
DISCO: ‘Popular problems’
Leonard Cohen
El maestro Leonard Cohen cumplió 80 años en septiembre pasado, coincidiendo con la publicación de su nuevo disco, ‘Popular Problems’. Es un regalo inesperado, porque no es normal en el músico y poeta canadiense editar un disco en un lapso de tiempo tan corto desde su anterior obra, ‘Old ideas’ (2012), especialmente en su nueva etapa musical que arranca en 2001 con ‘Ten new songs’. Para algunos críticos, en este período coinciden el ocaso de su vida biológica y su crepúsculo musical. Aun estando de acuerdo en que Cohen se centra más en el contenido que en la forma, que su forma de cantar se acerca más a la recitación que al dibujo melódico, no puedo obviar que sus canciones siempre ofrecen algo sugerente en ese constante triángulo de amor, sexo y religión. En la producción y compartiendo la composición musical está Patrick Leonard y en esos coros cuasi celestiales cuenta con la ayuda de Charlean Carmon y Dana Glover.
No es tan pletórico como su trabajo previo y, sin embargo, ofrece joyas dentro de un concepto musical con claras connotaciones blues y soul, con algunas pistas de dudoso acabado. Me refiero a temas como ‘Nevermind’ con una base electrónica obsesiva y unas frases de voz étnica a la que un partícula no encuentra sentido. Algo así sucede con‘Did I ever love you?’, donde el ritmo country acelerado me lleva a preguntarme si no habría habido algún otro tempo más adecuado. Saltando por encima de estos pasajes, toca sumergirse en la ironía de ‘Slow’, donde Cohen juega entre los clichés atribuidos a la senectud y su visión de la existencia: “No es porque soy viejo / no es lo que un moribundo hace / siempre me gustó la lentitud / la lentitud está en mi sangre”. Para agregar un toque de humor erótico: “Siempre me gustó lento / nunca me gustó rápido / contigo es ir / conmigo es que dure”.
El siguiente corte es una descarnada crónica de la crueldad del ser humano. ‘Almost like the blues’ desglosa el hambre, el asesinato, la violación, el pillaje, la tortura, la guerra… mientras “yo estaba mirando a mis zapatos” o “Dejé que mi corazón se helara / para mantenerme lejos de lo podrido”. Este tema incluye también las vacilaciones de la herencia recibida: ‘Mi padre dice que he sido escogido / mi madre dice que no’, ambigüedad que reitera en el final de corte abrupto: “No hay Dios en el cielo / no hay infierno ahí abajo / eso dice el gran profesor/ de todo lo que hay que conocer / pero he recibido la invitación/ que un pecador no puede rechazar”.
Sigue ‘Samson in New Orleans’, lo que parece ser una reflexión sobre los desastres causados por el último huracán que asoló la ciudad. Y luego está el que para mí es, junto con el primer corte, lo mejor del álbum, ‘A street’, un blues solemnizado por los toques de teclado y los coros insinuantes. Es una de esas canciones donde Cohen se muestra en estado puro, como hizo en el anterior disco cuando conversaba consigo mismo en ‘Going home’. Rebosa ternura y sarcasmo en cada metáfora. Escuchándola da la impresión de que es a ti a quien te está contando de manera personal una inquietud íntima.
Luego aparecen títulos como ‘My oh my’, donde los arreglos country y de viento añaden una nota algo exagerada a una canción sencilla, sin más pretensiones; ‘Born in chains’, una introspección religiosa inacabada en su mensaje y de ahí ese desvanecimiento al final del tema al estilo de las sesiones jazzísticas de Blue Note de los años 50. Para finalizar, ’You got me singing’, una canción folk exaltación del arte de cantar, semejante a lo que expresaba otro viejo incombustible como es Van Morrison en su último disco ‘Born to sing’. Tiene ese añadido de violín que va como anillo al dedo a sus canciones de los últimos años.
Da la sensación de que nos la ha jugado Leonard Cohen, pues empieza el álbum con referencias reiteradas a su condición de persona vieja a punto de morir y concluye con un jovial canto a la vida. El maestro demuestra que su capacidad poética sigue intacta, que sus preocupaciones nunca desaparecerán o que los placeres de la vida están plagados de reproches.
Como siempre, un magnífico regalo de un grandísimo poeta y músico.







