar sus estatus y la venta de sus obras garantizadas por ser promocionadas por los instrumentos culturales liberales.

Pero sigamos el relato de Juan Goytisolo en la obra citada. Cuando estalla la crisis de los misiles, se encuentra de vacaciones en Sicilia, vacaciones que interrumpe para viajar de París a La Habana por “convicción moral de que la Revolución castrista encarnaba los valores de justicia y libertad que defendías en tu vida,” para afirmar a continuación que por primera vez en su vida aceptaba el riesgo de perderla por una causa que estimaba digna: acudía a la Cuba sitiada y en vilo después de un trayecto interminable, confesión que a reglón seguido matiza y explica: Aunque sincero, tu gesto era excesivo y escamoteaba teatralmente el debate contigo y con tu verdad [… ] por la paulatina degradación del proceso revolucionario, la inquietud de escritores e intelectuales sobre la represión de las actividades inconformistas y la denominada conducta impropia (Homosexualidad).

En el capítulo IV de En los reinos de taifa, Goytisolo relata varios acontecimientos relacionados con la Revolución cubana y con su creciente distanciamiento, como el nacimiento y muerte de la revista Libre y el affaire de Mundo Nuevo y su director Emir Rodríguez Monegal, su autocrítica de su libro Pueblo en marcha y su crónica de su último viaje a Cuba y sus obsesivas reflexiones sobre su sexualidad.

En lo que respecta a las peripecias de la revista Libre, el lector interesado puede consultar, además de las opiniones de Juan Goytisolo, el estudio “Libre (1971-1972), más allá del exilio” de Aránzazu Buice (Universidad de Bourgogne- Dijon), que afirma que la mencionada revista fue concebida en un momento de la internacionalización de la literatura latinoamericana y en la que existe una confrontación de dos concepciones de intelectual, según la tipología de Pierre Bourdieu, “intelectuales libres” e “intelectuales responsables,” que representaban aquellos que eran afines al proceso revolucionario, y los que defendían una conciencia crítica independiente. En medio de este debate o confrontación surge el caso Padilla que es uno de los argumentos que esgrime Juan Goytisolo para explicar la desaparición de Libre: Un gato negro había cruzado inopinadamente el domicilio de la revista, el célebre caso Padilla. Sus consecuencias dieron al traste con nuestro originario proyecto de diálogo y discusión.”

Después de la “caída” de Libre sus colaboradores se reúnen en torno a la creación de una nueva revista: Mundo Nuevo. ¿Para qué? La respuesta de Juan Goytisolo es la siguiente: “La radicalización de la revolución cubana y el recrudecimiento de los conflictos sociales y políticos de Latinoamérica tendían a instaurar una atmósfera de guerra fría en el campo de las letras hispánicas y recluir a los escritores de la isla en una mentalidad de fortaleza asediada perjudicial a sus intereses […] Una revista como la nuestra nos proponíamos, resuelta a prestar desde afuera un apoyo crítico al régimen de La Habana…” En suma, el propósito no era otro que ayudar a los intelectuales cubanos a luchar por la libertad de expresión y por una auténtica democracia. Pero otra vez apareció un gato negro que desveló que la revista estaba financiada por la Fundación Ford, acusación que Juan Goytisolo rechazó, pero que después de los estudios “La CIA y la guerra fría cultural” de Francis Stoner Saunders y “Mundo Nuevo: Cultura y guerra fría en la década de los 60” de Naría Eugenia Mudrovcic, confirman la financiación de este tipo de revista como instrumentos encubiertos de lucha contra los movimientos revolucionarios tanto latinoamericanos como europeos.

Esta es en línea general la trayectoria de un escritor que como otros se alejaron de los movimientos liberadores en nombre de unos derechos humanos decretados por los potencias capitalistas y que en el caso de Juan Goytisolo adquiere además una singularidad circunscrita a la legítima reivindicación de su manera de ser, pero que le enajena ver, como Federico García Lorca, que la liberación sexual camina junto con el combate político en contra de toda explotación. Su Comedia inacabada así lo atestigua.

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