Por qué «El Eternauta» es la serie de la que habla tanta gente y por qué tienes que verla

Netflix adapta el mítico cómic argentino respetando su equilibrio entre memoria, ciencia ficción y lucha de clases. El mensaje colectivo triunfa en estos tiempos de algoritmos distopías
El actor Ricardo Darín en el papel de Juan Salvo | Netflix
El actor Ricardo Darín en el papel de Juan Salvo | Netflix

Cuando se anunció que Netflix preparaba una serie basada en El Eternauta, hubo más temor que esperanza. La obra de Oesterheld no es solo un pilar de la historieta latinoamericana, sino un símbolo, una herida abierta, un grito que atraviesa generaciones en la sociedad argentina y latinoamericana en general.

Conviene recordar para entender la serie, sus alegorías y su simbolismo, que el creador del cómic y parte de su familia fueron asesinados por la cruel dictadura de Jorge Rafael Videla, como otros 30.000 ciudadanos, que con su Proceso de Reorganización Nacional buscó aniquilar la cultura y la organización popular entre otros rasgos de humanidad. Hector Germán Oestrheld fue asesinado porque encarnaba al intelectual comprometido y militante político que había elegido posicionarse con el pueblo.

El Eternauta fue escrito en 1956, pero en los años 70 Oesterheld se radicalizó y se unió a los Montoneros (agrupación peronista de izquierda) y escribió biografías sobre el Che y Eva Perón. Para el régimen era un elemento subversivo, no por sus armas, sino por sus ideas. Fue secuestrado en 1977 por las Fuerzas Armadas, así como sus cuatro hijas, dos de sus yernos e incluso algunos de sus nietos. No hubo supervivientes.

El Eternauta es, ante todo, una obra política. Fue escrita como advertencia del enemigo que cae sobre el pueblo desde el poder, sin cara, en la sombra

Ante esto, era legítimo preguntarse si una producción global y producida por una gran plataforma como Neflix (que no es precisamente un adalid de la crítica social) podría entender ese dolor, esa resistencia cifrada en viñetas. Pero hay que reconocer tras verla entera que a, medida que los capítulos fueron cayendo, como la nieve tóxica sobre Buenos Aires, algo quedó claro: El Eternautasigue vivo. Y su mensaje resuena con fuerza en tiempos actuales. La serie, dirigida por Bruno Stagnaro, tiene el acierto de traer al presente una historia que, desde su origen, fue contemporánea. La traslación temporal no desvirtúa la obra; al contrario, potencia su sentido. Aquí no hay coches de los años cincuenta ni radios a pilas. Hay teléfonos móviles, drones, redes caídas y un apagón digital que nos devuelve a una fragilidad primitiva, pero en un contexto muy actual (licencia tan acertada como necesaria para que el espectador empatice mucho más con los personajes y la situación).

Como si el siglo XXI, con toda su arrogancia tecnológica, no pudiera escapar al espanto más básico: la intemperie, la desconexión, la sensación de soledad sin las redes sociales (que hace poco, por cierto, pudimos vivir en media Europa y comprobar en nuestras propias carnes).

El punto de partida de la historia es simple y perturbador; en medio de unas Navidades veraniegas (recordemos que sucede en el hemisferio sur), una extraña nevada comienza a caer sobre Buenos Aires. Una nieve blanca, serena, constante y letal. El mundo se paraliza. Todo el sistema colapsa. Y lo único que queda en medio de esta quietud es la gente; los vecinos; la organización espontánea; la trinchera improvisada.

El relato, fiel al espíritu del cómic original, pone el foco en la dimensión colectiva de la resistencia. No hay un elegido, hay un grupo. No hay un salvador, hay un nosotros que actúa como héroe global, desde un punto de vista diametralmente opuesto a los héroes de Marvel o las super producciones tan proclives a la individualidad.

Ricardo Darín, en el papel de Juan Salvo, ofrece una interpretación medida, contenida, profundamente humana. Lejos del héroe clásico, Darín construye un personaje fracturado, que arrastra su propio pasado como excombatiente de las Malvinas y que encuentra en la protección de su familia y su comunidad una razón de ser. Su personaje no es un guerrero sino un superviviente que se vuelve combatiente porque no le queda otra. La carga política del personaje es inevitable: es un hombre común enfrentando a un poder sin rostro, con medios precarios y con miedo, pero con dignidad. A su lado, Carla Peterson, Ariel Staltari, Marcelo Subiotto y Mora Fisz completan un elenco coral donde ningún personaje está de relleno. Todos tienen una función, una voz, una historia que contar.

Se agradece, también, que la serie no caiga en la tentación de sobreexplicar o de subrayar lo obvio, que es algo a lo que nos tienen acostumbrados las series últimamente; a no tomarse en serio a los espectadores; a pensar, que si no se les explica todo no lo entenderán. Aquí hay silencios, miradas, espacios vacíos que dicen más que muchos diálogos. Como en la vida. Como en la resistencia.

Oesterheld fue desaparecido por escribir. Por soñar. Por imaginar un futuro diferente. Su voz está en cada plano, en cada escena de organización popular, en cada gesto de solidaridad

Desde el punto de vista técnico, la serie es ambiciosa y eficaz. Más de 35 locaciones reales y 25 sets construidos con tecnología de Virtual Production permiten una inmersión total en este Buenos Aires devastado. El trabajo de fotografía de Gastón Girod es uno de los puntos más altos: consigue un equilibrio entre la frialdad del paisaje y el calor de los rostros. La nieve digital, que implicó el trabajo de más de 300 técnicos durante varios años, es verosímil y angustiante. No es decorativa. Es amenaza, presagio y presión constante. En ese sentido, hay una decisión de puesta en escena que merece celebrarse: la ciudad no aparece como un fondo genérico, sino como un personaje más. Buenos Aires es protagonista. No solo por sus calles vacías, sus casas tapiadas, sus avenidas bajo la nieve. Sino porque lo que está en juego es la posibilidad de seguir viviendo en comunidad, en ese espacio compartido que es lo urbano. La nieve no cae sobre un campo de batalla: cae sobre la vida cotidiana. Y eso estremece.

Narrativamente, los seis episodios encuentran un ritmo propio. No hay prisa por llegar al clímax ni miedo al silencio. La serie se toma su tiempo para desarrollar personajes, tensiones, preguntas. Y eso se agradece. En un panorama audiovisual dominado por la velocidad y el efectismo, El Eternautaapuesta por la densidad emocional y la construcción de atmósferas. Por momentos recuerda al mejor cine postapocalíptico, pero sin perder nunca el anclaje local, la especificidad política y cultural de esta historia. Porque no lo olvidemos: El Eternauta es, ante todo, una obra política. Fue escrita como advertencia del enemigo que cae sobre el pueblo desde el poder, sin cara, en la sombra, en los años 50, reescrita como denuncia en los 70, y sigue funcionando hoy como espejo de nuestras vulnerabilidades.

No habla de invasiones extraterrestres para entretener, sino para pensar. No muestra la destrucción del orden como catástrofe gratuita, sino como interpelación

La serie, sin caer en panfletos, recoge esa tradición. No habla de invasiones extraterrestres para entretener, sino para pensar. No muestra la destrucción del orden como catástrofe gratuita, sino como interpelación. ¿Qué haríamos si todo se cae? ¿A quiénes ayudaríamos? ¿A quiénes seguiríamos?

Y si hay algo que no podemos dejar de mencionar y que en absoluto sorprende, pero sí divierte, es la opinión del presidente Milei al respecto. Para quien cree que la solidaridad es «comunismo emocional» y que la cultura es un gasto innecesario, El Eternauta debe parecerle una obra peligrosa. No por sus extraterrestres, sino por sus humanos que se organizan. A su juicio, es «marxismo con CGI». Al menos, esta vez no pidió privatizar la nieve…No se podía esperar más de alguien que ya estaba criticando la serie antes de ser estrenada.

La presencia de Martín M. Oesterheld como consultor creativo no es un dato menor. Es una forma de asegurar que la voz de su abuelo no sea traicionada. Pero también es un acto de memoria. Porque Oesterheld fue desaparecido por escribir. Por soñar. Por imaginar un futuro diferente. Su voz está en cada plano, en cada escena de organización popular, en cada gesto de solidaridad, narrativos. Algunos espectadores acostumbrados a la espectacularidad hollywoodense podrán encontrar el ritmo «lento». Pero El Eternauta no busca complacer a todos. No es una serie de consumo rápido; es una experiencia; es un espejo que incomoda.

Y eso es lo que la hace valiosa. Porque si algo nos enseña esta historia es que hay que estar atentos, porque la nieve puede volver a caer, el terror puede disfrazarse de rutina y que la organización popular sigue siendo la mejor defensa frente al desastre. Y sobre todo, nos recuerda que no hay ciencia ficción más urgente que la que nos obliga a pensar en qué mundo queremos vivir. Aunque haya que cruzarlo bajo la nieve.

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