Tanto los acuerdos del Comité Federal del PCE como las declaraciones del Coordinador General de IU coinciden en la necesidad de movilizar a la ciudadanía para combatir las tremendas injusticias que sobre los asalariados provocan la crisis y las inútiles políticas del Gobierno para impedirlas.

Desde mi total coincidencia con lo acordado y dicho, quisiera hacer unas reflexiones que, a mi juicio, pueden servir para ir concretando los objetivos, contenidos, estrategias, alianzas y mensajes capaces de integrar en la movilización a una mayoría social con voluntad de hegemonía.

Es obvio que los trabajadores están viviendo en sus carnes una serie de problemas sin cuento: ERES, despidos improcedentes, salarios bajísimos, precariedad creciente, hipotecas más que gravosas, etc. El discurso oficial imputa estos problemas a una crisis que de pronto ha aparecido y con la que no se contaba; es decir estamos ante algo fuera de los alcances de la política y de las decisiones de los seres humanos. En consecuencia la tarea que debemos asumir es plantear con un discurso riguroso, claro, breve y repetido a lo largo de la geografía española. Un discurso que debe ser asumido por toda la militancia y divulgado por la misma. En este sentido los mil actos de IU son una aportación muy importante aunque insuficiente a tenor de la agravación diaria de los problemas. No estaría de más reproducir de manera resumida todas las propuestas que IU ha hecho sobre cuestiones económico- sociales a lo largo de su historia.

Pero ese discurso es solamente un referente que puede servir para darle a la ciudadanía un corpus de reflexión y concienciación que forme en ella una mínima coherencia embrionaria del bloque capaz de imponer los cambios necesarios.

El discurso es la referencia de fondo pero si ésta se desconecta de los problemas urgentes, perentorios, inmediatos se corre el riesgo de caer en el vacío.¿Cómo actuar?

Creo que debemos, de manera totalmente organizada desde el Estado hasta la última comarca sumarnos, apoyar e incluso potenciar con nuestras infraestructuras todas y cada una de las movilizaciones que tengan como causa la política económica y social actual. Considero que esto debe ser una preferencia total. Pero estas movilizaciones no pueden ser flor de un día sino actos continuados que inscritos en una estrategia, tiendan a extenderse, conectar con otros, crear relaciones y estructuras permanentes y dotarse con el tiempo de una propuesta alternativa que planteando soluciones sea capaz de fijar un discurso y unos objetivos en el que se sientan representados la práctica totalidad de los trabajadores. Quiero decir que los derechos cívicos y entre ellos el del trabajo, la vivienda, la educación, la salud, la cultura, etc aparezcan como logros universales de los seres humanos. Y esto conlleva que expresiones como Socialismo, Comunismo, etc deben ceder paso a conceptos, palabras y símbolos con mayor capacidad (por ahora) de convocatoria.

En este sentido planteo que medidas como la nacionalización de la Banca o la creación de una Banca Pública, la intervención en la Economía por parte de los poderes públicos, la planificación económica, la reforma fiscal en el sentido progresivo, la supremacía de lo público, la austeridad como virtud cívica que afecta al funcionamiento de las instituciones y a los sueldos de los altos cargos tanto en empresas públicas como privadas, etc deben ser exigidas en nombre de instrumentos legales y jurídicos que tienen el respaldo (al menos aparente de la mayoría e incluso de los poderes dominantes). Me refiero a que la solemne Declaración de Derechos de la ONU de 1948 y los Tratados de 1966 que la convierten en obligatorios para los Estados signatarios debe constituirse en la idea- eje en torno a la cual vaya cristalizando una alternativa y un bloque social de lucha. De igual manera no convienen obviar los contenidos económico- sociales de la Constitución de 1978.

Aunque parezca igual no es lo mismo tener la legalidad a favor que en contra; sobre todo cuando tanto se exalta el texto constitucional para justificar instituciones y políticas obsoletas, injustas e incluso reaccionarias.

Creo que no podemos esperar a que los sindicatos decidan (si lo van a hacer) lanzarse a la lucha. Desde la consciencia de nuestras limitaciones estructurales y numéricas debemos asumir la tarea de organizar y canalizar democráticamente las luchas, resistencias, descontentos y propuestas alternativas que sean capaces de generar adhesiones e incorporaciones. Tampoco estaría fuera de lugar el establecimiento de contactos y planes de lucha con sindicalistas que se apresten a intervenir en nombre de sus principios y valores de transformación social. Para ello es necesario objetivar las propuestas, los fundamentos de las mismas y además establecer un plan, un calendario, unas prioridades y garantizar la conexión entre los distintos, diversos y variados frentes de conflicto.

El PCE a lo largo de su historia se ha manifestado como una organización con especial sentido de la responsabilidad en momentos claves, independientemente de su potencial organizativo en ese momento. Creo que esta es una ocasión para reivindicar y aplicar el legado que está en nosotros depositado. Es indudable que al plantear esta reflexión estoy, por supuesto, pensando en IU también como organización a la que siempre hemos llevado nuestras propuestas, nuestros proyectos y nuestra aportación movilizadora.