Conmemoración de la resistencia al fascismo

Pasados cambiantes: a propósito de la II Guerra Mundial

Conmemorar no es, pues, una actividad aséptica o inocente. Es una forma de reapropiar (o “cambiar”) el pasado relevante para los conflictos del presente.

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Los soldados soviéticos Yegorov y Kantaria izan la bandera roja sobre el Reichstag, símbolo de la derrota del nazi-fascismo.

El factor esencial de los cambios memoriales reside en los ataques al antifascismo, cuestionado por lo que tiene de mezcla de reivindicación democrática y de impulso de transformación social.

En mayo de 1945, hace ahora 67 años, la caída de Berlín ponía fin en Europa a la Segunda Guerra mundial. La victoria era el fruto de una alianza entre capitalismo liberal y comunismo soviético que se convirtió –en palabras de E. Hobsbawm- en “el momento decisivo de la historia del siglo XX”. El pacto, sin duda inestable, reflejaba algunas afinidades de fondo, que los teóricos del “totalitarismo” (obstinados en identificar fascismo y comunismo) no gustan de reconocer, entre dos tradiciones herederas de la Ilustración, frente a quienes pretendían anegar el doble legado revolucionario de 1789 y 1917.

Aquella “guerra que había que ganar” (parafraseando el título de un conocido libro sobre el conflicto) se convirtió en foco central de la memoria colectiva europea, núcleo de recuerdo institucionalizado y conmemoración solemne, no sólo por tratarse de un trauma humano de dimensiones incomparables, sino también porque aquellos años cruciales de “ruido y furia” cimentaron la legitimidad de muchos regímenes de la postguerra, basados en la resistencia nacional antifascista.

Sin embargo, a partir de los años 70-80 del pasado siglo, esta situación privilegiada del episodio bélico en el espacio memorial comenzó a erosionarse por razones diversas. Una de ellas era, sin duda, la progresiva lejanía del acontecimiento. Los problemas del mundo en 1939 parecían ya ajenos a una Europa occidental que, pese a la crisis, aún exhibía orgullosa los avances de la sedicente “Europa de los ciudadanos” que, al parecer, se estaba construyendo.

Pero no fue sólo el paso del tiempo el elemento decisivo. Hubo otros dos factores tal vez más significativos. El primero era un cambio cultural que situaba a las víctimas en el centro mismo de las memorias colectivas; el segundo, el asalto que se estaba operando contra la tradición antifascista.

La centralidad de la víctima, humanamente explicable, tuvo también algunos efectos perversos, como la desvalorización correlativa del militante. El paradigma de la memoria victimista es el Holocausto judío que, dada su potencia emotiva, termina por invadir otros espacios memoriales legítimos; por usar el ejemplo francés, hoy en día hay más fechas de celebración de persecuciones contra los judíos que de la lucha de la Resistencia y la liberación, desvalorizando la imagen de Francia como “un pueblo de partisanos”. La memoria “humana” de las victimas en cuanto tales tiene además sutiles efectos de equiparación “moral” entre bandos y situaciones objetivamente diversas.

La lógica “humanitaria” ayuda, así, a la articulación de operaciones ideológicas tan evidentes como la de la aprobación por el parlamento italiano, en 2004, de una jornada anual conmemorativa de los fusilamientos, por partisanos yugoslavos, de italianos arrojados a “foibes” (grietas del terreno), descontextualizando estos sucesos de la represión previa practicada por los fascistas. Así se salva la mala conciencia nacional, como sucede en Alemania, donde la memoria institucionalizada incorpora cada vez más la supuesta condición victimista del país, colocando en primer plano a los civiles muertos en bombardeos aliados o por las violencias del Ejército Rojo ocupante.
En toco caso, el factor esencial de los cambios memoriales reside en los ataques al antifascismo, cuestionado por lo que tiene de mezcla de reivindicación democrática y de impulso de transformación social. Es ese doble componente de las Resistencias lo que está en cuestión en estos momentos de barbarie neoliberal y “democracia mínima”. La caída del “socialismo real” y la rehabilitación de la doctrina del “totalitarismo” avalan la idea de que el antifascismo no habría sido sino el resultado de la “larga mano de Moscú”. Por eso el parlamento berlusconiano propuso sustituir la fiesta del 25 de abril (la gran insurrección partisana) por otra dedicada a las “victimas de todos los totalitarismos”, significativamente ubicada en la fecha de la caída del Muro de Berlín.

En nuestro mundo del siglo XXI, conmemorar no es, pues, una actividad aséptica o inocente. Es una forma de reapropiar (o “cambiar”) el pasado relevante para los conflictos del presente. Por eso también muchas manifestaciones en Italia o en Grecia evocan símbolos de la Resistencia o cantan sus canciones. Los manifestantes saben o intuyen que el “espíritu” del antifascismo no debería morir, si es que queremos un futuro distinto del que nos ofrecen.

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