Amnistía, pero algo más

Se trata del “síndrome de desposesión” de la derecha hispánica, que cree que España les pertenece. También del pánico a que se abra la dinámica de una segunda transición republicana

Evitar que pase el neofascismo, en el Parlamento, como se ha conseguido, y en la calle, con la gente, articulando socialmente un proyecto democrático y transformador. Todo indica que este proyecto puede unirnos a muchos/as. Un proyecto que comparto absolutamente y que debe llevarnos a una legislatura larga del gobierno del PSOE con Sumar, y con el apoyo, o la coincidencia suficiente, de todas las fuerzas republicanas del Estado.

La oleada internacional, impulsada por el trumpismo y los diversos neofascismos, no para, y tiene consecuencias dolorosas, e imprevistas. En muchos sitios, empezando incluso por Europa, mientras crece el neofascismo, decrecen y aun desaparecen las fuerzas alternativas y transformadoras. No era lo esperado. Siempre que el fascismo ha irrumpido, irrumpían (o se relanzaban) al par con fuerza, en la otra orilla, las fuerzas antifascistas, que articulaban su proyecto con las capas de los explotados y de todos aquellos que, desde la cultura, estaban dispuestos a dar esa batalla antifascista por la libertad.

Sin duda ahora vivimos una de las arremetidas más fuertes de los populismos reaccionarios. Pero que nadie piense que es una erupción espontánea, simplemente impulsada por el malestar social, que también. Más bien parece que estamos ante la segunda versión, con otras formas y medios, utilizando de nuevo la palabra “libertad”, de lo que supuso a partir de 1989 el llamado “consenso de Washington”. Aunque esta vez es un neoliberalismo desaforado, que no oculta su afán por arrollar la democracia y todos sus entramados institucionales. Les viene ya estrecha la democracia, no les sirve, y piensan que pueden crear una ola general que inaugure una especie de dictadura tecnocrática dirigida a veces por actores del esperpento. Un esperpento sangriento, que no oculta su disfraz de lobo, y que tiene como santo y seña una “libertad” que pretende aumentar de manera grosera las cotas de explotación y dominio ideológico, ya que este esperpento sistemático está montado sobre el triunfo en la batalla de ideas, desmontando en esta operación las ideas y los valores que hasta ahora han nucleado a las fuerzas de la izquierda transformadora, y a su capacidad por conseguir unidades sociales y políticas amplias, comprometidas con el cambio y con un futuro más justo y, por tanto, más democrático. Es decir, el gobierno de la gente y para la gente, también llamado democracia, con su ética representativa intacta, de modo que la política no aparezca como algo sucio, donde anida de forma natural la corrupción y el crimen de Estado.

Por eso no debemos equivocarnos en los términos reales de la lucha que se está dando, que directamente es contra la amnistía, pero que va más allá, en sus causas y consecuencias. En primer lugar se trata, como siempre en este país de los 220 asaltos ilegales al poder (entre asonadas, golpes y pronunciamientos), del “síndrome de desposesión” de la derecha hispánica, esa que cree que España les pertenece y los demás somos unos realquilados, cuando no unos “okupas”.

Debemos pensar en cómo unirnos cada vez más, cómo ampliar de forma exponencial, y sin descanso, esa unidad-vacuna. ¿Lo entenderemos a tiempo?

Pero hay también otro miedo, que se expresa menos pero que está en el rictus de preocupación de los altos representantes del Estado: el pánico a que se abra la dinámica de una segunda transición republicana. Contemplan con estupor y, por ahora, con impotencia, cómo se abren paso las determinaciones de que España es lo que es: un Estado compuesto, que debiera asentar su forma en una nación de naciones. Han creado la norma teórica, los de la España eterna, de que solo son nacionalistas los otros, los que viven en un territorio menor, evitando así que el foco se detenga posiblemente en el nacionalismo más pernicioso, según la historia real de esta piel de toro: el nacionalismo español. Ese nacionalismo que no puede pegar ojo y no va a descansar en su lucha por desmontar el gobierno conseguido, ese gobierno donde una especie de marciano, que se atreve a dar una carcajada en la tribuna del Congreso (me refiero a Sánchez), ha conseguido la mayoría absoluta concertando el acuerdo de todas (todas) las fuerzas republicanas del país, empezando por Sumar. Y aun braman más bajo las sábanas por las noches cuando recuerdan que, aunque asintomático ahora, el PSOE es una fuerza históricamente republicana, que de una forma o de otra, a pesar de su actual moderación, puede contaminarse por el covid-23 del republicanismo. Han conseguido como contrapeso ciertos éxitos electorales autonómicos y municipales, y oponen constantemente los gobiernos de Andalucía y Madrid, sobre todo este, a cualquier tentación de democracia apacible, legalmente apacible, legítimamente apacible, porque están decididos al ruido y la furia, a lo de siempre, por la sagrada unidad de España.

Y también en todo esto que está ahí, y late en los insomnios, debemos pensar las diversas formas de la izquierda transformadora de este país. Es decir, debemos pensar en cómo unirnos cada vez más, cómo ampliar de forma exponencial, y sin descanso, esa unidad-vacuna que nos salve de eventos y circunstancias que a veces nos parecen más que nada una pesadilla. ¿Terminaremos de entender esto la izquierda española? ¿Lo entenderemos a tiempo? ¿O bien optaremos por jugar a la ruleta rusa?

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