Fuerte la mano que me agarraba
cuando mis pies iban de un sitio a otro,
con mis pequeñas manos cargadas de bolsas,
que olían a mandarina y pan.
Sol intenso en la cara,
media luna de chocolate en la boca,
olor a especias en los pasillos del mercado.
Las mismas palabras de siempre:
«Cuarto y mitad, por favor.»
A veces era de carne,
otras garbanzos o fresas.
El vagabundo de la esquina también pedía
cuarto y mitad de limosna,
el cuarto para dormir sin frío,
la mitad para una vida nueva.
Papel blanco y balanza de acero,
el mismo gesto mecánico de siempre,
las mismas vecinas,
el mismo número,
siempre.
En las manifestaciones se gritaba
por una vida entera digna,
me pareció que se quedaba corto,
que había que pedir cuarto y mitad,
como los embutidos que elegía mi madre,
“cuarto y mitad de revolución”,
el cuarto para vivir sin frío,
la mitad para no volver a mendigarlo.







