A lo largo de nuestra vida nos van dejando personas que nos han amado y a las que hemos amado, personas que nos han hecho felices, personas que hemos admirado… Y personas que nos han hecho, es decir, personas sin las cuales no seríamos lo que hemos acabado siendo. No es solo que nos hayan enseñado, es que nos han dejado una huella tan indeleble y tan profunda, que si no hubieran existido nosotros seríamos otra persona diferente.
Si una de esas casualidades del destino no me hubiera llevado a la madrileña calle Alameda, a la sede de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), a trabajar, a aprender y a divertirme con Vicente Romano, allá por 1992, estoy convencido de que hoy sería otra persona. Sería una persona sin curiosidad por encontrar lo que hay detrás de las informaciones, sin interés por buscar los intereses perversos que hay detrás de la industria de la comunicación, sin capacidad para comprender los dobles sentidos de las palabras y el su uso miserable por los poderosos, sin fuerza para indignarme contra quienes todos los días nos quieren engañar con discursos mentirosos.
Durante varios meses, en la denominada sección de Cultura y Comunicación de la FIM, Vicente Romano nos iluminaba a media docena de barbilampiños que sabíamos que algo no estaba bien en los medios y la información, pero no entendíamos qué era y mucho menos cómo enfrentarlo.
Desde entonces no dejamos de seguirnos y leernos. No dejé de aprender de Vicente. Aprendí comunicación, pero también coherencia, firmeza, nobleza y terquedad. Esa terquedad de quien sabe que no va a permitir que le dobleguen. Sigo sin creerme que lo haya conseguido algo tan simple como un cáncer.







