Lo venimos diciendo desde poco después de la conquista de la autonomía plena: A Andalucía se le intenta escamotear el poder político que supo ganar en la calle a través de una alianza amplia, de gran impulso movilizador, que supo superar los dos referéndums que se interpusieron (uno de ellos tramposo) desde el poder centralista. Por eso, hoy, cuando aparece la dinámica de un Estado compuesto, que puede anunciar los perfiles de una España federal y republicana, Andalucía no juega el papel que le corresponde como nacionalidad histórica en las perspectiva de confirmar el Estado como una nación de naciones; nos referimos a aquella nacionalidad histórica que supo romper la gran estrategia de la derecha española, que tan directamente se expresó por medio del bipartidismo: confederar una parte del norte y provincializar (las provincias:“las vencidas”), o regionalizar, el resto, empezando por Andalucía.
En 1980, hace ahora 44 años, conquistamos un Estatuto de competencias plenas, es decir, un gran poder no ejercido. Durante casi 40 años el PSOE, en el seno del bipartidismo estatal, se ha encargado de desactivar ese poder y poner entre paréntesis el impulso social y político que le dio sentido y forma. No bien tomó posesión el primer presidente, Rafael Escuredo, la Moncloa, habitada por Felipe González, se cerró en banda a la aplicación de aquel poder. La situación que se dio, aún inexplicada, no tenía lógica; en el seno de una amplísima mayoría absoluta, Escuredo dimitió a los dos años de iniciada la nueva fase histórica de Andalucía, que había quedado en puertas antes de la guerra, cuando la “España eterna” segó la iniciativa incansable de Blas Infante, asesinado por los franquistas en la carretera de Carmona. Andalucía parecía perder de nuevo un tren histórico. Tejero, tres años antes, sobre el capó de un coche a las puertas del Congreso, seguramente evocó aquel grito ultra de “España antes roja que rota”. Pues ni roja ni compuesta. Accedió a la presidencia de la Junta un tal Borbolla, que cuando le preguntaron qué era el socialismo en su opinión, contesto que era “hacer cositas”. Y en esas estamos, una vez el PSOE ha pasado el testigo de una política “vencida” a manos de la derecha. Aunque es preciso reconocer que a escala estatal, como se ha dicho más arriba, ha cobrado impulso una nueva dinámica (a la que de nuevo González y un mal actor que andaba a su sombra se oponen con todas sus fuerzas).
En 1984 la izquierda transformadora, muy reducida en las urnas en las elecciones generales y autonómicas del 82 (PCE-PCA), se encontró en la necesidad de pensar una alternativa a aquel callejón sin salida. La alternativa se llamó Convocatoria por Andalucía, que llamaba de una forma amplia a todos los andaluces a impulsar un programa compartido contra la explotación y el dominio del viejo centralismo. Una alianza roja, verde y violeta, para un proyecto con estrategia, con programa, con fuerza participativa y con militantes en la calle, trabándose con el tejido social y tirando de la gente hacia un cambio fuerte. Para aquella respuesta proponíamos un precandidato, con experiencia de Gobierno en el ayuntamiento de Córdoba, y que no había separado nunca la ética de la política: Julio Anguita.
En la coyuntura (en sentido leninista) actual, la izquierda transformadora tiene un nuevo reto, tras el visto y no visto de haber conseguido 71 diputados/as y pasar, como en una noche mal dormida, a un espacio activo, esperanzado, pero muy desmembrado, donde se lucha por salvar los muebles frente a las tentaciones líquidas de la posmodernidad y el peligro de la restauración del bipartidismo.
Sería necesario un proyecto de frente amplio, articulado y democrático, que apueste por otro modelo de Estado, de gobierno y de sociedad. Que luche en el terreno de la confrontación ideológica
En Andalucía aquel impulso transformador que arrancó en 1977 y tuvo su primera aduana en 1980, está ahí, sigue en estado de latencia, en el seno de la hibernación con que el bipartidismo ha desecado la autonomía plena de una nacionalidad histórica indubitable. Un impulso que debe ser convocado de nuevo en este periodo de recomposición de la izquierda alternativa. Convocatoria desde el compromiso de un programa participativo y desde la voluntad de impulso pleno a través de un frente amplio articulado y democrático, donde nadie tenga que dejar su mochila en el andén. Y no hablo simplemente de un poético asalto a los cielos, sino desde la constancia de que es posible renovar una apuesta concreta: ¿Qué haríamos nosotros al día siguiente de empezar a gobernar desde la izquierda alternativa?
A escala estatal la recomposición que se está produciendo en la izquierda tampoco debe asumir el dogmatismo de la resignación ni las perspectivas líquidas de una simple respuesta a la izquierda del PSOE. Tal vez sería necesario un proyecto de frente amplio, articulado y democrático, que apueste por otro modelo de Estado, de gobierno y de sociedad. Que luche no solo en el terreno de la economía y el bienestar social, sino también en el terreno de la confrontación ideológica, donde se crea el caldo de cultivo de una “normalidad” basada en el dominio y la explotación, donde cada vez tienen más cabida los imaginarios patrióticos del franquismo.








