Nuestro tiempo es tan excitante que a las personas sólo puede sorprendernos el aburrimiento
Samuel Beckett

En agosto España se viene arriba. El sol brilla por costas y valles, el personal abarrota las playas, el paro se reduce y es portada de los menguantes periódicos (casi mejor), las estadísticas apoyan la idea de progreso sin límite (ni limitaciones) y lo precario y trapisondista, características de la identidad económica nacional desde el siglo XVI, adquieren su conocida y triste dimensión heróica. En agosto reina lo eventual -antes era la emigración- y se trabaja a destajo por escasos salarios, igual que en noviembre llueve y despunta el frío. Es, pese a la apariencia de modernidad y Guggenheim, el eco de nuestra historia. Condenados por el Plan de estabilización de 1959 al sector terciario, a los servicios varios, a sonreír doblando la testuz al primero que pase y eliminados los escasos polos de desarrollo industrial (siderurgia, industria naval, carbón, agricultura) gracias a la negociación con la CEE llevada a cabo por el partido socialista del 82 (algún día se debería volver con lupa sobre la letra pequeña de aquella cuestión), al territorio sólo le quedaba convertirse, junto con Portugal, en el paraíso europeo del ocio, reserva material y espiritual de occidente (todo llega), una terra mítica aderezada de grandes superficies comerciales, parques temáticos de disfrute y gasto familiar, pequeñas tiendas de falsa artesanía, gasolineras que invitan a pasar la tarde comprando alfombrillas para el coche y puestos de fruta por las carreteras.

Pero con la evolución de la sociedad y las nuevas tendencias de consumo singularizado la playa no era ya suficiente atractivo. La cercana competencia del norte de África hacía peligrar la fuente principal de ingresos patrios. Era necesario una reforma urgente, entrar en la onda europea, ofrecer «calidad y oferta cultural» y proponer -sin despreciar el turismo de costa, mosca y paella- hoteles con encanto (una vuelta a «lo rural» para gentes que jamás han vivido en un pueblo), rutas gastronómicas o culturales (desde el Camino de Santiago a los paisajes de don Quijote) llegando al golf como quintaesencia del ocio sofisticado. Dicho y hecho. En un país donde la sequía es una constante y la administración pública invita con reiteradas campañas publicitarias a reducir el consumo de agua, la geografía se encuentra salpicada de cuidadas praderas verdes, un gigantesco green con banderitas para uso y deleite de las clases acomodadas. En la actualidad funcionan más de trescientos campos de golf, siendo Andalucía (cerca de un centenar y casi doscientos proyectados, cuarenta y ocho sólo en la provincia de Málaga) y Cataluña (más de cuarenta) las comunidades autónomas con más instalaciones. Eso sí, las bolas que se pierdan se podrán vender los jueves en cualquier mercadillo (medieval). Del esse est percipi (ser es ser percibido) aquella vieja e ingenua formulación de George Berkeley contra el materialismo, hemos pasado al cínico ser es consumir, es decir, a que la potencia del ser humano, su condición de posibilidad, su misma existencia concreta, se perciba y realice (por los otros y por sí) en el acto preciso del consumo, el momento en el que la materialización del intercambio se hace presente. Consumimos ya sin función utilitaria, por el placer de experimentar sensaciones diferentes, emociones, siendo el golf -como oferta complementaria- con su ridículo atrezzo y su canto al aire libre, una de las actividades de mayor éxito.

Poco importa que desde diferentes colectivos se denuncien los infinitos abusos legales que se están cometiendo. La economía especulativa, sabido es, acarrea -para enriquecimiento del empresariado y crecimiento (ficticio) del PIB- daños colaterales. El 90% de los campos de golf que se desarrollan en España, según un informe de Aymerich Golf Management (expertos y gestores), son promovidos por inmobiliarias. El impacto medioambiental que supone la construcción de inmensas urbanizaciones colindantes a los terrenos de juego y el dominio de las alcaldías por parte de los especuladores forman parte del secreto del sumario. El negocio del golf -último invento del consumo turístico español- supone una vuelta de tuerca más en esta locura mercantil de la democracia de mercado. Samuel Beckett (murió en diciembre de 1989) veía excitante -por descontrolado y atroz- nuestro tiempo. En agosto España se viene arriba, juega al golf y luce palmito en las plazas de toros con la gallardía que le corresponde.