Me siento últimamente apartada del mundo, retirada por cuestiones de trabajo. Por tanto ignoro si se han dado ya las nuevas concesiones de televisión. Me sorprende, no obstante, que no sea un tema de debate en las tertulias radiofónicas ni ocupe un espacio en las editoriales de la prensa. Me sorprende el silencio absoluto que hay respecto a este tema. ¿Acaso todo mundo se ha retirado del mundo, valga la redundancia? Por si acaso no se han dado todavía, y si se han dado por justo derecho al pataleo, quiero decir algunas cosas. Pero antes de iniciar la retahíla de quejas sin remedio, quiero dejar sentado un principio claro y contundente: Me parece detestable el mercado libre, y no menos aborrecible la propiedad privada. Interpretamos bienintencionadamente -espero-, que son cuestiones a dilucidar por los sistemas políticos, por los gobiernos, por los partidos, por la alta política en definitiva y no nos damos cuenta de cómo altera, no sólo nuestra vida, también nuestro carácter, nuestras relaciones sociales, afectivas, etc. etc. que los dueños de la empresa sean los amos de nuestras vidas. Propietarios, no sólo del salario que recibimos, del piso que habitamos, sino del tiempo que inevitablemente le entregamos. Parte de ese tiempo lo dedicamos a ver televisión, o a dormitar delante de la pequeña pantalla, que me gustaría que siempre fuera pública. Me consta que si la pública se comporta en sus programaciones, bloques publicitarios y demás como las privadas, de poco sirve que no lo sea ella también. No obstante, como otro vendrá que bueno te hará, según dice el refrán, es fácil comprobar, basta con abrir los ojos, que las privadas son peores y, además, no nos pertenecen. Hoy por hoy, en este país, lo privado es patente de corso. ¡Es una televisión privada! Dicen muchos escandalizados cuando se pretende llamar al orden tanto a las públicas como a las privadas. He dicho «al orden» y está bien dicho porque, me temo, que con las nuevas licencias el desorden se haya hecho mayor de lo que ya era. En las ya caducadas había una puntualización precisa, concreta y bien establecida que decía que toda televisión es un servicio público, y me temo que el silencio al que me he referido al principio de estas líneas se deba a que esa cláusula haya desaparecido. Claro que puede ser que yo esté paranoica o sea mal pensada, y es que siendo un gran medio la televisión, lo que no es tan bueno es la estructura económica -y quien dice económica dice de poder-, que mantiene en pie las cadenas que existen y las que vendrán. Nos esperan sorpresas, y me dan miedo. No creo que los bancos, los magnates y las multinacionales que se integran en esas estructuras para nada quieran el orden. Posiblemente en breve plazo podremos repetir aquello que ya he dicho: Otro vendrá que bueno te hará…






