Aclarando la polémica del Burkini en Francia

Una prenda diferente a las demás

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Muchos periódicos extranjeros, sobre todo anglosajones, se han burlado de Francia a raíz del episodio de este verano sobre el Burkini. Claro está que, como les ocurre a muchos países europeos, Francia tampoco se libra de todas esas manipulaciones políticas que juegan con el miedo de la gente, intentando desviar el debate social y manteniendo en el candelero temas de derechas y de seguridad pública. Esto es absolutamente cierto. Y así lo demuestra hoy el gobierno de Manuel Valls y los ayuntamientos que han decretado las prohibición del Burkini en la playa, algo que resulta de difícil aplicación puesto que entraría en contradicción con las libertades individuales fundamentales y sería contraproducente dada la audiencia que se le ha dado a un fenómeno relativamente bastante marginal. Sin embargo, al margen de todas estas instrumentalizaciones, este tema plantea cuestiones políticas serias, debido también al desencadenamiento de las pasiones: todo esto está relacionado con el modelo de sociedad en el que queremos vivir, con los valores que nos unen y que hacen que Francia sea el único y mismo destino común.

A grosso modo, hay dos modelos de sociedad que compiten y se enfrentan aquí. Por un lado está el modelo de tipo anglosajón, en el que se reconoce a las comunidades y la identidad relacionada con los orígenes o con una creencia se antepone a todo lo demás: el ejemplo de Estados Unidos es el más conocido, puesto que demuestra, además, que esto no ayuda a reunir al mundo laboral, sino que contribuye a su división con una lectura étnica que invade todo el debate público. Por otro lado, tenemos una sociedad, como la que conocemos en Francia, en la que las comunidades no están reconocidas: es un acto voluntario y aceptado, en realidad, es la República y el igualatarismo quienes imponen la regla, aunque haya que reconocer que este modelo está siendo batido en brecha por el desgaste de los servicios públicos, y en particular, de la educación, pero también por políticos que no dan ejemplo y que juegan la carta comunitarista únicamente con fines electorales. Pero el modelo aún sigue presente, ahí parado, y sirve todavía de referencia para muchos asuntos, aunque a menudo esté corrompido. Para mí, es ahí donde reside realmente el debate sobre el Burkini, y con este episodio, una parte de la izquierda en Francia se muestra seducida por el modelo comunitarista de tipo anglosajón.

Recordemos la aparición del « Burkini » en el debate público.

Debo decir que me dejaron bastante perplejo algunos argumentos defendidos por una parte de la izquierda que intentaban relativizar el fenómeno «burkini» comparando esta práctica con trajes de buceo, o tratando de banalizar este atuendo calificándolo de «prenda diferente a las demás», como afirma Edwy Plenel, una personalidad de izquierdas muy conocido en Francia.

Por un lado, hay una necesidad física y práctica (proteger y mantener el cuerpo caliente cuando se practica buceo); y por otro lado, tenemos un fenómeno nuevo en el lugar público, y que, a mi juicio, no tiene nada de anodino, nada que ver con un hecho cultural o de otro tipo que se deba a la llegada de nuevas poblaciones, sino más bien con una acción política de reivindicación.

Sin embargo, cuando pienso en mi historia y en mi experiencia personal, hijo de padres inmigrantes, en los años 80-90 había lo que se puede denominar la primera generación, los primeros franceses hijos de padres «musulmanes» (en pocas palabras, de África del Norte, todas esas personas que engloba el término «árabe»). En aquella época, no había Burka, en mi vida escuché hablar del Burkini, ni a nadie de mi entorno entre los padres inmigrantes, ni mucho menos a sus hijos, se les hubiera ocurrido algún día tener esa práctica, y peor aún, reivindicar su derecho a llevarla a cabo en un lugar público. Como mucho se practicaba, en mayor o en menor medida (y a menudo, ni siquiera se practicaba) el ramadán y las oraciones, pero la prioridad era integrarse, en definitiva, lograr la aceptación de los demás, integrarse en la sociedad a través de la escuela, siendo conscientes también de que vivíamos en un país con una larga historia, con tradiciones, etc. En el colegio, por ejemplo, teníamos derecho a un menú sin cerdo (a nuestra elección), y otros indicios mostraban que había un verdadero cambio, un esfuerzo de las instituciones republicanas que sabían adaptarse a las nuevas poblaciones: incluso me atrevería a decir que Francia practicaba una laicidad abierta, digamos, indulgente.

En este caso, todo funcionaba también porque estaba en juego la apuesta de la integración y de «dar tiempo al tiempo» para las futuras generaciones. Yo reconozco que soy un puro producto de esta escuela republicana y por eso mismo defiendo los valores republicanos y de laicidad, y nuestro sistema educativo, en sus mejores aspectos. Por supuesto que había racismo y discriminación en aquella época, y todavía hoy lo hay, pero también hay mucha bondad y muchas personas formidables en Francia como mis antiguos profesores que, en su inmensa mayoría, nos apoyaban. Lo que me preocupa hoy es que 20-30 años más tarde, en el año 2016, estemos hablando de reivindicaciones increíbles de tipo Burka y Burkini. Está claro que este debate no puede venir de los primeros obreros que llegaron a Francia como mis padres, ni tampoco de la primera generación de franceses, sino de la segunda e incluso tercera generación. Se trata de una práctica que ha aparecido en Francia y que no ha sido importada por la cultura de los inmigrantes de los años 60-70…no, nada que ver tampoco con un hecho cultural masivamente compartido por la llegada de nuevas poblaciones, sino con el hecho de una minoría que lleva a cabo una acción claramente política y prosélita. Digámoslo claramente, la inmensa mayoría de los musulmanes en Francia consideran estas reivindicaciones una provocación inútil y peligrosa para el propio país: de hecho, este tipo de reivindicaciones son una oportunidad de oro para el Frente Nacional, y el Frente Nacional y sus ideas son la primera amenaza. A veces cuando escucho argumentos de gente que intenta relativizar estas prácticas pensando que actuando así están defendiendo a los musulmanes, me digo a mí mismo que deberíamos poder prescindir de este tipo de defensa, nos entran hasta ganas de decirles: «…por favor, cállense…».

Si se es de izquierdas y se quiere realmente defender la idea de «convivencia», con el hecho cultural musulmán que es hoy en día una realidad en Francia, y conservando nuestro modelo republicano, tenemos que luchar y no encontrarles la mínima circunstancia atenuante a esos prosélitas de un modo de vida de otra época que no compartimos.

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