“¿Cuánto hubieran avanzado las matemáticas en este país si María Josefa Wonenburger hubiese podido poner su talento al servicio de la ciencia española?”. Así se preguntan las dos autoras del libro sobre la vida de esta brillantísima matemática, Ana Dorotea Tarrío Tobar y María José Souto Salorio, que fue publicado a principios del 2024 y que, como de costumbre, recomendamos fuertemente.
María Josefa Wonenburgernació en Oleiros en 1927 y dedicó toda su vida a las matemáticas. Sí, a esa materia a la que muchos y muchas miran con verdadero pavor y que no solo es bellísima sino que, además, está detrás de enormes avances en ámbitos sanitarios, biológicos e incluso culturales (algún día hablaremos sobre las matemáticas y las colas en los museos). María Josefa estuvo detrás de bases matemáticas que permitieron explicar mejor las características de la herencia genética o del sistema capaz de interpretar la síntesis de proteínas, por ejemplo.
Aunque a ella lo que le gustaba era la belleza pura del álgebra. Y el hockey, el baloncesto, la música de Bach, el inglés y el alemán. Pero sobre todo las matemáticas.
Venía de una familia culta que siempre impulsó en sus miembros el amor al estudio, también en las mujeres (cosa nada común en aquellos años). Aunque en rigor, después de los primeros estudios en el Instituto Eusebio da Guarda en A Coruña, realmente lo que la familia esperaba es que María Josefa estudiara ingeniería y que siguiera, así, con la saga empresarial familiar al frente de la fundición. Pero no, nuestra protagonista lo tuvo claro desde el principio y pese al retraso por la terrible situación del país en plena dictadura, María cogió las maletas y se fue a Madrid a estudiar la licenciatura de Matemáticas en la Universidad Central de Madrid (posteriormente, Universidad Complutense de Madrid), alojándose por cierto en la Residencia de Señoritas de la que, es de suponer, en 1945 solo quedarían ecos de los aires renovadores del pasado.
En 1950 se licencia después de una brillante carrera. Háganse una idea del nivel: era bien conocida porque en clase nunca tomaba apuntes para no perder detalle de lo que se explicaba en la pizarra. Y, después de cenar, pasaba todo lo que estaba en su cabeza a los apuntes. Lean la frase otra vez y piensen en qué clase de memoria fotográfica podría tener para no tomar nota de pizarras llenas de fórmulas.
Posteriormente, y allí mismo, se doctora gracias a una tesis dirigida por, entre otros, por Tomás Rodríguez Bachiller, quien fuera Vocal de la Sociedad Matemática Española durante la Guerra Civil y a quien su vinculación con el bando republicano llevó a depuración y privación de su cátedra.
Fue precisamente Bachiller una de las personas que más animó a María a salir del país. Una mente privilegiada como la suya debía desarrollarse y volar lejos de esa España gris y reaccionaria. Y, vaya don de la oportunidad, ¡llegan en 1953 las primeras Becas Fulbright! María fue la primera española en recibir unas de estas importantes becas y emprende rumbo a EE.UU. para estudiar en la Universidad de Yale y doctorarse en teoría de grupos con el prestigioso Nathan Jacobson. En 1957, con su tesis “On the group of similitudes and its projective group” vuelve a España a probar suerte.
Y en este momento sufre el primer desplante nuestra brillante académica cuando no consigue que su doctorado sea reconocido oficialmente.
No pasa nada (suponemos que pensó): realiza un nuevo curso de doctorado, estando becada durante tres años en el Instituto Matemático Jorge Juan del CSIC, y realiza una nueva tesis doctoral dirigida por Germán Ancochea quien, junto a Bachiller, ya le había dirigido la tesis al final de su licenciatura.
Y llega el segundo desplante: el segundo título que consiguió, en 1960, se perdió en el oscuro laberinto de la burocracia franquista y le llegó, ya retirada, en 2008. Pero claro, a quién iba a importarle una científica mujer en aquellos años. Aunque fuera una de las matemáticas más fabulosas del momento.
Así que coge las maletas y se vuelve a ir con una beca postdoctoral a una Universidad de Canadá, donde fue la única profesora en un claustro masculino y, entre otras cosas, fue “madre” de la teoría de álgebras de Kac-Moody. Volvió a EE.UU. y quedó como profesora en la Universidad de Indiana hasta 1983, elaborando teorías y estando detrás de cuantiosas investigaciones especialmente en teoría de grupos y en álgebras de Lie, además de dirigir las tesis de los que serían, también ellos, brillantes matemáticos e incluso un astronauta, Edward Gibson.
A principios de los 80 tiene que regresar a España para cuidar a su madre y aquí acaba la carrera académica de María. En España no hay sitio ni reconocimiento para ella así que, salvo alguna colaboración esporádica, no se sabe apenas nada.
Permaneció en el olvido hasta que, en plenos 90 y en un Congreso Mundial de Matemática celebrado en Santiago, los asistentes (reconocidos matemáticos) preguntan por qué una científica renombrada como ella, y siendo un Congreso en su propio país, no había acudido.
¿Se imaginan? María Josefa no había sido invitada.
A partir de ese momento nuestra protagonista empezó a recibir los reconocimientos que le venían correspondiendo hacía décadas. Entre ellos, socia de honor de la Real Sociedad Matemática Española o Doctora honoris causa por la Universidad de La Coruña.
Como suele suceder, especialmente en las mujeres, estos reconocimientos llegan tarde. Aunque es de suponer que, para la matemática que decía de sí misma “tengo tendencia a ser feliz”, esto no tuvo una importancia capital en su vida, sacar del olvido y señalar que las mujeres siempre hemos estado en la ciencia, aunque invisibilizadas, es una tarea incluso revolucionaria.








