Europa en la encrucijada

La defensa de la paz no es una consigna ingenua ni una posición marginal, sino una necesidad política urgente para un nuevo modelo de seguridad compartida, desmilitarizada y democrática
Ursula von de Leyen, presidenta de la Comisión Europea | Dati Bendo/European Commission / CC BY 4.0
Ursula von de Leyen, presidenta de la Comisión Europea | Dati Bendo/European Commission / CC BY 4.0

En un mundo marcado por la incertidumbre y la multiplicación de los conflictos armados, Europa se enfrenta a una encrucijada histórica. El genocidio palestino, la guerra en Ucrania o el resurgir del trumpismo en Estados Unidos han exacerbado las tensiones internacionales, pero la respuesta de la Unión Europea parece más orientada a alimentar la maquinaria bélica que a construir caminos hacia la paz.

El anuncio de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, proponiendo un rearme masivo de 800.000 millones de euros, es mucho más que una decisión presupuestaria, es una declaración política que compromete el futuro del continente. No se trata solo del aumento de gasto militar, que detraerá recursos vitales para sanidad, educación o transición ecológica, sino del giro profundo hacia una Europa cada vez más dependiente del complejo militar-industrial, en gran parte estadounidense, y menos comprometida con los valores de paz, cooperación y desarrollo que formalmente dice defender.

Este rearme se presenta como una necesidad estratégica, pero omite un dato clave: Europa ya es, como bloque, una potencia militar global. Entre 2019 y 2023, las importaciones de grandes armas se duplicaron y el gasto militar alcanzó niveles récord desde la Guerra Fría. En lugar de fomentar la paz, Europa se reconfigura como actor militar subordinado a los intereses de Washington, incluso cuando estos intereses chocan frontalmente con los del continente. La OTAN —organización que ha perdido su sentido tras la disolución del Pacto de Varsovia— sigue marcando el rumbo de la política exterior y de seguridad europea, prolongando conflictos como el de Ucrania, en lugar de apostar por soluciones negociadas que frenen el sufrimiento humano y devuelvan la estabilidad a la región.

Desde sectores amplios de la izquierda europea, y especialmente desde espacios como Izquierda Unida y el Partido Comunista de España, se propone una alternativa clara: frenar la militarización, apostar por una conferencia internacional de paz, como plantean países como Brasil, China o Sudáfrica.

El rearme europeo no solo es ineficaz para resolver los conflictos actuales, sino que alimenta el discurso de la extrema derecha, afianza políticas autoritarias y distrae la atención de las verdaderas amenazas a la seguridad: el cambio climático, la desigualdad, la precariedad o la falta de acceso a derechos básicos.

En este contexto, la defensa de la paz no es una consigna ingenua ni una posición marginal, sino una necesidad política urgente para un nuevo modelo de seguridad compartida, desmilitarizada y democrática.