Los tiempos de Paco Cortijo eran mis tiempos, a pesar de la diferencia de edad entre nosotros. Doce años, que la larga duración de la dictadura compactó en un instante. Todo bicho viviente pasaba por el mismo embudo. Cuando una tragedia afecta a varias generaciones da igual la edad que tengas, todo el personal no afecto recibe la misma lluvia de palos. Unos tiempos en los que ser artista, según qué tipo de artista, podía ser muy perjudicial para la salud del interesado. Poca broma. Ser de izquierdas y que se notase no le salía gratis a nadie. Se pagaba la osadía con la cárcel, los golpes, la tortura y, a mal dadas, con la vida. Había muchos accidentes en las dependencias policiales, una tendencia extraña a querer saltar desde las ventanas altas de la Dirección General de Seguridad, por poner un ejemplo bien conocido. En los tiempos de Paco Cortijo todo iba muy en serio. Todo iba tan en serio y era tan duro que enseguida que se pudo pretender que el siglo XX no había tenido lugar y lo importante era enfrentarse al futuro con optimismo, se olvidó de donde veníamos para no agriarle la fiesta a los colaboracionistas del franquismo.
En los tiempos de Paco Cortijo muchos creíamos, como él, que el arte podía cambiar las cosas, que era capaz de encender conciencias, hacer pensar, forzar siempre los límites de lo aparentemente posible, que es precisamente lo contrario de lo que pretende el totalitarismo de cualquier color. No se creía que el arte fuera la simple decoración de los espacios del poder ni que el valor de una obra de arte fuera su precio. Los 40.000 años de historia trazable del arte como manera de entender y explicar el mundo no podían quedar reducidos a tan poca cosa. Suena ingenuo, pero era así. Sólo a través de esa lente se puede entender un movimiento artístico de base tan significativo, único e importante como fue Estampa Popular en el que Paco Cortijo tuvo un papel muy destacado, el enésimo intento de llevar el arte y la cultura a las clases populares, entonces todavía percibidas como el sujeto histórico que nos iba a traer la Revolución. Increíble, ¿verdad? ¿Cómo es posible, visto desde el descreimiento y el cinismo político actual, que alguien pudiese pensar entonces de esta manera? Muchos lo hacíamos, está en las hemerotecas; Paco Cortijo lo hizo mientras estuvo vivo; algunos continuamos y no nos hemos arrepentido.
Hemingway definía el coraje como la elegancia que no se pierde cuando caen chuzos de punta. He adornado un poco la idea, pero no mucho. Pues bien, buscar la excelencia a la hora de diseñar un poster movilizador en una situación de peligrosa clandestinidad es justamente eso, puro coraje, y la calidad del trabajo también lo es porque no es fácil trabajar con los estándares de calidad de un tiempo de paz en tiempo de guerra, que es lo que fue la dictadura para los que no se rindieron. Una lección práctica sobre la fibra de la que estamos hechos cuando lo único que importa es no ceder. Soy consciente que hablar en los términos en que lo hago ahora puede sonar a sánscrito para la gente más joven que lea estas líneas. Es imposible entender lo que fue aquello, la dictadura, mediante un simple ejercicio de imaginación, es casi imposible, pero debe intentarse para llegar a comprender aunque sea parcialmente lo que representa una obra como la de Paco Cortijo, en la que ética y estética emergen sin cacofonía ni contradicción porque son una misma cosa, una lección de elegancia cuando caían en España los chuzos de punta, en un momento de su historia reciente en el que el arte, la música, la literatura, la excelencia como meta eran una necesidad real, no un lujo caro y prescindible. Cuando todo iba en serio y en octubre ya te tenías que poner el abrigo.







