
La Conspiración
Paúl Nizan | Traducción Ana Julia PinetEdiciones de La Flor, Buenos Aires 1969
Paul Nizan se perfiló en su obra periodística como un historiador de lo inmediato por imperativo de los años veinte y treinta en los que el fascismo y nazismo hegemonizaban su poder sobre Europa como contraofensiva al auge del marxismo y al desarrollo e influencia de la Revolución Soviética. Su labor periodística en diversos periódicos y revistas, como Europe, Ce soir y L’Humanité, representa un material fragmentario y disperso, pero que ha sido recogido en varios volúmenes y que junto constituye una fuente de conocimiento para lectores, investigadores e historiadores donde se puede estudiar y analizar un tiempo en el que, aunque lejano, pero en muchos aspectos concomitante con el nuestro, los intelectuales comunistas estuvieron junto al devenir de la historia con una conciencia de responsabilidad política sin limitaciones y coartadas.
Paul Nizan escribió obras de crítica social y política, como Aden Arabia y Los perros guardianes, además de incursiones en la filosofía materialista de la antigüedad, y cuatro novelas, La Conspiración, Antoine Bloyé y Le Cheval de Troie (El Caballo de Troya) y una cuarta, La soiré de Somosierra cuyo manuscrito, que llevaba en su mochila en el frente de Dunkerque, se perdió el 23 de mayo de 1940, día de su muerte y, a pesar de las búsquedas realizadas, ha sido imposible encontrarlo. Con otros escritores y periodistas del partido desarrolla una militancia en los años treinta que abarca tanto la escritura como diferentes praxis políticas. Ya en el umbral de la Segunda Guerra Mundial, en 1938 publica La Conspiración, por la que se le concedió el Premio Interallié, un galardón sin dotación económica que fue creado en París en diciembre de 1930 para distinguir una novela y que todavía, en nuestros días, sigue vigente.
La Conspiración no fue ajena a la crítica de entonces, como tampoco la atención que después periodistas e investigadores le han consagrado. En su día, por ejemplo, el diario L’Humanité escribía: ‘La Conspiración’ quedará como uno de los testimonios más verdaderos, más humano que se haya escrito nunca sobre nuestro tiempo. Albert Camus, en un periódico argelino, afirmaba que ante la realidad viva del relato, no se puede dudar que se trata de una cierta juventud que fue la del autor. Jean Paul Sartre, en la “Nueva Revista Francesa” publicó un artículo en 1938 en el que se preguntaba y respondía al mismo tiempo: ¿Un comunista puede escribir una novela? No estoy convencido de ello, no tiene derecho a hacerse cómplice de sus personajes. Para encontrar hermoso y fuerte este libro, basta hallar en cada una de sus páginas la evocación obsesiva de esta edad desdichada y culpable. Y cuando habla de su estilo bello, seco y negligente, finaliza: No es un estilo de novelista, solapado y secreto, sino un estilo de combate, un arma. Después en las diferentes biografías sobre su autor y en los sucesivos estudios monográficos sobre su obra, se han ocupado de La Conspiración otros historiadores y ensayistas que revelan su complejidad y riqueza compositiva, así como una indagación en los riesgos y alcance de la militancia política. La Conspiración en una novela que gira en torno a las vicisitudes, sueños y fracasos de Bernard Rosenthal, Serge Pluvinaje, Bloyé, Philippe Laforgue, Andre Simon y Jurien, jóvenes estudiantes de la Escuela Normal, centro educativo de élite cuyo ingreso se produce después de haber superado una selección, por lo que su acceso solo estaba reservado para los hijos de la clase burguesa.
La novela se inicia sin preámbulos, en ex abrupto, con la primera acción de sus protagonistas: la creación de una revista que denominaron La Guerra civil, título que recoge una idea que entonces estaba en el ambiente y que había sido un proyecto de los surrealistas en los años veinte. Después de varios meses fue publicada con el capital obtenido de las suscripciones y de los fondos conseguidos por B. Rosenthal, tarea que le dio el derecho para adquirir un poder de convicción y ser referencia de sus compañeros. A partir de este momento, la vida de estos personajes se reduce a las reuniones que tienen en la Escuela Normal para planificar los números de la revista, a sus salidas nocturnas y a las visitas a algún a escritor, con quien intentan legitimar y constatar sus proyectos políticos y sus deseos conspirativos. Más allá de estas actividades, cada uno tiene su propia historia personal y sus respectivos protagonismos en la novela, según la extensión y función, por otra parte, desigual que el narrador le confiere a cada uno de ellos. Así la figura de B. Rosenthal se erige como guía o catalizador en el nivel conspirativo, S. Pluvinaje, como agente negativo del grupo y P. Laforge -no es casual que el último capítulo de la narración le esté dedicado- que representaría el personaje positivo al percibir después de una crisis grave de salud cercana a la muerte que su vida es como una resurrección y una epifanía; ¿Había que arriesgarse para ser un hombre? … Va a ser necesario elegir…Los sueños sobre la extensión de la vida ya han quedado atrás… Va a ser necesario buscar la intensidad…Sacrificar la que importa poco…
Al protagonismo desigual de cada uno de los personajes se suma la impresión de heterogeneidad narrativa, otros elementos como las descripciones de la Escuela Normal y de algunos barrios de París, el paisaje de Grecia visto con los ojos enamorados de B. Rosenthal, fragmentos de un diario íntimo, cruce de correspondencia de los personajes, acontecimientos colectivos e individuales, un relato autobiográfico que se aúna para dar un pálido reflejo de una burguesía que ha declinado de su papel revolucionario y ha firmado su alianza con las fuerzas reaccionarias, aunque esta aparente heterogeneidad estructural no imposibilita que la novela alcance una totalidad extensiva como tampoco difumine la búsqueda de valores auténticos por parte de los personajes en un mundo fragmentado y hundido en la degradación.
El desacuerdo de estos héroes heridos por el resentimiento, sus desavenencias familiares y crisis sentimentales no les impedía sentirse revolucionarios y pensar que la única nobleza reside en la suprema voluntad de subversión. Eso era entre ellos un denominador común… Spinoza, Hegel, el marxismo, Lenin, por el momento eran solo grandes pretextos, grandes y borrosos puntos de referencia, y cómo ignoraban todos de la vida que lleva al hombre entre su trabajo y su mujer, sus patronos y sus hijos… en el fondo de su política todavía no había más sino metáforas y gritos… Este sentimiento e idea alcanzarán su cenital expresión en las cartas que se cruzan B. Rosenthal con P. Laforgue: La Revolución tendrá que ser técnica. Lo difícil es inventar actos que sean a la vez útiles a la Revolución y que constituyan para nosotros cosas irrevocables. […] Hay que destruir el mal. Hay que filosofar a golpes de martillo. […] La consigna de la URSS es alcanzar y sobrepasar a los países capitalistas más avanzados. Nosotros tenemos la fortuna de vivir en uno de ellos. Su interlocutor le critica su idea dostoievskiana y romántica y la confronta con la de un metalúrgico en una célula del partido que arriesga desde el primer momento, no al cabo de seis meses, no en lo intemporal, su libertad, su trabajo y su mendrugo. P. Laforgue ha llegado a la línea donde hay que ser o parecer, tomar decisiones o quedarse en la acera de la historia: tal vez la solución verdadera consistiría para nosotros en la adhesión pura y simple al partido, aun cuando la vida no debe ser siempre muy cómoda para los intelectuales. Sin embargo, esta idea no convence a B. Rosenthal: En cuanto a la adhesión al partido, ya hablaremos también, porque eso es serio. Nuestra función consiste en inventar o profundizar místicas, pero no disolverlas en políticas. Debe ser posible jugar un papel importante como francotirador, ni a sus compañeros que persisten en sus aventuras conspirativas, en sus respectivas aventuras amorosas o en turbulencias interiores que les alejan poco a poco del camino de la acción y se pierden en el debate teórico donde no encuentran soluciones y cuando creen haberlas encontrado es en la traición o en el suicidio.
Paul Nizan escribió en 1935 un artículo sobre El Adolescente, novela de Dostoievski, en la que veía una aceptación y una negación de la desdicha, problema resuelto por medio de soluciones religiosas. Los protagonistas de La Conspiración no quisieron o no pudieron comprender, como afirma su autor, que la revolución es una cierta negación profunda de la desdicha, del fracaso y de la humillación cuyas raíces están en la historia y que la solución no son las acciones conspirativas y oportunistas, sino los proyectos construidos por una comunidad con criterios históricos.







